Confesiones enredadas II


Julia
¿El Rafa ya se mudó?
Leandro
Si, no sabes qué cebado, la casa es enorme.
Julia
Me imagino. ¿Y qué hizo con las plantitas de cannabis que tenía en el patio? ¿Las pasó a maceta y las mudó también?
Leandro
No, esas sirvieron para una sola cosecha.
Julia
Ah, no sabía. Todavía tengo un frasquito lleno de esa cosecha, pero soy un queso para armarlos.
Leandro
Si, yo también.
Julia
¿También tenés o sos un queso?
Leandro
Las dos cosas jajaja.
Julia
Habrá que invertir en una maquinola.
Leandro
El Rafa me pasó una que tenía en desuso pero todavía no probé.
Julia
Jajajaja. ¿En desuso? ¡Cómo puede tener una en desuso!
Leandro
Jajajaja siii, el muy cebado se compró una nueva, cara por supuesto, que mientras le pica la maconia y le arma el faso, le hace un pete jajaja.
Julia
Jajajajaja que hdp… hasta para drogarse es aburguesado.


[más de una hora después]

Leandro
Si, exagerado para todo, ya lo conocés.
Julia
¿De qué me hablás? Ah, si… del Rafa.
Leandro
Perdón, es que me ausenté un rato.
Julia
Si ya veo.
Leandro
Estaba teniendo sexo.
Julia
Jajajaja que hijo de puta.
Leandro
[muchos emoticones de festejo]
Julia
Dejá de enrostrarme tus garches… mirá que posteo la charla, así como viene.
Leandro
Dale, al fin vas a hablar de mí en el blog.
Julia
¿Ah, si? Jajaja. Ok, vos lo pediste. Y ya voy a contar sobre vos. A no quejarse después.



Breve historia de la cerveza

Del libro Espejos de Eduardo Galeano.


Uno de los proverbios más antiguos, escrito en lengua de los sumerios, exime al trago de toda culpa en caso de accidentes:

La cerveza está bien
Lo que está mal es el camino.


Y según cuenta el más antiguo de los libros, Enkidu, el amigo del rey Gilgamesh, fue bestia salvaje hasta que descubrió la cerveza y el pan.
La cerveza viajó a Egipto desde la tierra que ahora llamamos Irak. Como daba nuevos ojos a la cara, los egipcios creyeron que era un regalo de su dios Osiris. Y como la cerveza de cebada era hermana melliza del pan, la llamaron pan líquido.
En los Andes americanos, es la ofrenda más antigua: desde siempre la tierra pide que le derramen chorritos de chicha, cerveza de maíz, para alegrar sus días.


Las persianas

Un cuento de Mario Benedetti del libro Con y sin nostalgia.


