Historia de miércoles

Hace días venía acumulando tareas pendientes en el trabajo, y hoy decidí hacer una hora extra para ponerme al día. Era un día de miércoles más. Le avisé a mi compañera de estudio que iba a demorarme una hora, y me avisó que iba a aprovechar para hacer unas compras. Cuando salí del trabajo me mandó un sms diciendo que estaba camino a su casa, a lo que le respondo que yo también. Llegué y me bajé del auto. Dejé la puerta abierta cuando ví que la persiana estaba baja. Supuse que no había llegado y dudé en subir de nuevo al auto o esperarla afuera. Pensé también que tal vez llegó y no alcanzó a subir la persiana, entonces toqué timbre. Y me volví unos paso para cerrar el auto. Un sujeto pasa en una moto, y se para en medio de la calle:
- ¿Conocés la calle Acapulco? - me pregunta.
- No soy del barrio - le respondo, y sospeché que hago andaba mal, cosa que confirmé cuando bajó los pies de la moto y los apoyó en el suelo.
- Te voy a decir algo - dice mientras se levanta la remera y me deja ver una pistola calibre 45 incrustada en su pantalón - si gritás te cago a tiros - agrega mientras toma la pistola, deja la moto sobre la pata, y camina hacia mí.
Me quedé petrificada, como esperando órdenes.
- Dame la plata.
Con una parsimonia inusitada, busqué en mi cartera el monedero, y lo abrí, como si estuviera por hacer un pago, para sacar la plata.
- Dale, dame todo - me grita.
- Dejame el carnet de conducir, flaco, no te sirve - le dije mientras sujetaba el carnet al momento en que él me arrancaba el monedero de las manos.
- ¿Qué más tenés? Dame el celular.
- Si, flaco, tomá, no tengo nada más.
- ¿Qué más tenés? - insiste, al tiempo que me arranca la cadena que vió colgando de mi cuello.
- ¡Los anillos! - exclama.
- No valen nada.
- A ver, que más tenés - y se asoma en mi cartera.
- Tengo llaves, no tengo nada - Y mete la mano y agarra algo y se va, diciéndome que si grito me dispara.
No se qué pasó por mi mente, pero salió de mi boca casi sin pensarlo, en forma natural, pausada, cuando vi que algo manoteó de mi cartera:
- ¿Qué más te llevaste?
No alcanzo a darme cuenta de lo rídiculo de mi pregunta, porque antes de subir a la moto, se da vuelta para responder:
- La plata, el celular, la cadenita y los auriculares.
Y se va.
Moraleja: nunca más hago una hora extra.


Boston Medical Juls 5 [El regreso]

Cuando ya pensábamos bajar la persiana y sacar la placa que, más que anunciar, adorna el costado derecho de este blog, el Consultorio Boston Medical Juls recibe un correo con un pedido de ayuda, de una entrañable lectora. He aquí la consulta:

Estimada Julia,


Le escribo porque solo usted puede darme en este momento una opinión acertada para que yo pueda proceder a resolver la situación en que me encuentro.

Paso a relatarle y suplico su paciencia ante lo largo del relato porque no encuentro forma de abreviar lo que aconteció.

Anoche estaba en mi casa muy tranquila. En mi vida eso normalmente sugiere que se avecina tormenta, pero terca como soy en ignorar mis intuiciones no me avivé de irme a dormir a las siete de la tarde, única posible medida de precaución para evitar semejante desgracia que habría de sucederme.

Casi a las ocho llamó mi amiga para invitarme a salir a bailar. Y salimos. Fuimos a un lugar al que yo nunca había ido, y al que probablemente no quiera volver nunca tampoco, aunque estaba muy paqueto y pasaban música muy bailable, muy de mis años mozos.

Al rato de llegar estabamos bailando con mi amiga cuando se acerca un muchacho al que así nomás, a ojo, le doy unos 28 años. Morocho, alto. Ni lindo ni feo, pero bastante pintón, como diría mi madre.

