Contraindicaciones o contradicciones

El género masculino no deja de sorprenderme. La mayoría de los hombres, estadísticamente comprobado entre los que me rodean, cuando están al volante se niegan rotudamente a preguntar cómo llegar, aun cuando es evidente que están totalmente perdidos. Incluso existe la negación previa de reconocer que están perdidos, reforzando su tozudez de no averiguar por dónde ir. Sin embargo y en contra de su propia naturaleza, se  les ocurre que es genial tener un gps y se compran el navegador satelital, mientras más caro mejor, para que un aparato con voz de mina les indique paso a paso el camino y les diga lo que tienen que hacer, cosa que jamás toleran de quien oficia de copiloto, sobre todo si se trata de su mujer.  No conformes con esto, luego desobedecen sus instrucciones y el artefacto enloquece, repitiendo "recalculando". Pasada la novedad lo dejan de usar porque les rompe la pelotas que una mina, aunque sea virtual, les diga que doblen a la derecha en al próxima esquina. ¿No viene alguno que tenga grabado un contundente "ma' si, para qué preguntás si vas a ir por dónde se te cante, piscuí"?

Se me lengua la traba


Algunos giros lingüísticos de mi familia materna se trasmiten por generaciones. Tal vez un gen, confundidor el muy maldito, hizo que mi abuela mezclara refranes, mi madre confundiera apellidos y nombres, convirtiéndolos en mixturas impronunciables y que mi primita cometa verdaderos estragos idiomáticos, desarrollando asociaciones disléxicas en su cabeza virtiéndolas sin escrúpulos en la comunicación.
Fue así como una discusión familiar culminó inesperadamente, cuando mi abuela, defendiendo sus intereses o convicciones, haciendo hincapié en un rotundo "yo puedo", quiso rematar sus argumentos con un refrán y dejó a todos atónitos en el momento previo a la explosión de carcajadas. Parada con una mano en alto gritó:
- ¡Porque yo sola me lamo un buey!
"El buey solo bien se lame", reza el dicho y esta confusión refranera ni a Chespirito se le hubiera ocurrido.
Caso adorable es el de mi prima, porque despierta una suerte de ternura. Nunca se sabe con certeza si lo de ella es despiste o inocencia.
- Pasame el bicarbonato - pedía desesperada a su hermano, mientras atendía por teléfono un pedido, lapicera en mano.
- Dale, pasame el bicarbonato.
- ¿Bicarbonato? - preguntó desorientado mi primo.
- Si, dale, que tengo que hacer una factura.
- El carbónico, nena, el papel carbónico.
Muy similar pero más preocupante, fue la vez que preguntó, esta vez a su hermana:
- ¿Como se llama el lesbiano de la otra cuadra?
- ¿Lesbiano? No se dice así, decile gay en todo caso, pero lesbiano...
- No, no, el lesbiano, como el de la película que vimos.
- ¿Cómo lesbiano? Decile puto si querés, ¡pero no lesbiano!
- No, no me entendés - dijo convencida de que no era ella la que estaba equivocada - ese que tiene todo el pelo blanco, las cejas blancas, las pestañas blancas.
- ¡Albino!
Desafortunadamente no puedo escapar del maldito gen confundidor. Desde sus primeras apariciones lo combato fervientemente, sin que nadie lo note. Sin embargo hubo dos situaciones que marcaron mi historial para siempre y la memoria colectiva de mis amistades que me acompañan desde entonces, allá por mis joviales e inocentes 14 añitos. Todos los años, al menos una vez, me somenten a la tortura de sus gastadas recordando a viva voz y en público mis torpezas idiomáticas.
La primera fue en un asado de fin de año multidinario con amigos míos y de mi hermano. Precisaba para condimentar una ensalada aquello que veía al medio de la mesa. El barullo se hizo silencio por un instante, justo cuando me inclinaba sobre la mesa para alcanzar lo que quería, y al no llegar pedí en voz alta:
- Pasame la botella de vinagre.
En realidad, eso fue lo que yo creía haber dicho, porque el gen confundidor suprimió de mi verbalización: "botella de" y me hizo decir: "la vinagre". Hasta el día de hoy, es algo imperdonable y motivo de burla.
Un tiempo después, sin haberme sobrepuesto al suceso bochornante, en otra reunión multitudinaria, comenté el parte médico sobre un esguince de mi tobillo, y muy segura trasmití la tranquilidad de la doctora, porque no me había salido un hematoma. Claro está que yo no había escuchado nunca la palabra hematoma, y que no sabía que esa palabrota y moretón eran lo mismo. Y por supuesto que la palabra que usé  fue "hemotema", lo más parecido que me sonó a "hemoderivados".




Error de concepto

Dicen que la familia no se elige, pero no dicen que los compañeros de trabajo tampoco. Quizás para que el cosmos se mantenga en perfecto equilibrio, como no reniego de lo primero, en suerte me acompañan compañeras de trabajo que nunca elegiría.
Son dos, las caras de la luna son dos, y las caras de estas minas también, por fortuna, aunque a veces tienen más caras que una hidra.
Ambas están cerca de los treinta años y se comportan como si tuvieran 15: mientras una está sentanda en su escritorio, trabajando, la otra, cual adolescente que se levanta de su pupitre para hablar con su par, se acerca dando salitos para hacer algún comentario en secreto, tapándose con las manos para que la onda sonora encuentre una barrerra y el chisme penetre en forma contundente en el oído, como quién jugara al teléfono descompuesto en un recreo o quisiera enfurercer a aquellos que se quedaron afuera. En el peor de los casos los brinquitos de una silla a la otra, culminan en un abrazo. Sí, en un abrazo. Una de ellas, pongámosle A se dirige hacia la otra, pongámosle B por una razón que no tiene importancia. Llegada A al respaldar de la silla donde posa sus nalgas B, A, de la nada, decide colgársele de la espalda a B, rodeando con sus brazos los hombros y torso de B, dejando caer todo el generoso peso de A en la espalda de B, incomodidad que se extiende al cabo de unos eternos 3 minutos. Incomodidad para mí, claro.
Con la misma intensidad con la que se ríen a carcajadas por cualquier pavada, se pelean continuamente en un nivel que roza la edad del pavo, pero a ellas les divierte porque se pelean jugando. Y 8 horas de peleítas son agotadoras.
A veces pienso que la YN se acordó de mí y me mandó una discípula, pero caigo en la cuenta que no son  tan malas, no, un poco alcahuetas y chupamedias, bastante ruidosas, son jetonas, chillonas, quejosas, botonas, prejuiciosas, son...  son indefinibles e indefendibles.
A veces trato de ignorarlas, pero ellas se encargan de buscarme.
Y a veces sólo las escucho y me asombro. Me río, sí, pero me asombro de oír cosas como estás:

- Mi hermana es la oveja negra de la familia - le dice A a B en ocasión a un charla sobre sus elecciones académicas.
- ¿Por qué? - preguntó B.
- Porque es bohemia
- ¿Qué hace? - pregunté yo, intrigada al escuchar la palabra bohemia saliendo de la boca de A.
- ¿Cómo qué hace? - no entendió A.
- ¿A que se dedica? - insistí yo.
- Ah, es arquitecta y le gusta el diseño.
- Bueno, pero eso no es ser bohemio - afirmé
- No - dijo B,  dispuesta a dar cátedra con la seguridad de una eminencia en un auditorio repleto de gente  y concluyó - bohemio es el hippie que hace aritos en la plaza.