Marcelo llegó como todas las noches a su apartamento de solo. Lentamente se fue despojando: sobre la mesita dejó el llavero, el bolígrafo, los lentes, las billetera, la cajita de preservativos (siempre llevaba una, por las dudas, aunque por lo general acababa rota o arrugada, de tanto vegetar por el bolsillo delantero del pantalón), el portafolios, el peine, el reloj con almanaque, el escarbadientes de plástico, las pastillas de pepsina y pancreatina, el pañuelo, la cédula de identidad con su cara de pocos amigos.
Había en el ambiente un tufo bien espeso, así que puso en marcha el acondicionador de aire, no en el punto más violento (siempre que lo ponía, acababa resfriándose) sino en el más suave y silencioso. Se quitó el saco y la corbata, se arremangó la camisa. Abrió la ventana. Desde el exterior venía un vaho caliente. Miró hace el otro bloque del edificio. Casi todas las ventanas y persianas estaban cerradas. Le costó bastante cerrar las persianas. "Voy a tener que cambiarle la falleba".
Sumando los dos bloques, el edificio tenía 64 apartamentos. En realidad, él tenía poca o ninguna relación con los otros habitantes. A veces cuando asistía a la asamblea de propietarios, conversaba cinco minutos con uno u otro, los suficientes para ofrecer o aceptar un cigarrillo o lamentarse juntos por el calamitoso estado de las cañerías.
Sabía, eso sí (se enteró por azar), que en un apartamento del otro bloque, precisamente el que quedaba frente al suyo, vivía una mujer sola, ya madura pero todavía muy presentable. En las asambleas la llamaban "señora Galván". Nunca se encontraban en el ascensor, ya que cada bloque tenía ascensor propio, pero en alguna rara ocasión habían coincidido en el ritual de abrir o cerrar ventanas y persianas, y se habían saludado con un discreto movimiento de cabezas: semicalva la de él, pelirroja la de ella.
Marcelo encendió el televisor y empezó a recorrer los canales. En el primero, una parejita rubia y casi etérea corría gracilmente en la mitad primaveral de un bosque, para concluir, al cabo de treinta segundos de rigor, en la oferta de un shampoo sin lugar a dudas maravilloso. (La noche anterior había visto, en un comercial de botas y botitas, la mitad invernal del mismo bosque). Otro canal: la pantera rosa. Cambio urgente. Ahora un señor gordito, con voz de falsete, entrevista compulsivamente a un espigado industrial que maneja como un prócer los monosílabos. Es obvio que el gordito se siente frustrado ante el laconismo que no figuraba en sus planes. En su desesperación, formula preguntas cada vez más largas y complejas, pero el industrial sigue respondiendo con monosílabos que, aunque suene a disparate, son cada vez más breves. Un alevoso primer plano muestra la frente del gordito (¿cómo dicen los cronistas de boxeo?), ah sí, "perlada de sudor". Marcelo quisiera sentir piedad pero no puede, y acude esperanzado al próximo canal. Teleteatro, por fin. Elige conscientemente la propuesta. Nunca pudo evitar que lo fascinaran estos forcejeos sentimentales, a cual más gelatinoso. Ya ha aprendido el secreto. De marzo a octubre todos los amores son no correspondidos, pero a principios de noviembre ya la mayoría de ellos empiezan a corresponderse. Y es lógico, porque la telenovela debe concluir antes de Navidad, con un desenlace edificante. Marcelo hace una prueba que otras noches ha resultado entretenida. Baja el sonido del televisor y comienza a imaginar los diálogos. El actor está un poco tieso, recostado en la pared de utilería (quizá la aparente tiesura sólo sea miedo a un posible derrumbe), y la expresión de la actriz, que está a un metro y medio de distancia, es de gran exaltación. Las palabras que, en su pasatiempo, coloca Marcelo en los labios del actor, son de persuasiva conquista. Las que pone en boca de la actriz son de angustioso y progresivo acatamiento. Qué pasión, carajo. La muchacha se acerca prometedora al hombre que, canchero, no mueve ni un meñique, tan sólo mira. Ya está, piensa Marcelo, ahora se abrazan. Pero no. La bofetada fue tan tremenda que, aún sin sonido, a Marcelo le pareció sentirla. "Una cosa por lo menos está clara: yo jamás serviría para libretista de televisión".
Como tratamiento homeopático de alienación, ya es suficiente. Así que apaga el televisor. Sin la combustión de santa ira que propagaba la pantallita, el ambiente aparece ahora más fresco. Marcelo se desviste, se ducha en silencio (años atrás habría cantado El último organito, ideal para acompañar el enjuague). Vuelve así, desnudo, al ambiente único, secándose aún con la toalla a cuadros.
Se enfrenta en el espejo del placard y, como siempre, la imagen de su propia panza lo desalienta. Ya no sabe qué dejar de comer y de beber: suspendió el pan, las bebidas gasificadas, ¡los ravioles", la sal, los postres. Todo en vano. La cintura apenas disminuyó tres centímetros en cinco meses. Cinco meses que fueron, en cuanto a alimentación, los más aburridos de sus treinta y nueve años. En ese preciso instante decide que el sacrificio no vale la pena, y para mañana se promete un almuerzo con pastas, vino tinto y copa melba. Reconoce que la decisión es cobarde pero también estimulante.