Me dice que no pudo dejar de verme desde el lugar donde estaba y luego se produjo el consabido guión de boliche, de donde sos, venís siempre a bailar acá, etc, etc. No quiero importunarla, Oh! Julia! con los detalles instrascendentes de la charla. Me limitaré a transcribir sus respuestas a mis preguntas y algunos comentarios:

- Qué linda que sos! (Tiene buen gusto, pensé, veamos que más dice...)
- Soy un buen tipo, sincero. (De buenos tipos está lleno el mundo y así estamos... la verdad ni suma ni resta. Y que son sinceros lo dicen todos. lo que importa no es lo que dicen, sino lo que ocultan...) NOTA: Lo de sincero lo comprobé a lo largo de la charla... porque no ocultó ni una sola de las miserias de su vida.)
- Tengo 35, viste que no parezco? (No, no los parecía.)
- Cuando tenía trece años me echaron del colegio. Era un colegio religioso, ¿viste? (Bueno, 13 es una edad complicada, cualquiera tropieza con un cura estricto y yo taaaan católica no soy, no me hace mella.)
- Así que dejé la escuela en primer año y ya no terminé. El colegio no es para mí. (No terminó la secundaria...? NEEEEXXXXXTTTTTT....!)

Miré alrededor en busca de mi amiga... y era demasiado tarde. Los tentáculos de uno de los amigos del analfabeto anticatólico ya la tenían aprisionada. Me pareció que ella no hacía esfuerzo alguno por soltarse, pero no estoy segura. El morocho me seguía hablando y a esa altura yo ya estaba resignada a una noche de embole:

- Con mi hermano no me hablo. Me pidió que le comprara unas cosas con la tarjeta y casi termino embargado porque nunca pagó nada. (A cualquiera que le preste la tarjeta de crédito a un hermano le peude pasar. Por eso yo primero muerta antes que hacer esos favores.)
- Vivo con mi mamá. (¿Treinta y cinco años me dijiste?)
- Lo que pasa es que vivo con ella porque está enferma, no la puedo dejar sola. A veces pienso que es una mochila que me eché al hombro, pero yo soy así. (Me acordé de Gasalla y el sketch de la vieja manipuladora: "Sos yegua, Marta")
- Estoy loco con los hijos de mi hermana. Me encantan los chicos. (Bien por vos, ojalá encuentres alguien que te quiera hacer la gamba...)

Estimada Julia, ¿me equivoco al pensar que esos comentarios están un poco fuera de lugar? ¿Hace falta hablar de las miserias de uno con alguien que se acaba de conocer y para colmo en un boliche? Aún si nos conocemos en la sala de espera del psicólogo, hay cosas que mejor dejar para después... ya se sabe, guardar el misterio y esconder un poco los trapos sucios. Capaz eso es algo que los chicos aprenden justamente en algún momento de su paso por la escuela secundaria... en fin.

En algún momento de la noche, probablemente después de que yo dijera "voy al baño" y volviera tres horas después, el pibe se concentró en bailar y se calló la boca. Y resultó que bailaba muy bien. Hacía mucho que yo no iba a bailar y hacía muuucho más que no bailaba con un hombre que supiera guiar a la mujer. La carne es débil, Oh! magnánima Julia... y lo dejé besarme.

Después del beso, envalentonado, me pidió el teléfono y era más fácil dárselo que negarlo. Para cuando con mi amiga dejamos el boliche el muchacho lamentó no poder llevarme, porque no tiene auto (¿Había en mi mente lugar para el asombro ante esta revelación? No, no lo había.). Me pidió que le mande un SMS para avisarle que llegué bien a casa.

Ponderó elogios a mi belleza hasta el final: "Sos hermosa", me dijo cuando salimos del boliche a la calle bañada por la luz del amancer. Y cuando me ayudó a ponerme el abrigo me dijo: "Qué lindo que es." Después miró al piso y con tono triste de alguien que no tiene un mango porque está pagando deudas ajenas dijo: "Yo tendría que comprarme un abrigo nuevo..."

