Pocaonda y la Yegua Ninguneadora

Cuando llegué a mi nuevo lugar de trabajo, mi jefe me puso bajo las directivas de Pocaonda, una administrativa de mayor rango que el mío, quien también cumple funciones de encargada del resto de los empleados. Pocaonda es una mina agradable pero no tiene onda. No toma mate, no escucha música, no se sonríe por nada. Pero Pocaonda tiene algo invaluable: no jode.
No demoré más de 2 minutos en preguntar si la ausencia de mate se debía a que no le gusta o si hay alguna norma absurda que prohibiera su ingesta. La respuesta fue vaga: no tomo pero preguntale al Señor Rubén.
A los 10 minutos noté que todo el mundo lo trata al jefe de Señor Rubén. Además de tratarlo de usted, todos anteponen el "señor" al nombre, sin excepción. Pareciera que le temen y que no le cuestionan absolutamente nada. Todo lo que el Señor Rubén dice es palabra santa.
Desde el primer día que me llevo el equipo de mate. Obviamente no puso objeción a que tomara mate, si no ahí hubieramos tenido nuestro primer conflicto laboral. Soy capaz de quejarme al gremio por un atropello semejante. Con el mate no se metan.
Pocaonda me explicó mis tareas básicas, me enseñó como se hacen las cajas diarias [que son muchas], y todo su método irritante para la presentación de las mismas [esto lo abrochás acá, a esto lo ponés con un ganchito acá, esta hoja va a adelante, a esto lo resaltas con el marcador, a esto le ponés nepacos, etc.] me instruyó en otros menesteres y dejó que yo vaya haciendo para después controlarlo al final.  Su método fue lo único que impuso y jamás me apuró para que termine lo que me asignaba. No sacaba conversaciones del clima para "hablar algo". Ella hacía su trabajo, sin interferir en el mío. Pero al Señor Rubén se le antojaron otros planes para mi destino laboral. A los 5 días, cuando me estaba adaptando a la oficina y al trabajo, me entero, casi de rebote, que a partir del día siguiente me transferían al otro establecimiento, para las mismas tareas administrativas, que aun estaba conociendo. "Es todo igual que acá", afirmó Pocaonda, "pero [siempre hay un pero] allá no hay encargado de la parte comercial, así que hay más trabajo con los proveedores".
Volví a ser "la nueva" a una semana de haber ingresado a trabajar. Me presenté con quien cumple la misma función que Pocaonda y en ese instante comprendí por qué me habían dicho "que te sea leve, cualquier cosas pegá el grito" cuando me fui del lugar anterior. Quería gritar, pero del horror. No sólo porque su aspecto es desagradable, si no porque se nota a simple vista que es insufrible. Es la versión femenina, y nazi, de Larry [sin la pelada], de Los Tres Chiflados, después de un atracón de 20 kg. de asado. Es mandona, gritona, jetona, ninguneadora, ególatra, molesta y grasa.
Apenas llegué me hizo un repaso de las cosas que había aprendido y me pidió que hiciera las cajas. Supuse que era lógico que iba a controlar mi trabajo y no me molestaba su presencia. Estaba siguiendo el "método Pocaonda", porque era mucho más práctico que idearme uno nuevo. Pero la Yegua Ninguneadora no estaba conforme.
- Yo soy muy práctica y muy metódica - dijo mientras tomó un papel y empezó a escribir una lista de los pasos a seguir para hacer la caja. No sabía si reíme o decirle que me no me tratara como una estúpida. Pero decidí quedarme piola y ver hasta donde era capaz de llegar con sus enseñanzas de maestra de primaria. Mientras escribía me explicaba:
- Primero haces el control manual de las cajas, después despejás el escritorio. Increíblemente "despejar el escritorio" era el paso número dos. Mi cara de pocos amigos debe haber sido muy evidente.
- Claro - insiste con el item número dos - guardas los cupones, los comprobantes, y dejás el escritorio limpio - Y siguió con el resto de la listita infame, hecha a modo de borrador. Cuando llegué al día siguiente YN había pasado la lista en limpio y la había dejado a la vista.
Y las exigencias rídiculas continuaron:
- Esta hoja va primero, esto lo abrochás arriba, esto Pocanonda lo pone acá, pero acá queda mejor, porque yo soy muy práctica. Esto lo subrayas así, acá haces un línea con la regla y cruzas otra línea acá, y acá pones esto.
La miro y no puedo creer lo que escucho. Antes fue docente. Debe haber sido de esas maestras que le exigen estupideces a los chicos, y cuando  ellos llegan a la secundaria preguntan cosas sin sentido, como por ejemplo si a las mayúsculas hay que escribirla con otro color, o si pueden subrayar con azul. Pero ella continúa con sus requerimientos idiotas: Esto lo tenés que hacer con lapicera roja, no podés usar otro color - dice frenéticamente. Y eso que es para controlar una caja que se imprime en un papel borrador, que se guarda un tiempito y después va a parar al tacho. Y que no se me ocurra usar una lapicera que no sea roja para eso. Estimo que si escribo con una lapicera verde explota el mundo. No me imagino que tragedia puede ocurrir. Hoy osé usar una lapicera verde y casi le da un ataque de glucemia. Lástima por el casi.