Nuevamente se mira al espejo, y le parece notar cierto bultito en la ingle. Se acerca más al espejo pero no alcanza a distinguir de qué se trata, ya que esa zona está cubierta de vello. Entonces se coloca los anteojos y vuelve a examinarse: eh, es algo así como un forúnculo todavía inmaduro. Se tranquiliza.
De frente a la ventana cerrada hace ejercicios respiratorios durante cinco minutos. Luego lo suspende porque no quiere sudar. Hace ademán de ponerse el pijama, pero desiste. Con este calor será mejor dormir desnudo. Enciende la radio portátil y suena el viejo y querido bandoneón de Troilo. Como burlándose de sí mismo, baila unos pasos de tango (¡qué desastre!), así como está solo, y desnudo, con cortes y todo.
Pero el bandoneón deja paso para el informativo gigante ("¿cómo será un informativo enano?") y por ahora las noticias no son bailables. Puede ser que lo sean cuando muera Franco, pero ¿morirá?. Entonces se acuesta, lee un rato, pero este Séptimo Círculo no es muy entretenido. Apronta el despertador, apaga la portátil, y trata de dormir. Entonces llega el consabido calambre del pie izquierdo. Los dedos se le encogen, como si quisieran pellizcar la sábana. Putea un poco, con la escasa convicción de quien no tiene destinatario a la vista. No hay otro remedio que encender la luz, levantarse, saltar en un solo pie, absolutamente ridículo, masajearse durante un largo rato la zona acalambrada hasta que los cinco ganchos vuelven a ser dedos.
Otra vez se acuesta, y ahora sí se duerme enseguida, como escurriéndole el bulto al próximo calambre. La pesadilla no es demasiado terrible: él camina por un puente que no está sobre un río sino sobre la tierra, y abajo, junto a un arbusto rojizo, está Mabel, su antigua novia de provincia; él quiere gritarle, llamarla, pero aunque mueve los labios no le sale la voz; ella mira obstinadamente a otra parte, como buscando o esperando a alguien que, por supuesto, no es él.
No lo sacude el despertador, en realidad lo despierta la luz del nuevo día. En un primer instante cree estar despertando de una larga siesta, pero enseguida advierte su error y se sobresalta cuando comprende cuál es la causa de tanta luz: las persianas estaban abiertas, o mejor dicho se abrieron después que él las cerró ("esa falleba de mierda"). Vale decir (y aquí el respingo es mayor) que todas las boludeces de la víspera, o sea la búsqueda del forúnculo, los pasos de tango, los ejercicios respiratorios, los saltitos cuando el calambre, todo eso pudo ser visto por la vecina de enfrente. Ya se imaginaba a la señora Galván telefoneando al mediodía a sus buenas amigas: "¿Vos podrás creer que anoche había un tipo en pelota en el apartamento de enfrente? ¡No te imaginás todo lo que hizo! Bailó, saltó, y se revolvía los pelos ahí adelante... ¿entendés?. Y la amiga le diría: "¿No será un exhibicionista?" Y la señora Galván dirá que no, que ella lo conoce (sólo de vista, claro) y es un tipo serio, ya grande. Y la amiga le dirá que ésos son los peores. Ajá. Pero ¿y si la señora Galván dice que no lo había pensado pero que efectivamente puede ser un exhibicionista, con qué cara va a mirarla de ahora en adelante? Porque una cosa es desnudarse, y desnudar a una linda hembrita, así bárbaro, pero que semejante pelotudo brinde un estúpido show con las persianas abiertas, eso le parece sencillamente una porquería.
Se viste rápidamente, se lava la cara y los dientes. En verano siempre prefiere bañarse de noche. Además quiere salir lo más temprano posible, a fin de no encontrarse en el hall del edificio con la señora Galván. Antes de salir, casi cierra las persianas. ¿Para qué? Tarde piaste.
Baja en el ascensor número dos, pero al abrir la puerta en planta baja, ve a la señora Galván. Evidentemente, el encuentro para ella es un shock. Marcelo, por su parte, no la puede mirar de frente. Pide permiso y se queda unos minutos en la puerta de la calle, esperando a nadie. La mujer permanece un momento junto a la puerta del ascensor. Lo mira, pero cuando parece advertir que Marcelo también la mira o va a mirarla, entonces aparta la vista. Por fin Marcelo percibe que ella va a acercarse. Está a punto de huir despavorido, pero prefiere aclarar la situación. Hay que cortar por lo sano.
La señora Galván se para junto a él: "Señor, quiero decirle que comprendo perfectamente que usted esté asombrado, estupefacto, y hasta que no me mire, y apenas me salude". "¿Yo?", balbuceaba Marcelo. "Sí, usted. Pero no quiero que piense mal de mí. Soy una distraida, eso lo admito, pero nada más, ¿sabe? Yo tenía la secreta esperanza de que usted no se hubiera dado cuenta. Pero su actitud es demasiado elocuente, señor. Y aunque usted tiene todo el derecho de pensar que soy una fresca o una mentirosa, le aseguro que anoche yo creía que había cerrado mis persianas."

