Fallido

Sentada sobre su cama estaba Analía, estupefacta, mirando la pantalla de su teléfono celular, como si de un fantasma se tratara. Su hermana, al verla, pensó que había recibido malas noticias.
- ¿Pasó algo? – preguntó Julieta.
Analía no contestó inmediatamente. Parecía que quería emitir un sonido pero algo la frenaba. Quería contar algo que no podía enunciar. Respondió con otra pregunta:
- ¿Te acordás que me iba a encontrar con Lucas?
- Si. ¿Qué hizo ahora? – respondió Julieta asumiendo que Lucas se había mandado alguna de las suyas.
- Esta vez nada. Me mandó un mensaje ayer para que nos veamos hoy, y no le respondí. Ahora le mandé un mensaje yo.
- ¿Y? – preguntó Julieta que no entendía aun la fatalidad.
- Le dije algunas cosas subidas de tono.
- ¿Y qué tiene de malo? No es para tanto. ¿O te zarpaste?
- No, no, el problema no es el contenido del mensaje.
- ¿Y entonces? ¿Cuál es?
- Que se lo mandé a la persona equivocada.
- Uuuuh, ¡qué mocazo! ¿A quién? – Analía no respondía. – ¡A tu ex! – arriesgó Julieta.
- No, ojalá.
- ¿Peor?  Mmm. Al chico que conociste en el bar.
- No, boluda. Me estaría riendo por zarpada. Pero me quiero morir, no me da risa.
- ¿Pero a quién puede ser tan grave? Decime. ¿A tu jefa?
- Boluda, me hacés reír. No, eso quisiera.
- ¿Entonces? Dale, largá.
Analía respiró profundo y largó un suspiro que sonó a protesta.
- Al viejo.
- ¿A papá? – Analía asintió avergonzada.
- ¡Ah, nooooooo! Nena, ¡qué fallido! Eso está para el diván.


Concedido

Un cumpleaños. Una fiesta de disfraces. La Mujer Maravilla era la agasajada. Neo estaba cumpliendo su fantasía de ver a su novia con ese disfraz.
Bin Laden cortejaba a una colegiala de uniforme. El Subcomandante Marcos preparaba el fernet. Otros personajes famosos aparecían en escena. La cerveza también.
El Hada Madrina, concedía deseos con su varita mágica a quien se cruzara por su camino. Revoloteaba por todo el salón buscando a quien molestar, interrumpiendo conversaciones, otorgando el supuesto deseo de quien recibía el toque de la varita.
Un par de horas antes del amanecer, Neo tomó de la cintura a la Mujer Maravilla y la acercó a su cuerpo. Le susurró algo al oído y sintió un golpecito en su frente:
- ¡Concedido! - gritó el Hada Madrina.
Neo le sonrió satisfecho a la Mujer Maravilla mientras ella fulminaba con la mirada al Hada. La tomó del brazó y se alejaron.
- Emilia, dejá de joder con esa varita, te voy a matar - dijo la Mujer Maravilla sin poder contener la risa. El Hada Madrina rió.
- ¿Por qué? ¿Qué te estaba diciendo?
- Que esta noche no zafaba. Que hoy me rompe el culo.



Reserven sus localidades

Los invito a un recorrido musical a través del cine [y espero sus comentarios].

¡Muchas gracias!

Testamento - Bonus track

¿Se acuerdan de mi culebrón adolescente titulado Testamento? Quienes todavía no la conocen los invito aquí para que inicien su lectura y vivan una experiencia única [?]. Como les había relatado aquella vez, esa [llamémosle] novela, fue producto de una tarea del colegio que consistía en hacer un libro: no sólo había que elaborar su contenido, sino también armarlo: cortar las hojas, escribirlas en doble faz, numerarlas, diseñar la tapa y encuadernarlo.
He aquí la prueba de mi libro [si, ya se que nadie me pidió ninguna prueba, pero quería estrenar el escaner]. El diseño y la obra material fue muy artesanal, por no decir rústica [a quién quiero engañar]; tiene muchas desprolijidades y el paso de los años ha hecho lo suyo. Se ve la mano de mi vieja en los retoques que hizo en el título. El resto es obra mía. La encuadernación me dio mucho trabajo. El papel cartulina que elegí para elaborar la tapa fue una mala elección, porque me costó mucho forrar con ese papel las tapas duras de cartón e inevitablemente, con el tiempo, se fue rompiendo. Del dorso, sólo quedó la mitad.
En la segunda imagen van a encontrar algo que no les había contado: una guía  que incluí sobre los personajes de la novela, por si lector se perdía con los nombres. Como podrán observar le puse nombre y apellido hasta al personal doméstico y todavía me estoy preguntando ¿para qué?
Pueden deleitarse [?] con el final del primer capítulo, cuando el inspector Prida  le informa al Sr. Lucchesi que Angélica está en el horno, y le recomienda que le busque un abogado de las causas perdidas. También podrán apreciar que está tipeado con una máquina de escribir eléctrica.
Mi nombre completo fue sutilmente removido de la tapa [sepan entender].