- Aaaaaay, hoy debo tener "la diabetes" por las nubes - dijo afligida. Jamás se enteró de que lo que le sube es el nivel de glucosa en sangre y que diabetes se llama la enfermedad.
Cuando me vió caer con el equipo de mate casi se infarta.
- ¡¿Podés tomar mate?!- preguntó horrizada.
- Si - le respondí - el Señor Rubén me dijo que sí. Me río por dentro cuando digo señor. Fue suficiente, le nombré a su dios y no resongó, pero me hizo saber lo asombrada que estaba porque me habían autorizado.
La YN es poco o nada querida por el resto de los empleados. Como ella me manda a hacer las mismas tareas, los otros empleados me miran con mucha desconfianza. Deben pensar que soy de la misma calaña. Sólo una se animó a preguntarme si yo estoy ahí porque le van a dar el raje a YN. Y la verdad que ni yo se qué cual va a ser mi función. Por ahora es padecer a YN.
Dentro del establecimiento hay una cafetería y un comedor con acceso al público. Cuando le pregunté a Pocaonda de dónde podía sacar agua para el mate, me dijo que saque de la cafetera express. En el nuevo establecimiento, fui en busca de agua caliente, con mi termo en la mano, muy pancha por mi casa, deseando unos amargos con todas mis fuerzas. Apenas giré la perilla y el termo comenzó a llenarse se escuchó:
- ¡No podés sacar agua de ahí, te van a retar!
La voz chillona era la de ella, la Yegua Ninguneadora. ¿Quién más? No, no, con el mate no. ¿Me van a retar? Me pregunto si también me harán chas chas en la cola. Al rato aproveché una consulta telefónica sobre unos pagos que tenía que hacerle a Pocaonda, y le pregunté si había algún problema para que saque agua caliente. Y allá volví, a la carga, con el termo en la mano rumbo a la cafetera, mientras la Yegua Ninguneadora me miraba estupefacta:
- Le pregunté a Pocaonda y me dijo que no hay problema - y giré la perilla mientras le sonreí. YN hizo un gesto de molestia mezclado con indiferencia, del que se leía una "hacé lo que quieras":
- Y si te dejaron, está bien, qué te voy a decir.
La YN tiene una frase de cabecera: "se jode por zonzo". Es la gran explicación a todas las injusticias e ilegalidades que se cometen. Si a un empleado le faltó mercadería porque se la robaron, se le descuenta de su sueldo y "se jode por zonzo". Si marcó la tarjeta de ingreso 2 minutos tarde, se le descuenta el día y "se jode por zonzo". Si le faltó plata en la caja, se le cobra el importe y "se jode por zonzo".
- Porque acá tenés que ser ágil, despierto - me dice. Quizás cree que trabaja en la Nasa.
Mientras me estaba explicando algo del sistema me advierte que siempre teníamos que verificar que haya a conexión:
- a internés -
Contuve la risa, otorgándole el beneficio de la duda. Se equivocó, pensé. Pero lo repitió. Tuve que mirar por un rato largo el monitor para no reaccionar.
Haciendo referencia al movimiento diario del establecimiento, me comentó que durante la mañana y pasando el medio día la actividad era muy agitada:
- pero más luego, se calma - concluyó.
También se lució en un almuerzo que compartimos, a la fuerza. Me había llevado un tupper con una suculenta ensalada que tenía de todo, hasta cuadraditos de jamón y queso. Ella tenía un tupper minúsculo, con lo que parecía ser una ensalada rusa y atún. Miró mi tupper y dijo:
- Somos verdura vos y yo.
¿Somos verdura? Vos tendrás cara de zapallo, pero de ahí a que seamos verdura, por favor. Aprendé a hablar o callate.
La YN no se imagina la cantidad de improperios que cruzan por mi mente cada vez que  se dirige a mí, así sea para decirme en tono de maestra jardinera "hoy progresamos mucho", o en tono de maestra enfurecida "hoy vas lenta". También le dedico cantos de hichanda contra el referí, cuando veo por las cámaras de seguridad que está muy lejos de mi alcance. Es una estúpida que cree que sólo ella puede hacer lo que hace, como si fuera un físico nuclear, ganador de un premio nobel, que está obteniendo asombrosos avances y resultados para generar grandes cantidades de energía con fusión fría. Los zonzos son el resto, que se joden, por tenerla a ella como controladora, que no tiene la más mínima consideración por nadie.
Y en un punto tiene razón, son unos zonzos porque se dejan atropellar de esa manera. Quizás después del primer sueldo se me escape una llamadita anónima al ministerio de trabajo, para que los zonzos tengan un respiro.