Bocanada


Terminó de leer la novela y apoyó el libro sobre la mesita de luz. Conmocionada por el final, “enamorada” del protagonista y auto declarada fan número uno del Sr. Lipinski, experimentó aquellas emociones contrarias, eso que siempre le pasa cuando termina de leer un libro que la atrapó: por un lado una sensación de despedida de aquella historia que le hizo compañía por un breve período, que la envolvió en un mundo ajeno al que hizo propio, que de alguna manera iba a añorar, y por otra parte, la satisfacción por haber finalizado con otra lectura en su haber. “Uno menos y uno más”, dijo en un suspiro. “Ah, la contradicción, diría Lipinski”, pensó y sonrió.
Se preguntó cuánto había pasado desde su última historia de amor. Buscó su atado de cigarrillos y tomó uno. No le gustaba fumar en su habitación, pero ansiaba encender uno. La contradicción otra vez. Eso que nos hace tan humanos. Encendió el cigarrillo, aspiró y la brasa ardió con un rojo más intenso que matizó la penumbra del cuarto. Hizo cálculos mentales de cuánto tiempo había pasado y recordó la última vez que lo vio, las palabras que ella pronunció, palabras cómplices, un mensaje en clave, que hicieron que él se volviera sobre sus pasos, sólo para besarla. Qué lejos había quedado esa mujer colmada de esperanzas, llena de dicha. Luego vino a su mente el último contacto, tan frío, tan distante. ¿Lo había olvidado? No necesitaba ver una foto para recordar su cara, su sonrisa, su mirada cuando la miraba. Su imagen seguía patente.
Había devorado la segunda mitad del libro de una sola vez, recostada en su cama. Todavía su mejilla seguía húmeda por el curso de una lágrima que le arrancó el relato. Se secó con una mano, y trató de recordar sus caricias. Una bocanada de humo y un recuerdo. ¿Recordaba sus besos? Otros besos, fugaces, habían pasado por su boca, pero creyó recordar la calidez de sus labios, la tibieza de su lengua jugando con la suya, su sabor y su textura. Pensó en su cuerpo desnudo junto al suyo. Todavía tenía imágenes de sus encuentros pero ya no le provocaban temblores en el vientre como antes, cada vez que la memoria la sorprendía reviviendo esos momentos. Ya no lo sentía a flor de piel. Ya no le dolía su ausencia. Ya no esperaba noticias suyas. Ya no lo amaba. ¿Lo extrañaba? No, no lo extrañaba. Sin embargo algo extrañaba. ¿Qué era, entonces? ¿Por qué había evocado ese pasado? ¿Cuál era su anhelo?.
Dio otra bocanada de humo y lo exhaló, casi como un suspiro. Mientras apagaba el cigarrillo, obtuvo su respuesta.

Cuando la desgana, gana.


Me rehúso a pensar que la especulación es una forma válida para relacionarse. Los pensamientos tales a "no te llamo ahora para que no piensas que estoy desesperada", "no te respondo ahora mismo el mensaje para que no creas que estoy alzada", "no tengo sexo con vos en la primer salida para que no digas que soy una atorranta", me agotan cuando las escucho de otras mujeres. Y las especulaciones masculinas me chocan de igual manera.
¿Por qué ser espontáneo tiene que darnos miedo? ¿Por qué el rechazo tiene que dolernos tanto cuando, en definitiva, todavía no nos conocemos?.

Pensaba que debía darte una explicación porque no respondí tu mensaje. No estaba especulando haciéndome la que no me importa. Simplemente no tenía ganas. No tenía ganas de pensar una respuesta sincera. No tenía ganas de inventar una excusa. No tenía ganas de que pienses que te estaba rechazando. No tenía ganas de que especules. No tenía ganas de explicar mis no ganas. No es fácil aceptar que las no ganas del otro son ajenas a uno. Pero mis no ganas no tenían que ver con vos. Cuando no tengo ganas de mí, díficil es que tenga ganas de otro.

