Y para no caer en la desmemoria, los invito a pasar por acá.
En el Día Internacional del Trabajador
Y para no caer en la desmemoria, los invito a pasar por acá.
Para mim'arte'
Sin embargo mi vieja insiste en afirmar que yo dibujaba muy bien desde temprana edad, y fue por tal motivo que cuando tenía 4 años, como ella no quería que ingresase a la escuela con los 6 años ya cumplidos, porque mi cumpleaños cae en julio, convenció a la maestra de Jardín de infantes de que tenía que hacerme algún test para comprobar que yo estaba madura para ingresar antes a su salita. La prueba irrefutable para mi madre era que dibujaba como si tuviera más edad.
Una tarde calurosa de diciembre mi vieja me llevó a la salita, cuando en mi mente estaban los planes de ir a la pileta. La maestra me dio crayones. Rebelde como pocas, dibujé un cuadrado celeste. ¿Habrá sido una indirecta? Dibujé muchos cuadrados celestes. Armé cuadrados con maderitas. La tarde de pileta estaba perdida y no hice más que piletas en la salita con todo lo que me dieron a mano. Mi vieja quería que la tragase la tierra. Lógicamente no entré y comencé mi ciclo lectivo como la ley mandaba.
La obra de mi vieja me encanta. Hay cuadros de ellas en todas las casas de nuestros parientes y de muchos amigos.
Aquí les dejo uno de ellos . Es un grabado con técnicas mixtas sobre metal, inspirado en el poema de Federico García Lorca “Romance de la luna, luna”, que representa un niño llevando de la mano a la luna en la parte superior de la obra y en la parte inferior puede verse un pajarraco, como dice la autora. Elegí este porque viene acompañado de un poema que a mi vieja le gusta y este post es para ella.
Romance de la luna, luna
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.
La racha
Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.
La racha es un período breve, de fortuna o de desgracia, según la definción del diccionario. Pero como en éste cuento corto de Galeano, estuve los últimos meses con la compañía de la mala, de pérdida en pérdida y un poco perdida. No perdí las llaves, por ejemplo, pero si, por primera vez, mi documento, el de toda la vida, porque cuando cumplí los 16 me hicieron la renovación ahí mismo, ya que no habían llegado los D.N.I. nuevos al registro y la espera era infinita. Y como estaba intacto, usaron el mismo [éramos tan pobres]. El mismo que le dieron a mi viejo cuando me anotó, cuando nací. Tenía su firma. Tenía mi foto de 8 años también. Y lo perdí. No se dónde, ni cómo, sólo se que cuando lo necesité, y lo busqué en el mismo lugar donde lo guardo hace años, no estaba. Y estas pérdidas descuidadas no suelen pasarme. Fue un síntoma de que la mala racha se había instalado.
Simultáneamente a la merma de trabajo, hasta el desempleo efectivo, se juntaron unos materias desaprobadas, motivo más para desmotivarme, valga la ironía. Y cómo dice más arriba Galeano, el bajón demoraba en irse. Y de tropiezo en tropiezo seguí, acomodándome como pude a la nueva situación. Mis planes de exámenes finales y descuento de materias, se habían desbarajado y otra vez, vuelta a empezar, tratando de no darme con el pesado caño de la culpa en la nuca, y de vivenciarlo como un aprendizaje más.
Además de cuestiones palpables, y de que la reinserción al mercado laboral, intentando esquivar los call center de telefonía, no auguraba propuestas alentadoras, la mala racha también se había apoderado de sentimientos tristes, de pérdidas personales, metiendo su dedo macabro en la llaga, hurgando, desestabilizando, desanimando, pretendiendo ocultarme la salida.
Pero pareciera que, de un tiempo a esta parte, la mala racha está retrocediendo, tan lejos que casi no la percibo. ¿Se habrá ido definitivamente o aguarda sigilosa el último zarpazo?
Y a días en donde todos hacen su cierre de año, el mío recién se está activando. Con un trabajo recién estrenado, administrativo, lejos de reclamos de clientes enfurecidos, muy de oficina con aire acondicionado, con unos finales cerca, a punto de ser una firma más en mi libreta y otro asiento en mi analítico, con muchas horas ocupadas y organizadas, que me sacan del letargo, de la abulia oscurantista, del desgano, asoma la buena racha, que va ganado terreno, empujando a la otra, a la nefasta, desafiándola a que desaparezca, porque esta vez, ni ella ni yo, le vamos a dar tregua a la muy turra.
