No se a que edad tomé consciencia del terrorismo de estado que invadió a nuestro país desde el golpe del 76 hasta la vuelta de la democracia en el 83. En esos años era muy chica y no tengo muchos recuerdos. Me acuerdo de la campaña de Luder y la de Alfonsín. Me acuerdo de la victoria de Raúl Alfonsín, de los radicales contentos y de los justicialistas cabizbajos, como mi maestra de segundo grado. Antes de eso me acuerdo de Malvinas, de tejer cuadraditos de lana de 20 x 20 para armar mantas para mandarle a los soldados, además de una carta manuscrita y chocolates. Cosas que años después nos enteramos que nunca llegaron. Tengo un leve recuerdo de los comunicados de la junta militar en la tele, y se me pone la piel de gallina.
Mi vieja estuvo en la lista negra en la escuela terciaria donde daba dibujo, porque la directora la tenía por zurdita. Mi vieja de joven había militado en el socialismo. Mi viejo, que también fue militante socialista, tuvo que renunciar a la municipalidad para no terminar desaparecido. Algunos amigos de mi viejos se exiliaron. A otros los desaparecieron. Mis viejos deben haber sentido el terror pero nunca nos lo hicieron sentir a nosotros. Nos protegieron de tanta mierda.
No se a que edad tomé consciencia de que el terrorismo de estado puede ser más cruento que cualquier guerrilla, más peligroso que cualquier delicuencia y más aberrante que cualquier terrorismo, porque es el que terrorismo de quien detenta el poder y tiene los medios para hacer con su terror lo que les plazca.
A los trece años me hice amiga de un chico al que le habían desaparecido a sus padres cuando tenía 3 años, y calculaban que su madre habría dado a luz a su posible hermano o hermana, en un centro clandestino. El vivía con sus abuelos. Su historia me hizo acercarme más a la historia nefasta de esos años.
En primer año me peleé con la celadora, que en calidad no se de qué, en una hora libre, se paró adelante del curso a exponer que "con los militares estábamos mejor", porque podía dormir con la ventana abierta, y si andaba por la calle había un milico en cada esquina y "nada pasaba".
No se a que edad tomé consciencia del Nunca más, pero desde que es así se que voy a mantener mi memoria viva y trataré de despertar las memorias dormidas, siempre.
Mi vieja estuvo en la lista negra en la escuela terciaria donde daba dibujo, porque la directora la tenía por zurdita. Mi vieja de joven había militado en el socialismo. Mi viejo, que también fue militante socialista, tuvo que renunciar a la municipalidad para no terminar desaparecido. Algunos amigos de mi viejos se exiliaron. A otros los desaparecieron. Mis viejos deben haber sentido el terror pero nunca nos lo hicieron sentir a nosotros. Nos protegieron de tanta mierda.
No se a que edad tomé consciencia de que el terrorismo de estado puede ser más cruento que cualquier guerrilla, más peligroso que cualquier delicuencia y más aberrante que cualquier terrorismo, porque es el que terrorismo de quien detenta el poder y tiene los medios para hacer con su terror lo que les plazca.
A los trece años me hice amiga de un chico al que le habían desaparecido a sus padres cuando tenía 3 años, y calculaban que su madre habría dado a luz a su posible hermano o hermana, en un centro clandestino. El vivía con sus abuelos. Su historia me hizo acercarme más a la historia nefasta de esos años.
En primer año me peleé con la celadora, que en calidad no se de qué, en una hora libre, se paró adelante del curso a exponer que "con los militares estábamos mejor", porque podía dormir con la ventana abierta, y si andaba por la calle había un milico en cada esquina y "nada pasaba".
No se a que edad tomé consciencia del Nunca más, pero desde que es así se que voy a mantener mi memoria viva y trataré de despertar las memorias dormidas, siempre.