Deducciones


Dos amigas tomando unos tragos en un bar. Una pareja que estaba en un rincón decide cambiarse de ubicación para tener mejor vista del la banda que tocaba. El mozo pasa delante de las amigas llevando una botella de vino y dos copas ya empezadas. La pareja lo sigue hasta la nueva mesa. Ella lleva una rosa en una mano y una sonrisa en su rostro. Ambos se sientan, el uno al lado de la otra.
Las amigas cómplicemente cruzan miradas al ver la flor:
Amiga 1: ¿Primera cita?.
Amiga 2: Si, o segunda. Como sea, todavía no la puso.
Amiga 1: Claro, para ponerla tiene que ponerse.
Risas.

El amor en los tiempos de Peter Pan


Peter Pan enamora. Aparenta seguridad trás su jovial y festiva personalidad. Te enseña vuelos y caídas libres inimaginadas. Impesable para vos volver a sentirte cual adolescente enamorada, y de pronto estás revoloteando en el País de Nunca Jamás. País al que nunca jamás querrás volver, pero no lo sabés porque Peter es encantador.
Él necesita afecto. Mucho. Se entrega con placer a todos los mimos terrenales. Él te quiere, te necesita. Vos crees que quiere una mujer. Que está enamorado. No sospechás que en realidad necesita una Wendy. Alguien que le ayude a controlar su vida, que le marque el camino y los vuelos, que lo contenga, que lo mantenga abrigado y con la pancita llena. Y vos, ilusa enamorada, pensás que él está avanzando en la relación, cuando solamente está llenando sus vacíos y sus inseguridades con tu amor.
Y cuando inevitablemente su conducta de novio, y el paso del tiempo, deja asomar rasgos de seriedad para el normal avance de la relación, abruptamente te deja. Huye despavorido, como un cobarde.
Pensás que es un hijo de puta. Que jugó con tus sentimientos. No. Te topaste con un Peter Pan. Un hombre-niño, un inmaduro emocional, que no quiere crecer, que debajo de su apariencia de hombre correcto es un niño tierno, que quiere seguir siendo hijo, que busca una mamá, y que el compromiso lo asusta, que no es capáz de diferenciar entre crecer y hacerse adulto. Y que tal vez muera siendo un Peter Pan. Dejalo que juegue a los niños perdidos solito. Y mirá para otro lado. En la evolución del hombre, del sexo masculino, los extremos son Pedro Picapiedra y Peter Pan. Busquemos por el medio. Y no olvides que mientras siga habiendo Wendys, abundarán los Peter Panes.

El juego de las diferencias [o no se me cae una idea]

Es simple. No tenés ganas de pensar y querés publicar algo en tu blog, recurrís a los conocidos y ponderados "post ladri". Estos pueden consistir en poner un texto que no es tuyo, informando el autor, o subir un video. Incluso puede ser un afamado meme. O aprovechás para postear aquel premio que te dieron. O quizás, por qué no, publicás alguna foto, de sapos, se me ocurre. O tal vez robás con las búsquedas que llegan a tu blog, que seguro hace reír a más de uno. Y en el peor de los casos, no posteás por unos días, hasta que no se te caiga una idea, o hasta que amenacen contra tu integridad física.
Pero tomar un post que leíste en un blog y adaptarlo, cambiando o agregando palabras, a mi, y quizás me equivoque, me suena a plagio, que es condenable y excede los límites de un post ladri. Es por ello, querídisimos lectores, que voy a recurrir a su inestimable consideración, para que analicen los párrafos de una entrada mía y la comparen con otra que me topé acá. A lo mejor encuentran diferencias. Ustedes dirán.

Mis palabras:
Mi fascinación por las muñecas articuladas fue bastante breve. Tenía algunas de muy baja calidad y presupuesto. Ninguna era Barbie. Y mucho menos tenía un Ken.
Sus palabras:
Mi fascinación por las muñecas articuladas fue realmente profunda, a pesar de mi colección miniatura. Contaba con solo una Barbie y otras muñecas similares pero de muy baja calidad y presupuesto, como Babie y Barbarella. No tenía ningún Ken.