Maravillosas ocupaciones
Grave problema argentino: Querido amigo, estimado, o el nombre a secas
Del libro "La vuelta al día en ochenta mundos" de Julio Cortázar
Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter [problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos] el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables. Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: "Señor Oscar Frumento, Garabato 1787, Buenos Aires." Deja un buen espacio [las cartas ventiladas son las más elegantes] y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento; él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: "Querido Frumento." No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa tetánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: "Estimado Frumento." Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración [es de lo que más se habla en las dedicatorias], ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época [yo era joven y usaba rancho de paja] en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin identificarlo [Frumento] y luego calificarlo [querido/estimado]? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: "Un canalla como usted, etc.", o "Le doy 3 días para abonar el alquiler", cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.
Variantes como "apreciado" y "distinguido" quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno lo llama "maestro" a Frumento, es capaz de creer que le está tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Che, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, que nos enseñen a escribir con naturalidad: "Pibe Frumento, gracias por tu último libro", o con afecto: "Ñato, qué novela te mandaste", o con distancia pero sinceramente: "Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura", entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.
Olimpíadas
Del libro Espejos de Eduardo Galeano.
A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes.
Competían en la ciudad de Olimpia, y mientras las olimpíadas ocurrían, los griegos olvidaban sus guerras por un rato.
Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban, galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos.
Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corono de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y admiración de los vecinos.
El primer campeón, un tal Korebus, se ganaba la vida trabajando de cocinero, y a eso siguió dedicándose. En la olimpíada inaugural, él corrió más que todos sus rivales y más que los temibles vientos del norte.
Las olimpíadas eran ceremonias de identidad compartida. Haciendo deporte, esos cuerpos decían, sin palabras: Nos odiamos, nos peleamos, pero todos somos griegos. Y así fue durante mil años, hasta que el cristianismo triunfante prohibió estas paganas desnudeces que ofendían al Señor.
En las olimpíadas griegas nunca participaron las mujeres, los esclavos ni los extranjeros.
En la democracia griega, tampoco.
Pónganse cómodos y pasen a ver el nuevo post en La covacha
Fundación de la taberna
Del libro Espejos de Eduardo Galeano.
Cuando Irak era Babilonia, manos femeninas se ocupaban de la mesa:
Que la cerveza nunca falte,
la casa sea rica en sopas
y el pan abunde.
En los palacios y en los templos, el chef era hombre. Pero en la casa, no. La mujer hacía las diversas cervezas, dulce, fina, blanca, rubia, negra, añeja, y también las sopas y los panes. Y lo que sobraba, se ofrecía a los vecinos.
Con el paso del tiempo, algunas casas tuvieron mostrador y los invitados se hicieron clientes. Y nació la taberna. Y fue lugar de encuentro y espacio de libertad este reino chiquito, esta extensión de la casa, donde la mujer mandaba.
En las tabernas se incubaban conspiraciones y se anudaban amores prohibidos.
Hace más de tres mil setecientos años, en tiempos del rey Hamurabi, los dioses trasmitieron doscientas ochenta y dos leyes al mundo.
Una de las leyes mandaba quemar vivas a las sacerdotisas que participaran en las conjuras de las tabernas.
Tetas
Del libro Espejos de Eduardo Galeano.
Para eludir el castigo, algunos homosexuales se disfrazaban de mujeres y se hacían pasar por prostitutas.
A fines del siglo quince, Venecia dictó una ley que obligaba a las profesionales a exhibir sus tetas. Los pechos desnudos debían ser mostrados en las ventanas donde ellas se ofrecían a los clientes de paso. Trabajaban en un puente, cercano al Rialto, que todavía se llama Ponte delle Tette.
Y como broche de oro
Artus tuvo la cortesía de concederme el premio "Butterfly Award" y Erica, a las semanas, se sumó a la iniciativa "premiemos a Julia", otorgándome el mismo galardón. ¡Muchísimas gracias!