Looser total, pensé. Y se despachó entonces con los dos últimos comentarios de la noche, esos que guardo en la memoria y cuya anecdota hará saltar lágrimas de risa en cada reunión de chicas que asista:

- Casi no vengo. Mi mamá se sentía mal hoy. Le dije: "si no querés estar sola me quedo con vos". Pero ella me dijo que estaba bien. Lo que pasa es que se le reventó una de las várices hoy...

¿Por qué? ¿Hacía falta eso? ¿Era necesario? La frase no terminó ahí:

... ¡no sabés! -agregó- ¡manchó toda la pieza de sangre!

Quedo a la espera de su respuesta, Julia querida. El muchacho me mandó unos mensajes hoy y no sé que responderle. Se los copio en forma textual, textual, textual. Quizá usted me pueda aconsejar, le pido por favor que me dé su valiosa opinión:

El primer mensaje dice: "Bonita te pido mil disculpa x no aberte llevado asta t casa". Otro mensaje que me mandó horas después (desde otro número) dice: "Hola bonita como estas bombrm asesino soy -nombre- el flaco d a noche si podes contestame a mi celu este nmr d mi hermana".


Quedo a la espera de su respuesta. La saluda respetuosamente,


Laurita
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Estimada Laurita:
Luego de haberme retorcido de la risa, primero, y del asco, después, me incorporo para darle algún tipo de respuesta que se podría resumir en dos palabras. Pero como su consulta amerita unas líneas, vamos a extendernos en esta ocasión.
En primer lugar, estimada, sabrá que si los instintos la invitan a dormir sola, es mejor hacerles caso, y quedarse en la seguridad del hogar, lejos de injerencias indeseables, que salir al mundo exterior cuando hay una alarma de alerta encendida. Oh, estimada, la terquedad se paga caro.
Pero sabrá usted, Laurita, que la idea no es retarla, sólo reflexionar de nuestros actos para no repetir tropezones con la misma piedra. Justamente esto me recuerda, permítame la introducción de una anédocta propia en su consulta, a que en una ocasión, me había sentido atraída físicamente por un morochón (si, si, morochón) de escaso nivel cultural pero con mucho sex-appeal (?) y swing (?), que bailaba muy bien, que había dejado el secundario (no se preocupe, no es el mismo, se lo aseguro) pero huí despavorida luego de escuchar la palabra "trompecé". Mi alma sensible tiene su límite. Y me imagino que el suyo también, así que sepa que la entiendo, como puede ver.
Sin embargo, discúlpeme Laurita, no entiendo por qué después del Next y antes del baile seductor, usted no siguió su impulso de mandarlo a freír churros. Pero puedo comprender si todo era parte de la estrategia de hacerle la gamba a su amiga.
Pero permítame detenerme en su dicho  sobre la debilidad de la carne.  Según entiendo, el muchacho no tenía ninguna chance con usted más que los besos propinados luego de hacerla bailar como a usted le gusta. Salvo que por su cabecita loca, con cariño se lo digo, haya pasado la idea de tener una revolcaba a lo salvaje con este pedazo de bestia, no comprendo como tuvo la flaqueza de darle el número VERDADERO de su celular. Ay, Laurita, eso fue un error.  Si además de esos besos dados de propina no había más  nada que compartir, hay que usar otras estrategias a la hora de sacarse al sujeto de encima sin correr el riesgo de una eventual escena de un extraño cargoso. El punto que menciona "es  más fácil darle el número que negárselo", es un adagio bastante acertado, sobre todo cuando uno no conoce las  posibles reacciones, potencialmente agresivas, que puede generar una negativa. A partir de ahora, cuando no sepa cómo decir no con decoro, se va a memorizar algún número alternativo, para que no parezca que está mintiendo descaradamente. Si el sujeto dice que le va a hacer sonar el celular en ese momento para que quede agendado el número, rápidamente diga que se lo olvidó en su casa o que no tiene batería. No dude. El éxito de la mentira depende de eso. El número a memorizar, podría tratarse de alguno de estos:
- El número de algún ex.
- El número de alguna minita detestable o de una yegua malparida, a elección. En ese caso, como plus, podría pedírsele que llame bien tarde, después de las 12 de la noche, tirando a  4 de la mañana, porque a esa hora la encuentra seguro.
- El número de un analista.
- El número de un loquero.
- El número de algún señor que por la noche se haga llamar .....(buscar un aviso en el diario con tu nombre).
- Un número inventado.