Mis palabras:
El primer Ken que ví pertenecía a una compañera de la escuela. Allí me enteré de su existencia. Había un muñeco articulado que no fuera G.I. Joe y que además cumplía con el rol de novio. Fue todo un hallazgo.
Sus palabras:
El primero que ví pertenecía a una compañera del colegio, la infaltable amiguita pudiente. Aunque sabía que existía un muñeco articulado que no era G.I. Joe y que además cumplía con el rol de novio. Fue todo un descubrimiento, era la parte que faltaba del juego.

Mis palabras:
Mis pobres muñecas estaban condenadas a la soledad. Y mi juego condenando al aburrimiento.
Tenía que hacer algo. No podía comprar un Ken. Pero podía hacer mi propio Ken.
Sus palabras:
Mis pobres muñecas estaban condenadas a la soledad. Yo no podía permitirlo, no podía comprar un Ken, pero podía inventar algo equivalente.

Mis palabras:
Contemplé en silencio mi creación. Reí malvadamente.
Sus palabras:
Contemplé en silencio mi creación. Reí avergonzada pero maliciosamente.

Mis palabras:
Hice un Ken transexual [tal vez el primero]. Sin embargo mis otras muñecas, que disputaban el amor del nuevo integrante, desconocían su pasado.
Sus palabras:
Había fabricado un Ken transexual obeso (seguramente el primero). Mis muñecas y las de mis hermanas se disputaban el amor del nuevo compañero, ninguna conocía, y jamás conocerían su pasado.


¿Es plagio?




Y a vos, Bonita Duarte, te digo: muy mal, nena. Eso no se hace. De corazón, te dedico el post anterior. De onda. Y que te garúe finito.


Espantapájaros 21

Del libro Espantapájaros [al alcance de todos] de Oliverio Girondo


Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor", digas: "Pescado frito"; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni por un solo instante, de lamerle la cerradura.


Chocolate [S]hot


Hacía muchísimo frío. Con María habíamos quedado en encontrarnos en el municipal para ver un ciclo de cine español. Esa noche daban Lucía y el sexo. Antes de ingresar a la sala, fuimos a comprar algo dulce para comer. Nos decidimos por un chocolate enorme. El frío era la excusa perfecta.
Estábamos al tanto de que la historia en pantalla tenía que ver con el amor y con el sexo. Pero no esperábamos que el último fuese tan explícito. Lejos de escandalizarnos por las escenas donde los amantes manifestaban sus gustos y placeres sexuales, y mostraban sin tapujos su desnudez, el efecto de las imágenes, sonidos y los sentimientos y emociones transmitidas por el relato, hicieron que anheláramos, cada una con su historia de vida, una experiencia semejante.
- Abro ya el chocolate, te aviso – le susurré a María.
- Si, por favor.
- No se puede venir, con esta soledad, a ver esta película.
- Ni con esta abstinencia.
- Ay, que lindo eso… la puta madre. Yo quiero que me hagan eso. Qué ganas.
- Ssiii, yo también.
- Si esto sigue así. ¿Qué hacemos a la salida?
- Vamos a buscar un par de chongos.
- O a emborracharnos si no hay. Porque para ducha fría, hace mucho frío.
- No, ninguna ducha fría. Prefiero emborracharme.
- Ya no queda chocolate, tomá el último pedacito.
- Oh, cómo no compramos más.
Mientras devoramos el chocolate a puro lamento nostálgico, la historia avanzaba, hasta que la protagonista realiza una viaje que cambia totalmente la trama. La película toma un rumbo que sorprende como la literatura de un buen libro, y que para nuestro alivio calma las ansias que nos había generado.
- Menos mal que ahora estamos en otra cosa, porque si la película terminaba con la calentura de hace un rato, antes de ir a emborracharnos, saqueaba el kiosco de la esquina y no había chocolate que se salve. Mucho pene erecto.
María río y afirmó.
- Por suerte se puso trágica, aunque lo nuestro es trágico.
- Si, es lamentable. Vamos por cerveza.



Este relato responde al desafío que me dejó Marian, del blog Contando Caramelos que consiste en escribir un cuento, o lo que quisiera, siempre que incluyera las siguientes palabras: VIDA, AMOR, LITERATURA, SEXO, VIAJE, CINE. Quienes quieran seguirlo, tómenlo.