Como corresponde en este tipo de ceremonia virtual he de condecer tal distinción a los siguientes homenajeados:
Cecil de Usadas de Cerca - Camilo de 2 Centenas - Virginia de Cuidado al cruzar - R. Galatea de Árbol de tilo - Frambuesa de El blog de la Malco - Lucre de Yo no me caí del cielo - La Perra de Laperraseescapo - Mecha de Solo niebla - LaVieEnRose de El diario no-íntimo de Rose - Verónica de Ático sin ascensor
Asimismo, Etienne del blog ahijado Ciudad Visible, ha tenido la deferencia de cederme un meme literario, que consiste en tomar el primer libro que se tenga a mano, abrirlo en la página 161 y copiar la 5º frase completa. Cumplido los pasos mencionados, cito textual:
Teresa sintió que desde lejos se aproximaba el placer y empezó a gritar "no, no, no", se resistía al placer que llegaba y, al resistírsele, el gozo retenido se derretía largamente por su cuerpo, porque no podía escaparse por ninguna parte; se extendía dentro de ella como morfina inyectada en la vena.
Milan Kundera (1984). La insoportable levedad del ser. Tusquets editores. Pag 161.
Como nada es gratis, los galardonados son mis seleccionados para la continuación del meme[*]. Oh, de nada. [Dejen de quejarse, si saben que no están obligados a seguirlo].
Aprovecho para agredecerle a Lucre por enseñarme a hacer la Mafalda que está al pie del blog [solicitándoles amablemente que dejen sus comentarios]. En un principio tuvo la gentileza de hacer una, prácticamente igual, pero sin la aludida súplica [?] y no tuvo reparos cuando le dije que había cambiado de opinión y que la iba a reemplazar por la actual [que hice con mis propias manitas]. Yo, en su lugar, me hubiese matado. Sin embargo, estoicamente dijo: no hay problema [eso si, por chat, así cualquiera]. No obstante creo que sintió satisfacción cuando se enteró que otros bloggers[*] me exprimieron [?] pidiéndome algo similiar. O quizás se alegró al ver que aprendí rápido. No sé, ella sabrá. ¡Gracias Lucre!.
Felicitaciones a los premiados y, como broche de oro, festejamos el post número 150. ¡Salud!
[*] Detesto ambas palabras y que no tengan sinónimos.
Instrucciones para subir una escalera
Del libro Historias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda [también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado], y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. [Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie].
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Breve historia de la cerveza
Del libro Espejos de Eduardo Galeano.
Uno de los proverbios más antiguos, escrito en lengua de los sumerios, exime al trago de toda culpa en caso de accidentes:
Lo que está mal es el camino.
Y según cuenta el más antiguo de los libros, Enkidu, el amigo del rey Gilgamesh, fue bestia salvaje hasta que descubrió la cerveza y el pan.
La cerveza viajó a Egipto desde la tierra que ahora llamamos Irak. Como daba nuevos ojos a la cara, los egipcios creyeron que era un regalo de su dios Osiris. Y como la cerveza de cebada era hermana melliza del pan, la llamaron pan líquido.
En los Andes americanos, es la ofrenda más antigua: desde siempre la tierra pide que le derramen chorritos de chicha, cerveza de maíz, para alegrar sus días.
Las persianas
Un cuento de Mario Benedetti del libro Con y sin nostalgia.
Marcelo llegó como todas las noches a su apartamento de solo. Lentamente se fue despojando: sobre la mesita dejó el llavero, el bolígrafo, los lentes, las billetera, la cajita de preservativos (siempre llevaba una, por las dudas, aunque por lo general acababa rota o arrugada, de tanto vegetar por el bolsillo delantero del pantalón), el portafolios, el peine, el reloj con almanaque, el escarbadientes de plástico, las pastillas de pepsina y pancreatina, el pañuelo, la cédula de identidad con su cara de pocos amigos.
Había en el ambiente un tufo bien espeso, así que puso en marcha el acondicionador de aire, no en el punto más violento (siempre que lo ponía, acababa resfriándose) sino en el más suave y silencioso. Se quitó el saco y la corbata, se arremangó la camisa. Abrió la ventana. Desde el exterior venía un vaho caliente. Miró hace el otro bloque del edificio. Casi todas las ventanas y persianas estaban cerradas. Le costó bastante cerrar las persianas. "Voy a tener que cambiarle la falleba".