Atención por favor: se solicita su voto en forma inmediata

Hola Julia:


Te escribimos para informarte que tu post "El Jeque" está entre los 15 más votados para el Premio Oblogo-Hipotecario.


Te recordamos que la votación definirá el post ganador en la categoría "Premio de los lectores" que otorga gloria, fama y $2000 al autor, y que será publicado en un número especial el 7 de diciembre. (Los otros dos galardones los define el jurado). La votación cierra el jueves 26 de noviembre a las 21 hs. Hasta ese momento, se puede votar por tu post aquí.


¡Saludos!


El equipo de Oblogo.


No esperaba recibir este mail. ¿Entre los 15 más votados?  ¿Eu? ¡Excelente!
Estoy muy agradecida  a todos los que me votaron pero ahora vamos por más [?]. Si ya me votaste, pedile a tu tía, a tu prima  y/o al vecino que me voten. Y si no me votaste, ayudame con tu voto, dale, no te vas a arrepentir [?]. Voten, voten, voten.

Muchas gracias, otra vez, de corazón.

La racha

La Mala Racha


Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras.
Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.


De "El libro de los abrazos" de Eduardo Galeano

La racha es un período breve, de fortuna o de desgracia, según la definción del diccionario. Pero como en éste cuento corto de Galeano, estuve los últimos meses con la compañía de la mala, de pérdida en pérdida y un poco perdida. No perdí las llaves, por ejemplo, pero si, por primera vez, mi documento, el de toda la vida, porque cuando cumplí los 16 me hicieron la renovación ahí mismo, ya que no habían llegado los D.N.I. nuevos al registro y la espera era infinita. Y como estaba intacto, usaron el mismo [éramos tan pobres]. El mismo que le dieron a mi viejo cuando me anotó, cuando nací. Tenía su firma. Tenía mi foto de 8 años también. Y lo perdí. No se dónde, ni cómo, sólo se que cuando lo necesité, y lo busqué en el mismo lugar donde lo guardo hace años, no estaba. Y estas pérdidas descuidadas no suelen pasarme. Fue un síntoma de  que la mala racha se había instalado.
Simultáneamente a la merma de trabajo, hasta el desempleo efectivo, se juntaron unos materias desaprobadas, motivo más para desmotivarme, valga la ironía. Y cómo dice más arriba Galeano, el bajón demoraba en irse. Y de tropiezo en tropiezo seguí, acomodándome como pude a la nueva situación. Mis planes de exámenes finales y descuento de materias, se habían desbarajado y otra vez, vuelta a empezar, tratando de no darme con el pesado caño de la culpa en la nuca, y de vivenciarlo como un aprendizaje más.
Además de cuestiones palpables, y de que la reinserción al mercado laboral, intentando esquivar los call center de telefonía, no auguraba propuestas alentadoras, la mala racha también se había apoderado de sentimientos tristes, de pérdidas personales, metiendo su dedo macabro en la llaga, hurgando, desestabilizando, desanimando, pretendiendo ocultarme la salida.
Pero pareciera que, de un tiempo a esta parte, la mala racha está retrocediendo, tan lejos que casi no la percibo. ¿Se habrá ido definitivamente o aguarda sigilosa el último zarpazo?
Y a días en donde todos hacen su cierre de año, el mío recién se está activando. Con un trabajo recién estrenado, administrativo, lejos de reclamos de clientes enfurecidos, muy de oficina con aire acondicionado, con unos finales cerca, a punto de ser una firma más en mi libreta y otro asiento en mi analítico, con muchas horas ocupadas y organizadas, que me sacan del letargo, de la abulia oscurantista, del desgano, asoma la buena racha, que va ganado terreno, empujando a la otra, a la nefasta, desafiándola a que desaparezca, porque esta vez, ni ella ni yo, le vamos a dar tregua a la muy turra.



