Sabía que si seguía hurgando iba a encontrar una foto tuya. Pero no me detuve. Quería verte. Y ahí estabas, sonriendo. Inevitablemente mis ojos se humedecieron. Se cruzan algunos recuerdos confusos y se hace más nítido el último. Llegaste una mañana, muy temprano y sin aviso. Tenías un par de horas porque continuabas de viaje. Un trasbordo te retuvo tomando mates conmigo, poniéndonos al día. Te sentías bien, estabas alegre, radiante. Prometiste volver a las dos semanas, en el camino de regreso. Pero no quisiste despertarme la segunda vez. Me llamaste por teléfono desde la terminal para avisarme que seguías viaje. ¡Por qué no me despertaste! protesté. Hubiese ido a la terminal aunque sea para verte unos minutos. Pero no zonza, es muy temprano y hace mucho frío, me dijiste tiernamente.
No nos veíamos con frecuencia. Pero yo se que me quisiste mucho. Y yo te quise tanto.
Y las lágrimas empiezan a caer hasta parecerse al llanto.
Pasó mucho tiempo. No puedo recordar con precisión la fecha. Dos meses después de aquellos mates, o tres quizás, se comunicó mi hermano para preguntarme si estaba al tanto de tu partida. No podía entender cómo no me avisaron, por qué me privaron de tu despedida. Hacía casi un mes que ya no estabas. No podía creerlo. Ya no estás y nunca más podré verte.
Puteé, lloré, y maldije al cancér que no pudiste vencer, cuando todos creíamos que le habías ganado la batalla. No tengo el coraje para pisar tu pueblo otra vez.
Te extraño tanto Maru querida. Aquí va mi despedida.
Réquiem
Y como broche de oro
Artus tuvo la cortesía de concederme el premio "Butterfly Award" y Erica, a las semanas, se sumó a la iniciativa "premiemos a Julia", otorgándome el mismo galardón. ¡Muchísimas gracias!

Como corresponde en este tipo de ceremonia virtual he de condecer tal distinción a los siguientes homenajeados:
Cecil de Usadas de Cerca - Camilo de 2 Centenas - Virginia de Cuidado al cruzar - R. Galatea de Árbol de tilo - Frambuesa de El blog de la Malco - Lucre de Yo no me caí del cielo - La Perra de Laperraseescapo - Mecha de Solo niebla - LaVieEnRose de El diario no-íntimo de Rose - Verónica de Ático sin ascensor
Asimismo, Etienne del blog ahijado Ciudad Visible, ha tenido la deferencia de cederme un meme literario, que consiste en tomar el primer libro que se tenga a mano, abrirlo en la página 161 y copiar la 5º frase completa. Cumplido los pasos mencionados, cito textual:
Teresa sintió que desde lejos se aproximaba el placer y empezó a gritar "no, no, no", se resistía al placer que llegaba y, al resistírsele, el gozo retenido se derretía largamente por su cuerpo, porque no podía escaparse por ninguna parte; se extendía dentro de ella como morfina inyectada en la vena.
Milan Kundera (1984). La insoportable levedad del ser. Tusquets editores. Pag 161.
Como nada es gratis, los galardonados son mis seleccionados para la continuación del meme[*]. Oh, de nada. [Dejen de quejarse, si saben que no están obligados a seguirlo].
Aprovecho para agredecerle a Lucre por enseñarme a hacer la Mafalda que está al pie del blog [solicitándoles amablemente que dejen sus comentarios]. En un principio tuvo la gentileza de hacer una, prácticamente igual, pero sin la aludida súplica [?] y no tuvo reparos cuando le dije que había cambiado de opinión y que la iba a reemplazar por la actual [que hice con mis propias manitas]. Yo, en su lugar, me hubiese matado. Sin embargo, estoicamente dijo: no hay problema [eso si, por chat, así cualquiera]. No obstante creo que sintió satisfacción cuando se enteró que otros bloggers[*] me exprimieron [?] pidiéndome algo similiar. O quizás se alegró al ver que aprendí rápido. No sé, ella sabrá. ¡Gracias Lucre!.
Felicitaciones a los premiados y, como broche de oro, festejamos el post número 150. ¡Salud!
[*] Detesto ambas palabras y que no tengan sinónimos.
Instrucciones para subir una escalera
Del libro Historias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda [también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado], y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. [Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie].