Pero lo hecho, hecho está. Esto se lo agenda para la próxima noche en que la terquedad le gane.
Demás está decir que cada uno de todos los comentarios e informaciones que dio este muchacho sobre su persona y de su vida fueron absolutamente innecesarios y desubicados. Pero más horror que la imagen mental que se incrustó en mi retina, de la sangre  saliendo a chorros de la pierna de una extraña, estampándose contra la pared, como en un film de Tarantino, me produjeron los espantosos errores ortográficos de los mensajes de texto que le envió. Si, está bien, no fueron tantos, pero si no le pone un coto a esto, van a ser muchos, y los horrores van a salpicar, digo, se van a multiplicar. Así que, muchacha, manos a la obra, antes de que corra sangre al río (perdón, no lo puedo evitar):
Flaco, a la noche soy Laurita, pero me llamo Claudio. Gracias por los piropos, pero tenés que saber que vengo con sorpresita, bombón.
No, no, discúlpeme el exabrupto, quizás le parece un poco inapropiado. Mire si encima le gusta. Mejor no arriegarse a que insista con un encuentro. Es hora de usar el método sangriento y despiadado de ubicar desubicados:
(Nombre), No se si me dan más asco las várices explotadas de tu vieja o tus mensajes de textos. No me molestes más con tus desubicaciones.
La crudeza de la respuesta se debe a que el sujeto nunca se percató de que estaba fuera de lugar todo lo que decía, y si no se lo abofetea con algunas palabras no lo va a entender.
Pero como le anticipé al comienzo, esto se resuelve con dos palabras: curtite, nabo.
Sabrá usted cuál de todas utilizar. Espero que esta humilde servidora haya sido de ayuda.

La saluda afectuosamente, Julia.

Tipo como que metiste la pata, gooor

Mi viejo no tiene mejor idea que pedirme un favor una hora antes de que estoy por salir a un cita. Obviamente mi padre no conoce los detalles y no tengo intención de que lo haga, para evitar cualquier interrogatorio. Ante su pregunta de "¿podés?" le sigue mi respuesta de "No, tengo planes". Pero la respuesta no le conforma, porque  mi viejo quiere acomodar mis planes a los suyos, y para saber cómo, necesita saber qué voy a hacer. Insiste. Respondo que tengo planes, que no puedo, que si me decía con tiempo quizás me acomodaba. No satisfecho, insiste: ¿Pero adonde vas a ir, qué tenés que hacer? El argumento de "tengo planes" le resulta insuficiente. Le suena a excusa. A ver, que yo no te diga cuales son mis planes no significa que los planes no existen, le digo. Pero no hay caso. Vuelve a preguntar. Me ofusco. Agregar "no te interesa, no te importa" no ayuda. Mi viejo está convencido que el problema es que no quiero, y no que no puedo, porque no le explico. Le digo que voy al cine. Se queda tranquilo un rato pero yo estoy molesta.
En el medio me llama mi hermano. El favor le tocó a él en suerte. Me pregunta qué tengo que hacer. Sin necesidad de responderle mal, lo hago, porque estoy caliente: "¡Otro! ¡Qué te importa lo que tengo que hacer!"
- Bueno, che, no me importa, preguntaba nomás, después te quejás de que no me intereso por tu vida, de que no hablamos.
Finalizada la comunicación, entre resoplidos furiosos, tomo el celular y  le escribo a mi hermano un mensaje de texto:
"Voy a salir con un tipo"

Y después de enviarlo, veo, no sin asombro y con mucha vergüenza, que el mensaje se lo había mandado a mi cita en cuestión.