Es hora de que la historia cambie


Últimamente me debato entre rendir las últimas materias de una carrera que, muy a mi pesar, cada vez se hace más larga y la búsqueda funesta de un trabajo que pareciera jugar a las escondidas conmigo. Lejos de encontrar el laburo de mis sueños, las ofertas laborales que abundan se asemejan a mis pesadillas. Y así voy, de entrevista mala, a entrevista peor, mientras lleno mis vacíos leyendo lo que me gusta y lo que debo, tratando de darme ánimos cuando nada me motiva, pensando que ya vendrá algo mejor. Y apelo a que se confirme la mejor propuesta laboral que tuve en mucho tiempo, que no deja de ser bastante pobre, porque otra no queda, ya que a nadie le interesa emplear a alguien que osa tener la prioridad, además de trabajar, de recibirse. ¡Qué desacatada! ¿Cómo se me ocurre?
Y mientras me convenzo de que me merezco algo mejor, de que tengo capacidades y herramientas para un laburo como la gente y para conseguir mi tan ansiado título, me topo con gente bruta que está en un escalón arriba, y me pregunto: si animalitos como estos  pudieron, ¿por qué yo no?



 [Click en cada imagen para ampliar]
Extractos de apuntes elaborados por una abogada que tiene a su cargo un curso de Historia del Derecho Argentino, de la Universidad Nacional de Córdoba. ¡Ay qué bestia, qué animal! No hay derecho.


El dúo dinámico

Hoy los invito a que pasen por acá y se acovachen, para seguir hablando de cine.

Y con un poquito de atraso, también los invito a que chusméen acá la página 6.

¡Muchas gracias!


Leandro, el candidato [tercera parte]