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Te cuento las búsquedas












Considero que mis relatos sobre encuentros sexuales no han sido narrados con palabras vulgares, aunque he tenido que hacer uso de ellas en contadas ocasiones, sobre todo cuando las mismas pertenecían a una frase emitida por algún personaje de la historia. No me estoy justificando. Sólo quiero decir lo siguiente: hago el esfuerzo [si se quiere] de escribir más o menos bien. Sin embargo, después de leer todas las barbaridades que los pajeronautas tipean en los buscadores que, por un designio macabro, los conduce a mi blog, me detengo en éste pensamiento: “que al pedo que cuido mi vocabulario”. Superado el espanto, me consuela saber [o creer], que los lectores, ustedes, aprecian mis escritos, y que no pertecenen a la misma calaña de internautas que andan a la caza de aberraciones semejantes, en los rincones más oscuros de la red. Entonces me alivia pensar que el intento de aprender a narrar escribiendo, vale.
En fin. Ustedes dirán: “que bonita [?] introducción para un post ladri, las famosas búsquedas otra vez, saraza”. Sepan que me llevó mucho tiempo recortar las capturas de pantallas, subrayar las que ameritan, y por si eso fuera poco, se me dio por juntar algunas de ellas y hacer unos relatos ficticios. Aquí tienen.
La despechada:
Cuando alguien dice “el problema no sos vos, soy yo”, sabés que no hay punto de retorno. Y así, el último sapo que besé, se despidió diciendo hablamos. Oh, el amor en los tiempos de Peter Pan. ¡Peter Pan hijo de puta!.
Sin afinidad:
Una pareja conversaba animadamente en una reunión social.
- ¿Y tu amigo? - preguntó ella.
- Seguro que fue a hacerse pajillas en solitario.
- Me jodés.
- No, se la pasa viendo fotos de Luisa Albinoni en tanga y leyendo relatos eróticos sobre folloamigos. Se calienta hasta cuando ve tetonas amamantando bebés. Después anda como un tapir en celos.
- Ahora entiendo por qué su correo es el.solitario_79. Raro que no le puso 69. Ahí viene una amiga. ¡Ey, Julia! vení - El es mi novio. Juan, Julia. Julia tiene un blog.
- ¿Ah si?
- ¿Cómo era el nombre? ¿Historias hot? - pregunta ella.
- ¿Escribís historias de sexo? - preguntó él
- Sin querer queriendo salieron algunos relatos eróticos.
- Contale de tus post. El de los sapos es famoso.
- ¿De sapos?.
- Si, escribo historias de sapos - dijo Julia con cara de pocos amigos.
- ¿Como era el nombre del blog? - insiste ella
- historiasdeunculo.com - le respondió Julia de mala gana.
- ¿Por qué de sapos? - insitíó él.
- Un sapo es nada menos que todo un hombre en que se entretiene Julia.
Julia se puso colorada y mientras rogaba para sus adentros "por el amor de buda que alguien calle a esta estúpida".
- ¿Y cual es la página? - preguntó él
- enanospijudos.com - dijo Julia y se fue, dejando atrás a dos curiosos con la boca abierta.
El adolescer de la adolescencia
Unas pendejas de Lules, todas novias de rugbiers, reunidas alrededor de la revista "Mocosa Total", escuchaban atentas la lectura de una de ellas sobre "La comunicación gestual del enamorado" y "Qué señales mandan las mujeres cuando quieren sexo". Una pregunta:
- ¿Qué hago con un bicho que encontré?
- Que se yo, matalo - responde otra.
- Chicas, ¿me ayudan con una frase linda, conmovedora, graciosa para invitación de cumpleaños?
- ¿Es para tu cumple? ¿Van a haber hombres lindos desconocidos?
- Ay, miren esta consulta de la revista: "me pica el pubis sin tener ladillas"
- ¡Qué asco! ¿Qué dice?
- Todavía tenes muñecos en tu repisa, Anto. Che, ¿por qué Kent no tiene pirulín?
- Porque es un Ken transexual - y todas ríen.
- Esta consulta es mejor: ¿por qué tiembla el hombre al eyacular?
- ¡Leé! ¿qué dice?.
- Che, ayuden con la invitación. Digan palabras sueltas con p.
- Pelotuda, callate.
- Anto, ¿me mostras tu foto secreta?
- No tarada, porque es secreta.
- Chicas hay que hacer el trabajo del pintor tulu lutre para mañana.
- Toulouse Loutrec, bestia.
- Bueno ese, tulu lutre, como era su vida.
- No sea botona. Miren esto: Depilación a la cera weet. Fiasco con depilación.
- ¿Qué es eso? leé.
- Yo tengo que hacer la tarea de biología. ¿Alguna sabe qué es lo que comen los batracios?.