El pájaro azul

Carla era mi compañera de escuela, que conocí en cuarto grado. Recuerdo su carita blanca, muy blanca y su pelo negro. La recuerdo nena, porque nunca más la vi, salvo aquella vez que me la topé en la peatonal, y a esa altura la vida nos había alejado demasiado. Me acuerdo de su flacura, de su pequeñez y de su timidez. Carla no se daba con mucha gente y la gente se perdía de conocer a Carla.
A veces me quedaba a dormir en su casa. Ella compartía la pieza con su hermanita, que siempre estaba encantada con mi presencia porque le contaba cuentos. Casi lo había olvidado. Hace poco me vino la imagen de estar en habitación de Carla y su hermana, con la luz apagada porque era la hora de dormir, charlando primero, en susurros, y luego narrando historias, interrumpidas a veces por los padres que pedían que nos calláramos, y seguido por nuestras risas por no poder hacerles caso. Me acuerdo que cuando chica me encantaba contar películas. Mi prima era mi escucha número uno, y no le importaba que yo demorara en contar una película el mismo tiempo que lo que la película duraba, porque disfrutaba de los detalles y de que yo recordara casi con precisión todos los diálogos. Pero en el cuarto de Carla las historias eran otras. A veces les contaba un cuento que había leído, pero con mis palabras, y en otras ocasiones los inventaba. Y casi lo había olvidado.
Con Carla decidimos hacer un diario, pero mi papá nos explicó que si no salía todos los días, no era diario si no periódico. Entonces, hicimos un periódico quincenal: El pájaro azul. Usábamos de formato hojas tamaño oficio en blanco y en la oficina de mi viejo, le sacábamos fotocopias para hacer varios ejemplares y venderlos. El pájaro azul estaba escrito a mano, en su mayoría. También tenía palabras hechas con recortes de diarios o revistas. Carla que tenía mejor caligrafía que yo, se encargaba de la parte escrita, y con un lápiz negro de trazo grueso, escribía mis cuentos, o un solo cuento en varias partes, no me acuerdo.
Completábamos el periódico con sopas de letras, crucigramas, laberintos, que hacíamos nosotras, además de otras notas, como las conocidas “¿Sabías qué?” que buscábamos en una enciclopedia de preguntas de Carla. También hicimos un concurso “Dibujá a Mazinger Z”, y tuvimos dos o tres participantes, unos hermanitos que iban a grados inferiores, fieles lectores de El pájaro azul, y uno de ellos se llevó el premio, golosinas tal vez, más algún juguete de Mazinger Z.
Y casi lo había olvidado. Hace poco recordé el nombre del periódico, del cual no conservo ni un ejemplar. Hice un esfuerzo para hurgar en mi memoria hasta que visualicé las letras grandes del título con un pájaro que coloreábamos en azul, en la versión original, pero que salía en un gris tirando a negro en la fotocopia. Y como en un film, vi el trazo grueso de un lápiz negro, escribiendo despacio sobre una hoja en blanco, porosa, con letras redondas, aquel cuento que inventé alguna noche en el cuarto de Carla cuando teníamos que dormir, pero no podíamos porque estábamos despiertas, soñando.

Seguimos de festejo

Este blog dio sus primeros pasos como Historias de Encuentros y con el tiempo fue mutando a  lo que ustedes conocen como Las historias de Julia, y el en día de la fecha este conglomerado de letras cumple 2 años. 

¡Gracias a todos por el aguante! Y vamos por más (?).