Sumando los dos bloques, el edificio tenía 64 apartamentos. En realidad, él tenía poca o ninguna relación con los otros habitantes. A veces cuando asistía a la asamblea de propietarios, conversaba cinco minutos con uno u otro, los suficientes para ofrecer o aceptar un cigarrillo o lamentarse juntos por el calamitoso estado de las cañerías.
Sabía, eso sí (se enteró por azar), que en un apartamento del otro bloque, precisamente el que quedaba frente al suyo, vivía una mujer sola, ya madura pero todavía muy presentable. En las asambleas la llamaban "señora Galván". Nunca se encontraban en el ascensor, ya que cada bloque tenía ascensor propio, pero en alguna rara ocasión habían coincidido en el ritual de abrir o cerrar ventanas y persianas, y se habían saludado con un discreto movimiento de cabezas: semicalva la de él, pelirroja la de ella.
Marcelo encendió el televisor y empezó a recorrer los canales. En el primero, una parejita rubia y casi etérea corría gracilmente en la mitad primaveral de un bosque, para concluir, al cabo de treinta segundos de rigor, en la oferta de un shampoo sin lugar a dudas maravilloso. (La noche anterior había visto, en un comercial de botas y botitas, la mitad invernal del mismo bosque). Otro canal: la pantera rosa. Cambio urgente. Ahora un señor gordito, con voz de falsete, entrevista compulsivamente a un espigado industrial que maneja como un prócer los monosílabos. Es obvio que el gordito se siente frustrado ante el laconismo que no figuraba en sus planes. En su desesperación, formula preguntas cada vez más largas y complejas, pero el industrial sigue respondiendo con monosílabos que, aunque suene a disparate, son cada vez más breves. Un alevoso primer plano muestra la frente del gordito (¿cómo dicen los cronistas de boxeo?), ah sí, "perlada de sudor". Marcelo quisiera sentir piedad pero no puede, y acude esperanzado al próximo canal. Teleteatro, por fin. Elige conscientemente la propuesta. Nunca pudo evitar que lo fascinaran estos forcejeos sentimentales, a cual más gelatinoso. Ya ha aprendido el secreto. De marzo a octubre todos los amores son no correspondidos, pero a principios de noviembre ya la mayoría de ellos empiezan a corresponderse. Y es lógico, porque la telenovela debe concluir antes de Navidad, con un desenlace edificante. Marcelo hace una prueba que otras noches ha resultado entretenida. Baja el sonido del televisor y comienza a imaginar los diálogos. El actor está un poco tieso, recostado en la pared de utilería (quizá la aparente tiesura sólo sea miedo a un posible derrumbe), y la expresión de la actriz, que está a un metro y medio de distancia, es de gran exaltación. Las palabras que, en su pasatiempo, coloca Marcelo en los labios del actor, son de persuasiva conquista. Las que pone en boca de la actriz son de angustioso y progresivo acatamiento. Qué pasión, carajo. La muchacha se acerca prometedora al hombre que, canchero, no mueve ni un meñique, tan sólo mira. Ya está, piensa Marcelo, ahora se abrazan. Pero no. La bofetada fue tan tremenda que, aún sin sonido, a Marcelo le pareció sentirla. "Una cosa por lo menos está clara: yo jamás serviría para libretista de televisión".
Como tratamiento homeopático de alienación, ya es suficiente. Así que apaga el televisor. Sin la combustión de santa ira que propagaba la pantallita, el ambiente aparece ahora más fresco. Marcelo se desviste, se ducha en silencio (años atrás habría cantado El último organito, ideal para acompañar el enjuague). Vuelve así, desnudo, al ambiente único, secándose aún con la toalla a cuadros.
Se enfrenta en el espejo del placard y, como siempre, la imagen de su propia panza lo desalienta. Ya no sabe qué dejar de comer y de beber: suspendió el pan, las bebidas gasificadas, ¡los ravioles", la sal, los postres. Todo en vano. La cintura apenas disminuyó tres centímetros en cinco meses. Cinco meses que fueron, en cuanto a alimentación, los más aburridos de sus treinta y nueve años. En ese preciso instante decide que el sacrificio no vale la pena, y para mañana se promete un almuerzo con pastas, vino tinto y copa melba. Reconoce que la decisión es cobarde pero también estimulante.