Virginia, en un ratpo de locura generosa, me premió con un galardón que se otorga a los blogs que por su contenido [imágenes, relatos, escritos] genera emociones que cobran vida propia.



¡Muchas gracias Vir!

Y en esta oportunidad voy a homenajear a Bustrofedonia y Julia Q. por las razones antes mencionadas.

Tyler Durden, en ocasión a un juego de lógica que realizó en su blog tuvo la deferencia de darme el premio Si me pasan por la caja del supermercado hago 'bip', por haberme abstenido de participar debido a que conocía el resultado.



¡Muchas gracias Tyler!

Triciclos por los aires

Cecil me cuenta del recurso literario de la perversidad de los niños, o simplemente de la maldad sin filtro y quizás inocente, de la infancia. Cuando somos niños experimentamos la maldad hasta sentir la censura y el reproche por parte de los mayores, la castración de que eso no se hace, de que esto está mal. Pero en nuestros primeros pasos sentimos el egoísmo y el primer atisbo de la propiedad del “esto es mío” y no queremos compartir los juguetes ni con nuestros hermanos. Tenemos competencias descarnadas porque a otro le sirvieron más coca-cola en su vaso que en el nuestro o le dieron una porción mayor de papas fritas. Competimos por todo. Nos burlamos de otros niños. Y también sufrimos la burla en carne propia. Y la dimensión de la tragedia y de lo terrible llega a escalas insospechadas, porque nuestro mundo es pequeño, y los problemas son gigantes.
Desde muy temprana edad fui víctima de la burla de mi hermano y sus amigos. Ellos me llevaban un promedio de 2 años, pero en nuestro contexto era un abismo. No había lugar para mí en sus juegos, ni en sus travesuras. No habían llegado aun los tiempos de las grandes escondidas y del posterior fraternal compañerismo. También sufría el ninguneo de mi hermano cuando se juntaba con mis primos varones de su misma edad. Pero yo tenía mi revancha. Con mis primas podíamos hacer uso de ese mismo poder discriminador con nuestros primos más chiquitos. Podíamos cerrarle la puerta en la cara con total impunidad sin importarnos que se vayan llorando a acusarnos con mamá, porque mamá le diría que somos más grandes y queremos hacer cosas de nenas grandes y que ellos son chiquitos, las mismas odiadas respuestas, que no nos convencía en lo absoluto cuando las recibíamos para justificar las acciones de nuestros hermanos mayores.
Y en el barrio, con mi gran amiga y vecina, Silvina, compañera de todas las aventuras y travesuras, teníamos a nuestro blanco perfecto: la odiada Eugenia. Ella no nos había hecho nada, pero su presencia nos molestaba. Era hija única, era una nena fea y sus padres no estaban agraciados con ningún atributo estético. Le decíamos “los cucos”. Eugenia no tenía amigos en la cuadra y a veces la invitábamos a jugar, cuando necesitábamos a alguien para que hiciera el trabajo sucio. Éramos malas con ella pero lo vivíamos con placer. El trato hacia Eugenia era nuestro secreto.
Con Silvina pasábamos horas trepadas a los árboles y a los techos. El de mi casa, particularmente, era genial. Para poder subir primero teníamos que trepar a la casilla de gas. En mi barrio, apenas nos mudamos, no había gas natural, por lo que teníamos una casilla alta donde entraban dos tubos de 45 kilos cada uno. Una vez subidas ahí, el paso siguiente era treparse a la parte más baja del techo del comedor, que era de un agua. Superada la primera etapa había que subir por las tejas, con mucho cuidado de no romper ninguna y de no patinarse, hasta llegar al borde. El paso siguiente era optativo: trepar por una pared, haciendo fuerza con los brazos y usando el ladrillo visto como escalera para subir al techo de la segunda planta, donde estaba el tanque de agua, o saltar más de un metro abajo, donde estaba el techo recto de la planta baja del garage, y llegar al techo de la segunda planta por otro lado, primero pasando por el otro techo de tejas que pertenecía a la escalera y era también de un agua. A este techo salían, un poco más abajo, los ventiluces de los dos baños de mi casa, formando un hueco y era nuestro escondite. De ahí podíamos espiar a la casa de Eugenia. También teníamos algo de vista a la cuadra. El otro escondite era bajo el tanque de agua, en el techo más alto. Y otro refugio era la terraza que daba a la parte de atrás de mi casa.