- ¿Y eso?
- Ay piscuí, significa sapo.
- Ah, que se yo, nena. Después lo googleás. Y no hablés como tu vieja.
- Miren esta noticia: Exhibicionista mostraba su pene erecto. Fue atrapado.
- A ver. ¿Hay foto?.
- ¡Ay no, te querés morir!, miren - dijo una que entró con otra revista - ¡Morochos! ¡Rugbier desnudos! Y todas gritaron al unísono, desaforadas, por ver el anexo de fotos de la nueva edición de "Chapandis".
Confesiones enredadas II
Julia
¿El Vasco ya se mudó?
Leandro
Si, no sabes qué cebado, la casa es enorme.
Julia
Me imagino. ¿Y qué hizo con las plantitas de cannabis que tenía en el patio? ¿Las pasó a maceta y las mudó también?
Leandro
No, esas sirvieron para una sola cosecha.
Julia
Ah, no sabía. Todavía tengo un frasquito lleno de esa cosecha, pero soy un queso para armarlos.
Leandro
Si, yo también.
Julia
¿También tenés o sos un queso?
Leandro
Las dos cosas jajaja.
Julia
Habrá que invertir en una maquinola.
Leandro
El vasco me pasó una que tenía en desuso pero todavía no probé.
Julia
Jajajaja. ¿En desuso? ¡Cómo puede tener una en desuso!
Leandro
Jajajaja siii, el muy cebado se compró una nueva, cara por supuesto, que mientras le pica la maconia y le arma el faso, le hace un pete jajaja.
Julia
Jajajajaja que hdp… hasta para drogarse es aburguesado.
Leandro
Si, exagerado para todo, ya lo conocés.
Julia
¿De qué me hablás? Ah, si… del vasco.
Leandro
Perdón, es que me ausenté un rato.
Julia
Si ya veo.
Leandro
Estaba teniendo sexo.
Julia
Jajajaja que hijo de puta.
Leandro
[muchos emoticones de festejo]
Julia
Dejá de enrostrarme tus garches… mirá que posteo la charla, así como viene.
Leandro
Dale, al fin vas a hablar de mí en el blog.
Julia
¿Ah si? Jajaja. Ok, vos lo pediste. Y ya voy a contar sobre vos. A no quejarse después.
Breve historia de la cerveza
Del libro Espejos de Eduardo Galeano.
Uno de los proverbios más antiguos, escrito en lengua de los sumerios, exime al trago de toda culpa en caso de accidentes:
Lo que está mal es el camino.
Y según cuenta el más antiguo de los libros, Enkidu, el amigo del rey Gilgamesh, fue bestia salvaje hasta que descubrió la cerveza y el pan.
La cerveza viajó a Egipto desde la tierra que ahora llamamos Irak. Como daba nuevos ojos a la cara, los egipcios creyeron que era un regalo de su dios Osiris. Y como la cerveza de cebada era hermana melliza del pan, la llamaron pan líquido.
En los Andes americanos, es la ofrenda más antigua: desde siempre la tierra pide que le derramen chorritos de chicha, cerveza de maíz, para alegrar sus días.
Las persianas
Un cuento de Mario Benedetti del libro Con y sin nostalgia.
Marcelo llegó como todas las noches a su apartamento de solo. Lentamente se fue despojando: sobre la mesita dejó el llavero, el bolígrafo, los lentes, las billetera, la cajita de preservativos (siempre llevaba una, por las dudas, aunque por lo general acababa rota o arrugada, de tanto vegetar por el bolsillo delantero del pantalón), el portafolios, el peine, el reloj con almanaque, el escarbadientes de plástico, las pastillas de pepsina y pancreatina, el pañuelo, la cédula de identidad con su cara de pocos amigos.
Había en el ambiente un tufo bien espeso, así que puso en marcha el acondicionador de aire, no en el punto más violento (siempre que lo ponía, acababa resfriándose) sino en el más suave y silencioso. Se quitó el saco y la corbata, se arremangó la camisa. Abrió la ventana. Desde el exterior venía un vaho caliente. Miró hace el otro bloque del edificio. Casi todas las ventanas y persianas estaban cerradas. Le costó bastante cerrar las persianas. "Voy a tener que cambiarle la falleba".
Sumando los dos bloques, el edificio tenía 64 apartamentos. En realidad, él tenía poca o ninguna relación con los otros habitantes. A veces cuando asistía a la asamblea de propietarios, conversaba cinco minutos con uno u otro, los suficientes para ofrecer o aceptar un cigarrillo o lamentarse juntos por el calamitoso estado de las cañerías.