Nuevamente se mira al espejo, y le parece notar cierto bultito en la ingle. Se acerca más al espejo pero no alcanza a distinguir de qué se trata, ya que esa zona está cubierta de vello. Entonces se coloca los anteojos y vuelve a examinarse: eh, es algo así como un forúnculo todavía inmaduro. Se tranquiliza.
De frente a la ventana cerrada hace ejercicios respiratorios durante cinco minutos. Luego lo suspende porque no quiere sudar. Hace ademán de ponerse el pijama, pero desiste. Con este calor será mejor dormir desnudo. Enciende la radio portátil y suena el viejo y querido bandoneón de Troilo. Como burlándose de sí mismo, baila unos pasos de tango (¡qué desastre!), así como está solo, y desnudo, con cortes y todo.
Pero el bandoneón deja paso para el informativo gigante ("¿cómo será un informativo enano?") y por ahora las noticias no son bailables. Puede ser que lo sean cuando muera Franco, pero ¿morirá?. Entonces se acuesta, lee un rato, pero este Séptimo Círculo no es muy entretenido. Apronta el despertador, apaga la portátil, y trata de dormir. Entonces llega el consabido calambre del pie izquierdo. Los dedos se le encogen, como si quisieran pellizcar la sábana. Putea un poco, con la escasa convicción de quien no tiene destinatario a la vista. No hay otro remedio que encender la luz, levantarse, saltar en un solo pie, absolutamente ridículo, masajearse durante un largo rato la zona acalambrada hasta que los cinco ganchos vuelven a ser dedos.
Otra vez se acuesta, y ahora sí se duerme enseguida, como escurriéndole el bulto al próximo calambre. La pesadilla no es demasiado terrible: él camina por un puente que no está sobre un río sino sobre la tierra, y abajo, junto a un arbusto rojizo, está Mabel, su antigua novia de provincia; él quiere gritarle, llamarla, pero aunque mueve los labios no le sale la voz; ella mira obstinadamente a otra parte, como buscando o esperando a alguien que, por supuesto, no es él.
No lo sacude el despertador, en realidad lo despierta la luz del nuevo día. En un primer instante cree estar despertando de una larga siesta, pero enseguida advierte su error y se sobresalta cuando comprende cuál es la causa de tanta luz: las persianas estaban abiertas, o mejor dicho se abrieron después que él las cerró ("esa falleba de mierda"). Vale decir (y aquí el respingo es mayor) que todas las boludeces de la víspera, o sea la búsqueda del forúnculo, los pasos de tango, los ejercicios respiratorios, los saltitos cuando el calambre, todo eso pudo ser visto por la vecina de enfrente. Ya se imaginaba a la señora Galván telefoneando al mediodía a sus buenas amigas: "¿Vos podrás creer que anoche había un tipo en pelota en el apartamento de enfrente? ¡No te imaginás todo lo que hizo! Bailó, saltó, y se revolvía los pelos ahí adelante... ¿entendés?. Y la amiga le diría: "¿No será un exhibicionista?" Y la señora Galván dirá que no, que ella lo conoce (sólo de vista, claro) y es un tipo serio, ya grande. Y la amiga le dirá que ésos son los peores. Ajá. Pero ¿y si la señora Galván dice que no lo había pensado pero que efectivamente puede ser un exhibicionista, con qué cara va a mirarla de ahora en adelante? Porque una cosa es desnudarse, y desnudar a una linda hembrita, así bárbaro, pero que semejante pelotudo brinde un estúpido show con las persianas abiertas, eso le parece sencillamente una porquería.
Se viste rápidamente, se lava la cara y los dientes. En verano siempre prefiere bañarse de noche. Además quiere salir lo más temprano posible, a fin de no encontrarse en el hall del edificio con la señora Galván. Antes de salir, casi cierra las persianas. ¿Para qué? Tarde piaste.