Escondidas pergeñábamos nuestros planes, confesábamos nuestros secretos. Todo era un juego. El daño no era palpable como algo malo, sino como risa. Estando cerca del tanque de agua, en el techo más alto, quizás buscando alguna travesura por hacer, vimos que en el techo de la casa de Eugenia, estaba su viejo triciclo, aquel de su más tierna infancia, guardado o tirado, debajo del tanque de agua. Se nos hizo agua a la boca. Una mirada cómplice y un plan por hacer. Bajamos al techo de mi garage, y nos cruzamos al techo de Eugenia. Con pisadas sigilosas procurando no ser escuchadas, tomamos el triciclo y lo llevamos hasta mi techo. Del otro lado de mi casa vivía Doña Gertrudis, nuestra adulta enemiga acérrima número uno y víctima de todos nuestros ring-rajes. La casa siguiente era la de Silvina. La casa de Doña Gertrudis era de una sola planta pero todo su techo era una enorme terraza. Ella vivía con su marido. Sus hijos estaban casados y el del medio, quizás separado, quizás viudo, estaba temporalmente con ellos junto a sus dos hijitos. Los nietos de doña Gertrudis tenían la edad suficiente para andar en triciclo. Y en una suerte de convertirnos en reyes magos, nosotras depositamos el preciado juguete en la terraza de Doña Gertrudis.
Al otro día subimos ansiosas para conocer la suerte del triciclo y vimos con alegría renovada que los pequeños le estaban dando uso. Era la hora de llamar a Eugenia.
Tocamos el timbre de su casa, la invitamos a jugar y con alguna excusa la convencimos de subir al techo de mi casa. Fingiendo inocencia alguna de nosotras exclamó:
- ¡Eugenia! ¿ese no es tu triciclo?
Estupefacta, Eugenia contemplaba su triciclo naranja, viejo y herrumbrado, lejos de la jurisdicción de su hogar. No comprendía qué hacía su triciclo en casa de  Doña Gertrudis y cómo había llegado allí. Quizás en su fantasía más profunda cavilaba si el destino de su triciclo fue decisión de sus padres, que habrían tenido el tupé de regalar su juguete a los nietos de la vecina, sin siquiera consultarle. Pero nosotras llenábamos sus pensamientos con afirmaciones calumniadoras: seguro que el hijo de doña Gertrudis te lo robó para dárselo a los sus niños. Eugenia, al borde del llanto, queriendo reivindicar su propiedad, no podía reaccionar. La animábamos a que recupere lo que es suyo, instándola a que se cruce de techo y que se lleve por mano propia y absoluta clandestinidad lo que le pertenecía. Estimo que nosotras sabíamos que Eugenia no era capaz de tamaña osadía, y tal vez ese era nuestro objetivo. Llevarla hasta ese punto de inacción donde su cobardía quedara plasmada. No tengo certezas sobre el fin que perseguíamos, pero la situación nos deleitaba y nos reíamos por dentro de la pobre Eugenia. Hasta que llegó lo impensado. Quizás nosotras teníamos planeado recuperar el triciclo después de evidenciar la falta de coraje de nuestra vecina. Pero ella optó por buscar un mediador:
- Le voy a decir a mi papá – espetó Eugenia y salió disparada para bajar del techo.
Asustadas, con Silvina nos miramos y salimos tras de ella al grito de “no, esperá”. Pero Eugenia no se dejaba persuadir y ofuscada seguía descendiendo por el techo. de tejas. El castigo se nos representó: nuestras madres retándonos hasta quedarse sin voz por el hurto cometido seguido del engaño de la pobre nena, menor que nosotras. Lo peor se vislumbraba: no te juntás más con Silvina y viceversa. Estábamos en problemas. Sólo nos quedaba una carta por jugar: confesarle a Eugenia la verdad, pero disfrazándola de inocencia:
- Eugenia, era una broma.
Pero esta vez habíamos llegado muy lejos. Eugenia siguió con su propósito de buchonear lo sucedido, mientras nosotras corríamos entre los techos para devolver el triciclo a su lugar.
Esa fue nuestra última maldad a Eugenia. La verdad salió a la luz. El papá de Eugenia habló con nuestras madres. Llegó el reto y la penitencia. Más tarde el pedido de disculpas y el perdón de Eugenia. Con el paso del tiempo tuvimos buena relación con ella, pero nunca pudimos superar lo del triciclo naranja.