Sabía, eso sí (se enteró por azar), que en un apartamento del otro bloque, precisamente el que quedaba frente al suyo, vivía una mujer sola, ya madura pero todavía muy presentable. En las asambleas la llamaban "señora Galván". Nunca se encontraban en el ascensor, ya que cada bloque tenía ascensor propio, pero en alguna rara ocasión habían coincidido en el ritual de abrir o cerrar ventanas y persianas, y se habían saludado con un discreto movimiento de cabezas: semicalva la de él, pelirroja la de ella.
Marcelo encendió el televisor y empezó a recorrer los canales. En el primero, una parejita rubia y casi etérea corría gracilmente en la mitad primaveral de un bosque, para concluir, al cabo de treinta segundos de rigor, en la oferta de un shampoo sin lugar a dudas maravilloso. (La noche anterior había visto, en un comercial de botas y botitas, la mitad invernal del mismo bosque). Otro canal: la pantera rosa. Cambio urgente. Ahora un señor gordito, con voz de falsete, entrevista compulsivamente a un espigado industrial que maneja como un prócer los monosílabos. Es obvio que el gordito se siente frustrado ante el laconismo que no figuraba en sus planes. En su desesperación, formula preguntas cada vez más largas y complejas, pero el industrial sigue respondiendo con monosílabos que, aunque suene a disparate, son cada vez más breves. Un alevoso primer plano muestra la frente del gordito (¿cómo dicen los cronistas de boxeo?), ah sí, "perlada de sudor". Marcelo quisiera sentir piedad pero no puede, y acude esperanzado al próximo canal. Teleteatro, por fin. Elige conscientemente la propuesta. Nunca pudo evitar que lo fascinaran estos forcejeos sentimentales, a cual más gelatinoso. Ya ha aprendido el secreto. De marzo a octubre todos los amores son no correspondidos, pero a principios de noviembre ya la mayoría de ellos empiezan a corresponderse. Y es lógico, porque la telenovela debe concluir antes de Navidad, con un desenlace edificante. Marcelo hace una prueba que otras noches ha resultado entretenida. Baja el sonido del televisor y comienza a imaginar los diálogos. El actor está un poco tieso, recostado en la pared de utilería (quizá la aparente tiesura sólo sea miedo a un posible derrumbe), y la expresión de la actriz, que está a un metro y medio de distancia, es de gran exaltación. Las palabras que, en su pasatiempo, coloca Marcelo en los labios del actor, son de persuasiva conquista. Las que pone en boca de la actriz son de angustioso y progresivo acatamiento. Qué pasión, carajo. La muchacha se acerca prometedora al hombre que, canchero, no mueve ni un meñique, tan sólo mira. Ya está, piensa Marcelo, ahora se abrazan. Pero no. La bofetada fue tan tremenda que, aún sin sonido, a Marcelo le pareció sentirla. "Una cosa por lo menos está clara: yo jamás serviría para libretista de televisión".
Como tratamiento homeopático de alienación, ya es suficiente. Así que apaga el televisor. Sin la combustión de santa ira que propagaba la pantallita, el ambiente aparece ahora más fresco. Marcelo se desviste, se ducha en silencio (años atrás habría cantado El último organito, ideal para acompañar el enjuague). Vuelve así, desnudo, al ambiente único, secándose aún con la toalla a cuadros.
Se enfrenta en el espejo del placard y, como siempre, la imagen de su propia panza lo desalienta. Ya no sabe qué dejar de comer y de beber: suspendió el pan, las bebidas gasificadas, ¡los ravioles", la sal, los postres. Todo en vano. La cintura apenas disminuyó tres centímetros en cinco meses. Cinco meses que fueron, en cuanto a alimentación, los más aburridos de sus treinta y nueve años. En ese preciso instante decide que el sacrificio no vale la pena, y para mañana se promete un almuerzo con pastas, vino tinto y copa melba. Reconoce que la decisión es cobarde pero también estimulante.
Nuevamente se mira al espejo, y le parece notar cierto bultito en la ingle. Se acerca más al espejo pero no alcanza a distinguir de qué se trata, ya que esa zona está cubierta de vello. Entonces se coloca los anteojos y vuelve a examinarse: eh, es algo así como un forúnculo todavía inmaduro. Se tranquiliza.