Quería seguir durmiendo pero no podía conciliar mis pensamientos con mi cansancio. Simultáneamente sentía tristeza y alegría. Tenía tantas emociones encontradas que no podía diferenciar donde terminaba una y donde empezaba la otra. En las sensaciones que me invadían predominaba la angustia, y había desatado un llanto que no podía contener ¿Por qué lloraba desconsoladamente si la noche anterior había festejado? Lo sucedido se mezclaba con un sueño que apenas recordaba. Pero si me acordaba con exactitud todo lo que había pasado, como se habían acomodado las cosas para que la casualidad me juntara con Leandro la noche anterior.
Me había encontrado un día antes con Fer, un amigo que hacía mucho tiempo no veía. Me invitó a una fiesta de la primavera porque tenía a su cargo una parte de la organización, y como hacía tanto que no nos juntábamos, acepté. La fiesta era en un famoso boliche que no conocía y que me daba curiosidad conocer, y allá fuimos, Valentina, Sofía y yo. No soy fan de la música electrónica, del punchi punchi, ni de los desfiles primaverales, pero nos estábamos divirtiendo, mirando el espectáculo y brindado por el reencuentro. En un momento me pareció ver que Leandro caminaba entre la multitud, a un par de metros de donde estaba. ¿Leandro acá?, no puede ser, pensé. No sale nunca, y menos acá, seguía diciéndome. Traté de afinar la vista, y efectivamente era él. La miré a Valentina, le dije “Leandro” y salí detrás de él. Me escurrí entre la gente y a una velocidad increíble llegué a alcanzarlo y le toqué el hombro.
Stop. Falta un detalle. Recapitulemos. No estaba en un boliche cualquiera, estaba en la maricoteca más emblemática de la ciudad de Córdoba, y el desfile era para elegir al “chico primavera”. Estábamos rodeadas de gays, incluyendo a mi amigo Fer, quien era el asesor de imagen de algunos de los que desfilaban. Valentina puteaba porque los hombres no le miraban ni una teta ¡No hay un solo hetero!, reclamaba a vaya saber quien. Sofía me preguntaba si parecía mujer o un travesti y Valentina decía sentir lo mismo. Los tipos desfilaban en ropa interior y los hombres gritaban más que las mujeres. La noche se estaba convirtiendo en algo demasiado bizarro.
Ahora sí. Le toqué el hombro, Leandro se dio vuelta, y las palabras salieron sin control:
- Leandro, ¡sos puto y no me dijiste nada! – le grité.
- Nunca pude – me dijo y se rió. La música se transformó en un ruido sin sentido, que parecía sonar muy lejos. Leandro me preguntaba con quién estaba y adonde. Dijo algo de comprar cerveza y de volver después. Yo respondía por inercia y volví con las chicas, caminando sin sentir mis piernas. “Nunca pude”, resonaba en mi mente. ¿Nunca pude contarte, nunca pude ser puto, nunca pude qué? ¿Era una joda? ¿O al fin todo cerraba?
- Es puto, Julia – decía Valentina
- No te puedo creer – protestaba Sofía.
Leandro volvió, como había prometido.
- Vengo a confirmar lo que me preguntaste antes – dijo y se reía.
- Me estás jodiendo, boludo – negaba neciamente, esperando que la risa sea joda y no producto de los nervios.
- En serio, no me lo hagas más difícil. Soy gay.
- La puta que te parió, me quedé a dormir con vos y no me dijiste nada – le reprochaba a la vez que me reía mientras negaba con la cabeza. Quería abrazarlo, quería llorar, quería reír, quería celebrar. Me sentía patética por haber perdido aceite tantos años, pero a la vez me sentía feliz por conocer la verdad, por saber que Leandro tenía una vida que ya no me iba a ocultar, que a pesar de haberlo visto ahí podría haberlo negado, pero se había decidido a confesarme lo que muchas veces sospeché, y pregunté hasta el hartazgo, para que todos me dijeran “nada que ver”. También lo hacía responsable de su parte, de haberme tenido de pantalla, quizás inconscientemente, para que todos piensen que tenía onda conmigo y nadie cuestione lo contrario. Pero eso ya no importaba, lo comprendía y lo aceptaba. Finalmente entendí muchas cosas mientras él más me contaba. La salteña que no quería presentar porque era un bagarto, era en realidad un salteño. Cuando no salía con nosotros, o se escapaba temprano de un asado no se iba a dormir, al menos no solo, y tenía más joda que todos los que lo creíamos un nono. Me enteré de todas las veces que me quiso contar cuando salíamos juntos a correr y ahí comprendí que los silencios se debían a que no se animaba. Entendí que no debe haber sido fácil para él y que nunca quiso lastimarme. Cuando me dijo años atrás “tenemos que hablar”, después de la noche que me quedé en su cama, era sobre esto.
- Sos mi única amiga, Julia, sabés las veces que te lo quise decir – dijo emocionado y me conmovió. Lo abracé fuerte. Y agradecí a la parte más recatada de mi ser que hizo que aquella noche no me hubiera sacado el pantalón.




Leandro, el candidato [segunda parte]