Corazón roto


Muchas veces recuerdo lo que soñé en el preciso instante en que me despierto, pero si no lo relato en el momento, desaparece de mi memoria, como si no hubiese existido, sin dejar rastros. Otros sueños los vivo más intensamente, como si no estuviera del todo dormida, y los recuerdo con más facilidad, así hayan pasado unas horas. Y hay sueños que no los puedo olvidar, quizás porque son muy literales, tan gráficos que asustan, como éste: soñé que me clavaba un cuchillo en el pecho y me llegaba hasta el corazón. Así de claro, así de fuerte: estaba con alguien, y debía clavarme un puñal, un cuchillo, en mi pecho y ese alguien se clavaría otro cuchillo en otra parte de su cuerpo, que no puedo recordar. Yo veía como mi mano derecha llevaba el cuchillo y lo penetraba con fuerza sobre mi pecho izquierdo. Podía sentir cuando el cuchillo atravesaba la carne, el hueso y llegaba hasta el corazón. En mi sueño me iba a dormir, como si fuese muy natural clavarse un puñal y no morirse. Cuando despertaba, el dolor de la herida me hacía recordar lo sucedido. La herida de la piel ardía y dolía cuando me movía. Me corría la ropa y veía la cicatriz. Era una línea. Roja. Cerrada. Pero el corazón me dolía intensamente. Era un dolor distinto. Estaba atenta a la curación de la herida y la revisaba a cada instante, hasta que descubrí con asombro que la herida se había abierto en sus extremos. Cómo si tomara consciencia, de pronto, de que debería, o al menos podría, haber muerto, me asusto, y pienso que así como la herida exterior no se curó, mi corazón tampoco, y considero la posibilidad de que algún coágulo llegue hasta mi válvula aórtica y me provoque un infarto [en mi pesadilla no hay sangre]. Siento la necesidad de pedir ayuda, pero me avergüenza confesar que me clavé un cuchillo en el corazón. ¿Cómo decirlo? Hasta que lo digo. A nadie le llaman la atención mis dichos pero me acompañan a un hospital. Un doctor me cose la herida que cada vez es más grande. Lloro al ver tantos puntos porque me rehúso a tener esa horrible cicatriz en mi preciosa teta. Más tarde la herida vuelve a abrirse y los puntos se salen. Esta vez la cierro yo. Y como si hurgara de nuevo en viejas frustraciones, la maldita herida se abre otra vez, y hasta cambia de rumbo. Y el sueño continúa mientras sigo, entre curaciones infructuosas y heridas cicatrizadas, hasta que me despierto, sin poder escapar aun de esas sensaciones, pensando cuál será esa herida que no puedo cerrar.
Luego de contar el sueño recordé que la noche anterior había visto por enésima vez Fight Club, y que me había quedado prendida a la frase “soy el corazón roto de Jack” que dice el protagonista cuando se siente traicionado por Tyler Durden.

El jeque


La ascendencia de mi mamá, por parte de su padre, es árabe, ya que su abuelo era sirio libanés. No por nada, a toda la parentela, la música y la comida árabe les fascina, y con el espíritu que los caracteriza, siempre hicieron grandes juntadas y comilonas. Nunca faltaba la ocasión para que todas mis tías [las de mi madre y luego las mías] se divirtieran bailando árabe, jugando con pañuelos, tapando sus rostros, emulando a las típicas odaliscas.
En una de sus tantas reuniones, en casa de mi bisabuela, en las que el desfile de parientes que entraban y salían era constante, porque la familia es muy numerosa, las caras nuevas eran moneda corriente: algún pariente que llegó de visita al que no conocían, o lo conocieron de recién nacido, el novio o la novia de turno de alguna o alguno, respectivamente, el primo tercero del vecino del campo de mi abuelo, o algún colado. Una de mis tías, siendo una de las últimas en llegar a la reunión, toca el timbre y aguarda ser atendida. Le abre la puerta un hombre que tenía la mitad de la cara tapada con un pañuelo. Mi tía, le sigue el juego, muy divertida, tomó el pañuelo que tenía en su cuello y en un delicado gesto cubrió su rostro hasta su nariz, y luego de un revoleo coqueto de ojos, preguntó:
- ¿Y vos quién sos? ¿Un jeque árabe?
Esperaba que el nuevo pariente se presentara oficialmente, pero eso nunca sucedió. El jeque la hizo pasar y altaneramente le descubrió otra verdad:
- No señora, esto es un asalto.


Las respuestas a todas sus preguntas [?]