De frente a la ventana cerrada hace ejercicios respiratorios durante cinco minutos. Luego lo suspende porque no quiere sudar. Hace ademán de ponerse el pijama, pero desiste. Con este calor será mejor dormir desnudo. Enciende la radio portátil y suena el viejo y querido bandoneón de Troilo. Como burlándose de sí mismo, baila unos pasos de tango (¡qué desastre!), así como está solo, y desnudo, con cortes y todo.
Pero el bandoneón deja paso para el informativo gigante ("¿cómo será un informativo enano?") y por ahora las noticias no son bailables. Puede ser que lo sean cuando muera Franco, pero ¿morirá?. Entonces se acuesta, lee un rato, pero este Séptimo Círculo no es muy entretenido. Apronta el despertador, apaga la portátil, y trata de dormir. Entonces llega el consabido calambre del pie izquierdo. Los dedos se le encogen, como si quisieran pellizcar la sábana. Putea un poco, con la escasa convicción de quien no tiene destinatario a la vista. No hay otro remedio que encender la luz, levantarse, saltar en un solo pie, absolutamente ridículo, masajearse durante un largo rato la zona acalambrada hasta que los cinco ganchos vuelven a ser dedos.
Otra vez se acuesta, y ahora sí se duerme enseguida, como escurriéndole el bulto al próximo calambre. La pesadilla no es demasiado terrible: él camina por un puente que no está sobre un río sino sobre la tierra, y abajo, junto a un arbusto rojizo, está Mabel, su antigua novia de provincia; él quiere gritarle, llamarla, pero aunque mueve los labios no le sale la voz; ella mira obstinadamente a otra parte, como buscando o esperando a alguien que, por supuesto, no es él.
No lo sacude el despertador, en realidad lo despierta la luz del nuevo día. En un primer instante cree estar despertando de una larga siesta, pero enseguida advierte su error y se sobresalta cuando comprende cuál es la causa de tanta luz: las persianas estaban abiertas, o mejor dicho se abrieron después que él las cerró ("esa falleba de mierda"). Vale decir (y aquí el respingo es mayor) que todas las boludeces de la víspera, o sea la búsqueda del forúnculo, los pasos de tango, los ejercicios respiratorios, los saltitos cuando el calambre, todo eso pudo ser visto por la vecina de enfrente. Ya se imaginaba a la señora Galván telefoneando al mediodía a sus buenas amigas: "¿Vos podrás creer que anoche había un tipo en pelota en el apartamento de enfrente? ¡No te imaginás todo lo que hizo! Bailó, saltó, y se revolvía los pelos ahí adelante... ¿entendés?. Y la amiga le diría: "¿No será un exhibicionista?" Y la señora Galván dirá que no, que ella lo conoce (sólo de vista, claro) y es un tipo serio, ya grande. Y la amiga le dirá que ésos son los peores. Ajá. Pero ¿y si la señora Galván dice que no lo había pensado pero que efectivamente puede ser un exhibicionista, con qué cara va a mirarla de ahora en adelante? Porque una cosa es desnudarse, y desnudar a una linda hembrita, así bárbaro, pero que semejante pelotudo brinde un estúpido show con las persianas abiertas, eso le parece sencillamente una porquería.
Se viste rápidamente, se lava la cara y los dientes. En verano siempre prefiere bañarse de noche. Además quiere salir lo más temprano posible, a fin de no encontrarse en el hall del edificio con la señora Galván. Antes de salir, casi cierra las persianas. ¿Para qué? Tarde piaste.
Baja en el ascensor número dos, pero al abrir la puerta en planta baja, ve a la señora Galván. Evidentemente, el encuentro para ella es un shock. Marcelo, por su parte, no la puede mirar de frente. Pide permiso y se queda unos minutos en la puerta de la calle, esperando a nadie. La mujer permanece un momento junto a la puerta del ascensor. Lo mira, pero cuando parece advertir que Marcelo también la mira o va a mirarla, entonces aparta la vista. Por fin Marcelo percibe que ella va a acercarse. Está a punto de huir despavorido, pero prefiere aclarar la situación. Hay que cortar por lo sano.
La señora Galván se para junto a él: "Señor, quiero decirle que comprendo perfectamente que usted esté asombrado, estupefacto, y hasta que no me mire, y apenas me salude". "¿Yo?", balbuceaba Marcelo. "Sí, usted. Pero no quiero que piense mal de mí. Soy una distraida, eso lo admito, pero nada más, ¿sabe? Yo tenía la secreta esperanza de que usted no se hubiera dado cuenta. Pero su actitud es demasiado elocuente, señor. Y aunque usted tiene todo el derecho de pensar que soy una fresca o una mentirosa, le aseguro que anoche yo creía que había cerrado mis persianas."



