[*] No es que busque permanentemente excusas para brindar, ¿eh? No, no. Pero hasta el himno lo dice.
¡Salud! [*]
Relatado por
Julia
el 25 de mayo de 2010
[*] No es que busque permanentemente excusas para brindar, ¿eh? No, no. Pero hasta el himno lo dice.
Una llamada inesperada [Reloaded]
Relatado por
Julia
el 17 de mayo de 2010
Por motivos laborales estuve una estadía considerable en Buenos Aires. Fue entonces que conocí a Martín. Compañero ocasional de trabajo y compañero ocasional de mi habitación de hotel.
Martín y yo nos divertíamos, fuera y dentro de la cama. El sexo era muy bueno. Pero yo no quería nada más. Y Martín tampoco.
Cuando volví a mi ciudad, de vez en cuando, nos comunicábamos por mensajes al celular o por el chat.
Cierta noche, pasando la medianoche, me encontraba tirada en la cama, aburrida de hacer zapping, cuando suena el teléfono de mi departamento. Un teléfono obsoleto, barato, de timbre chillón, esos que se fijan a la pared, digno de llamarse teléfono "fijo". Érase un teléfono a la pared pegado. Por la hora pensé que quien llamaba era mi vieja, para anunciarme alguna catástrofe o para consultarme si quería comer arroz con pollo el domingo. Las urgencias de mi madre son únicas. Agitada llegué hasta el teléfono después de una carrera de obstáculos por el comedor.
- ¿Hola? pregunté casi sin aliento.
- ¿Julia? Soy Martín. ¿Te desperté?
La historia con Martín era muy reciente y él me encantaba. Me emocionó su llamada, y empezamos a conversar de cosas insignificantes, como el trabajo por ejemplo. Y de pronto me dijo algo, no se qué exactamente, pero no fue la palabra lo que me movilizó, si fue la forma y el tono que usó. Tuvo la habilidad de excitarme, hablando, solamente hablando. Inevitablemente, me calenté. Y le seguí el juego, hasta que él también entró en calor. Las palabras comenzaron a ser imperativas, ordenadoras, prescriptivas, y nuestras manos, en nuestros respectivos cuerpos, siguieron minuciosa y meticulosamente las órdenes recibidas. De la silla pasé al suelo frío y duro. Enredada con el cable del teléfono y la ropa que pretendía despojarse del cuerpo seguí adelante. Fue así que se desarrolló mi primera masturbación asistida. A pesar de la incomodidad del suelo y de que el cable no me daba demasiada libertad, no tuve impedimentos para llegar a mi primer orgasmo de sexo telefónico. Martín también tuvo el suyo. Y al terminar ambos, del mismo modo, terminó la "conversación".
Al día siguiente, a la salida del trabajo, me fui de compras. Allá iba yo, orgullosa, caminando hacia mi casa, sujetando una bolsa que acusaba una compra recién hecha en su contenido. Entré al departamento, y como niño con juguete nuevo, impaciente saqué la caja que estaba en el interior de la bolsa, la abrí ansiosamente, y contemplé con cara de alegría la nueva adquisición: Allí estaba, reluciente, impecable, ¡mi nuevo teléfono inalámbrico!
Martín y yo nos divertíamos, fuera y dentro de la cama. El sexo era muy bueno. Pero yo no quería nada más. Y Martín tampoco.
Cuando volví a mi ciudad, de vez en cuando, nos comunicábamos por mensajes al celular o por el chat.
Cierta noche, pasando la medianoche, me encontraba tirada en la cama, aburrida de hacer zapping, cuando suena el teléfono de mi departamento. Un teléfono obsoleto, barato, de timbre chillón, esos que se fijan a la pared, digno de llamarse teléfono "fijo". Érase un teléfono a la pared pegado. Por la hora pensé que quien llamaba era mi vieja, para anunciarme alguna catástrofe o para consultarme si quería comer arroz con pollo el domingo. Las urgencias de mi madre son únicas. Agitada llegué hasta el teléfono después de una carrera de obstáculos por el comedor.
- ¿Hola? pregunté casi sin aliento.
- ¿Julia? Soy Martín. ¿Te desperté?
La historia con Martín era muy reciente y él me encantaba. Me emocionó su llamada, y empezamos a conversar de cosas insignificantes, como el trabajo por ejemplo. Y de pronto me dijo algo, no se qué exactamente, pero no fue la palabra lo que me movilizó, si fue la forma y el tono que usó. Tuvo la habilidad de excitarme, hablando, solamente hablando. Inevitablemente, me calenté. Y le seguí el juego, hasta que él también entró en calor. Las palabras comenzaron a ser imperativas, ordenadoras, prescriptivas, y nuestras manos, en nuestros respectivos cuerpos, siguieron minuciosa y meticulosamente las órdenes recibidas. De la silla pasé al suelo frío y duro. Enredada con el cable del teléfono y la ropa que pretendía despojarse del cuerpo seguí adelante. Fue así que se desarrolló mi primera masturbación asistida. A pesar de la incomodidad del suelo y de que el cable no me daba demasiada libertad, no tuve impedimentos para llegar a mi primer orgasmo de sexo telefónico. Martín también tuvo el suyo. Y al terminar ambos, del mismo modo, terminó la "conversación".
Al día siguiente, a la salida del trabajo, me fui de compras. Allá iba yo, orgullosa, caminando hacia mi casa, sujetando una bolsa que acusaba una compra recién hecha en su contenido. Entré al departamento, y como niño con juguete nuevo, impaciente saqué la caja que estaba en el interior de la bolsa, la abrí ansiosamente, y contemplé con cara de alegría la nueva adquisición: Allí estaba, reluciente, impecable, ¡mi nuevo teléfono inalámbrico!