Se estarán preguntando [?] qué pasa con Julia que hace mucho que no postea alguna historia. ¿Se le acabaron las ideas? ¿Se murió? ¿Está trabajando 16 horas por día y no tiene tiempo? ¿No tiene ganas de escribir? ¿Le cortaron internet y no quiere a un ciber? ¿Quiere postear las búsquedas pero no quiere abusar con los post ladris? ¿Está elucubrando un plan maquiavélico? ¿Está viviendo la vida loca? ¿Tiene otros proyectos? O simplemente piensan que no puede importarles menos y pasa inadvertidamente cualquier vicisitud de la autora del blog. ¿Ustedes que opinan?
Mientras deliberan sobre tan profundo interrogante, les dejo un cuestionario que se me dio por responder.

Un lugar para relajarse:
Una playa con mar.

Un lugar del que huirías:
De un shopping [sobre todo en fechas claves como día del niño o fin de año].

¿Quién ha sido la última persona a la que has abrazado?
Mimadre [hoy es su cumpleaños].

¿Tenés muchas amistades?
No se si muchas, pero si varias.

La última cosa que te compraste:

¿Los cigarrillos cuentan? Que haya salido a comprar, fue un par de libros hace un par de semanas.

¿Qué escuchas ahora mismo?
El score de Amélie de Yann Tiersen [ya saben lo que significa score, me imagino].

¿Te gusta estar con poca o mucha gente?
Depende la ocasión.

¿Cómo te describirías?
Agradable, leal, compañera, jodida, curiosa, vaga.

Si pudieras tener una casa totalmente amueblada gratis, en cualquier parte del mundo. ¿Dónde te gustaría que estuviera?
En Costa Rica.

Lugar favorito de vacaciones.
Cualquiera que tenga un mar cálido.

¿Cuál es tu afición favorita?

El cine y la música. La literatura, también.

¿De qué te gustaría librarte?
De la facultad [de los exámenes, concretamente].

¿Qué querías ser de muy pequeña?
Uff. Tantas cosas: veterinaria, ejecutiva, actriz, artista callejera.

¿Qué extrañás?
Mi departamento.

¿Qué estás leyendo ahora mismo?
Ahora mismo, un cuestionario [no saben preguntar, che].
La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, junto con Espejos, de Eduardo Galeano.

¿Cuál es el tipo de cine que más te gusta?
Uff, si contesto ésto, no termino más. La respuesta amerita para un post de La covacha.

¿Qué ropa de diseñador te gustaría tener?
Desconozco la ropa de diseñadores. Ni idea.

¿Vivirías de una forma distinta de tu situación actual?
Si, por supuesto.

¿Volverías a crear el blog?
Supongo que sí.

¿En el armario de qué famosa te gustaría perderte?
De ninguna. No me vuelve loca la ropa. Pero tengo buen gusto para vestirme.

Si tuvieras mucho dinero, ¿qué harías con él?
Viajaría por todo el mundo y dedicaría mi tiempo en hacer todo lo que me gusta.
Fundaría una ONG para que trabajar junto a mis amistades, en algo que beneficie a la sociedad.

No podrías vivir sin:
Todo lo artístico.

¿Con qué celebridad te identificas?
Con ninguna.

Físicamente, ¿Quién es tu hombre ideal?
Hugh Jackman.

¿Qué prenda [ropa, calzado o accesorio... o cualquier cosa] tenés en casa que tenga mucho valor sentimental para vos? Explicar por qué:
Soy menos apegada a las cosas de lo que creía. He perdido muchas cosas de valor sentimental así que aprendí a despegarme a la fuerza y guardarme los sentimientos en la memoria.

¿De qué te sentís orgullosa?
De ser buena persona y no tener maldad.

¿Cambiarías algo de ti misma?
Si, mi fuerza de voluntad.

Un sueño:
Conocer Europa del Este [empezando por Praga, República Checa]. Después Europa occidental [empezando por Brujas, Bélgica].

Si fueses invisible por un día, ¿qué harías?
Con un sólo superpoder no alcanza. A ver. Me metería en algún banco para vaciar las cuentas de algunos garcas y repartiría esa plata entre los pobres.

¿Te gustaría conocer a algún compañero blogger?
Si.

¿Crees en la amistad?
Como dijo Gaby [a quien le robé el cuestionario] la amistad se construye, no es una cuestión de fe.

¿Te cuesta abrirte sentimentalmente?
Últimamente, más que antes.

Si sólo tuvieses hasta el fin del día para hacer algo en tu vida, ¿que harías?
No estaría sentada al frente de la PC.

¿A quién se te ocurre que nos encontraremos el minuto después de que abandonemos esta vida?
A la nada misma.

¿Cuánto engordaste desde que tenés un blog?
Peso lo mismo.