Nos preparamos para dormir. Leandro salió del baño en boxer y se acostó en la cama. Yo me había sacado las sandalias, el cinto, el corpiño, pero seguía vestida. Me acosté junto a él. Estábamos enfrentados. Puse mi mano sobre la almohada y me la tomó. Me preguntó si no me iba a sacar el jean. Le dije que no. Pensaba que ya había hecho mi movida y que ahora era su turno. Rozó mi pie con el suyo:
- Tenés los pies fríos – dijo.
- Si, siempre – respondí, y frotó sus pies con los míos para darme calor. Se hizo un silencio. Ahí estábamos, enfrentados, tomados de la mano a la altura de la almohada, sin decirnos nada, al menos por un rato. Mi cabeza no paraba un segundo, pensaba qué decir, qué hacer. La situación era muy rara. A pesar de que había fantaseado con estar en su cama, no dejaba de estar nerviosa e insegura. No me animaba a subir más la apuesta porque no quería otro fiasco, y menos con él. No era un casiconocido al que después no iba a ver más. Me aterraba la idea de avanzar más y obtener por respuesta un rechazo. Parecía que se había dormido, pero al rato empezó a reírse:
- Qué jodón el tuyo, en la cama con un tipo que no da más del pedo, y encima no te sacás el jean para hacer cucharita.
Mis intenciones eran claras y no consideraba que necesitara ponerle más énfasis como sacarme el pantalón.
- Sacámelo vos – pensé, pero no se lo dije. Esperando el beso que nunca llegó, me dormí. Al otro día desayunamos y me fui a mi casa. Mientras caminaba las 8 cuadras hice un repaso mental de las últimas horas y tenía ganas de tirarme en la primera alcantarilla que viera. Quería que me tragase la tierra.
A los días hablamos por teléfono:
- Tenemos que hablar sobre la otra noche – me dijo. Quedamos en que nos pondríamos de acuerdo para juntarnos a charlar, pero la conversación se postergó por un acontecimiento no previsto que sucedió poco después: conocí a alguien y me puse de novia. Leandro seguía siendo mi amigo y sobre esa noche no dijo nada.
Mi hermano pasó a buscarme una tarde, antes de la charla telefónica con Leandro y saqué el tema:
- ¿Viste que en cumple de Leandro me quedé?
- Si – respondió – pero me dijo Leandro que te fuiste al rato.
- ¿Ah, si? No, me quedé a dormir, pero no pasó nada.
- Yo pensé que habían cogido – dijo para mi asombro.
- No, no me tocó un pelo. Quizás porque soy tu hermana, o porque soy la amiga.
- Eso es una boludez. Somos grandes.
- Capaz que no le gusto.
- No creo, es cagón nomás.
- ¿No será gay?
- Nooo, nada que ver. Es cagón – concluyó mi hermano.
Tiempo después, tomando una cerveza con el Vasco, le conté lo sucedido aquella noche.
- Bueno, Julia, no te quejés, Leandro te respetó.
- ¿Me respetó? Para mi es una falta de respeto que no me falte el respeto cuando yo quiero que me lo falten.
- Boluda, te digo en serio.
- Entonces no le gusto.
- Te dije una vez que conversando con él, me dijo que vos tenés todo lo que le gusta de una mujer.
- Claaaaaaro, y por eso me respetó.
- Si, Julia, te respetó, porque sos la amiga – Protesté resoplando y propuse un brindis por los desencuentros.
Un par de años después, cuando la soledad era mi compañía otra vez, volvía a resurgir entre mis amigas celestinas, las miradas con renovadas esperanzas hacia ‘Leandro, el candidato’, en cuanto avistaban en mí el más mínimo interés. Y los jueguitos de doble sentido renacían, como siempre, cada tanto.
Me había mudado más cerca de su casa, y empezamos a ir a correr al parque colindante a nuestra calle. Él me pasaba a buscar, y yo, que tengo menos estado que Israel, trataba de seguirle el ritmo, pero esa actividad compartida no duró mucho tiempo. Mis rodillas se inflamaron y no podía siquiera subir las escaleras de mi trabajo. Aquellas tardes en las que pasamos tiempo juntos y solos, ninguno habló sobre nosotros, si es que había un ‘nosotros’ pendiente.
De vez en cuando nos mandábamos sms, el escribía algo sugerente, yo retrucaba, pero todo se había convertido en mera diversión. Resignada y quizás desinteresada, me divertía con cada una de sus ocurrencias y cada respuesta mía. Y así continuó el histeriqueo crónico, la falta de definición, las teorías de mis amistades, mis análisis, pero ya sin esperar nada más. Siempre más de lo mismo, hasta que todo cambió. Poco más de cuatro años después de aquel cumpleaños, me desperté una mañana con un terrible dolor de cabeza, una resaca espantosa y una sensación que no podía precisar. Mientras trataba de incorporarme, recibí un sms de Leandro:

"Todo lo que creés que pasó anoche fue producto de tu imaginación por el alcohol.
Nunca nos vimos, jajaja"
Y empecé a llorar.