Baja en el ascensor número dos, pero al abrir la puerta en planta baja, ve a la señora Galván. Evidentemente, el encuentro para ella es un shock. Marcelo, por su parte, no la puede mirar de frente. Pide permiso y se queda unos minutos en la puerta de la calle, esperando a nadie. La mujer permanece un momento junto a la puerta del ascensor. Lo mira, pero cuando parece advertir que Marcelo también la mira o va a mirarla, entonces aparta la vista. Por fin Marcelo percibe que ella va a acercarse. Está a punto de huir despavorido, pero prefiere aclarar la situación. Hay que cortar por lo sano.
La señora Galván se para junto a él: "Señor, quiero decirle que comprendo perfectamente que usted esté asombrado, estupefacto, y hasta que no me mire, y apenas me salude". "¿Yo?", balbuceaba Marcelo. "Sí, usted. Pero no quiero que piense mal de mí. Soy una distraida, eso lo admito, pero nada más, ¿sabe? Yo tenía la secreta esperanza de que usted no se hubiera dado cuenta. Pero su actitud es demasiado elocuente, señor. Y aunque usted tiene todo el derecho de pensar que soy una fresca o una mentirosa, le aseguro que anoche yo creía que había cerrado mis persianas."
Espantapájaros 21
Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor", digas: "Pescado frito"; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni por un solo instante, de lamerle la cerradura.
Lucas, sus regalos de cumpleaños
Sería demasiado fácil comprar la torta en la confitería «Los dos Chinos»; hasta Gladis se daría cuenta, a pesar de que es un tanto miope, y Lucas estima que bien vale la pena pasarse medio día preparando personalmente un regalo cuya destinataria merece eso y mucho más, pero por lo menos eso. Ya desde la mañana recorre el barrio comprando harina flor de trigo y azúcar de caña, luego lee atentamente la receta de la torta Cinco Estrellas, obra cumbre de doña Gertrudis, la mamá de todas las buenas mesas, y la cocina de su departamento se transforma en poco tiempo en una especie de laboratorio del doctor Mabuse. Los amigos que pasan a verlo para discutir los pronósticos hípicos no tardan en irse al sentir los primeros síntomas de asfixia, pues Lucas tamiza, cuela, revuelve y espolvorea los diversos y delicados ingredientes con una tal pasión que el aire tiende a no prestarse demasiado a sus funciones usuales.
Lucas posee experiencia en la materia y además la torta es para Gladis, lo que significa varias capas de hojaldre (no es fácil hacer un buen hojaldre) entre las cuales se van disponiendo exquisitas confituras, escamas de almendras de Venezuela, coco rallado pero no solamente rallado sino molido hasta la desintegración atómica en un mortero de obsidiana; a eso se agrega la decoración exterior, modulada en la paleta de Raúl Soldi pero con arabescos considerablemente inspirados por Jackson Pollock, salvo en la parte más austera dedicada a la inscripción SOLAMENTE PARA TI, cuyo relieve casi sobrecogedor lo proporcionan guindas y mandarinas almibaradas y que Lucas compone en Baskerville cuerpo catorce, que pone una nota casi solemne en la dedicatoria.
Llevar la torta Cinco Estrellas en una fuente o un plato le parece a Lucas de una vulgaridad digna de banquete en el Jockey Club, de manera que la instala delicadamente en una bandeja de cartón blanco cuyo tamaño sobrepasa apenas el de la torta. A la hora de la fiesta se pone su traje a rayas y transpone el zaguán repleto de invitados llevando la bandeja con la torta en la mano derecha, hazaña de por sí notable, mientras con la izquierda aparta amablemente a maravillados parientes y a más de cuatro colados que ahí nomás juran morir como héroes antes de renunciar a la degustación del espléndido regalo. Por esa razón a espaldas de Lucas se organiza en seguida una especie de cortejo en el que abundan gritos, aplausos y borborigmos de saliva propiciatoria, y la entrada de todos en el salón de recibo no dista demasiado de una versión provincial de Aída. Comprendiendo la gravedad del instante, los padres de Gladis juntan las manos en un gesto más bien conocido pero siempre bien visto, y la homenajeada abandona una conversación bruscamente insignificante para adelantarse con todos los dientes en primera fila y los ojos mirando al cielo raso. Feliz, colmado, sintiendo que tantas horas de trabajo culminan en algo que se aproxima a la apoteosis, Lucas arriesga el gesto final de la Gran Obra: su mano asciende en el ofertorio de la torta, la inclina peligrosamente ante la ansiedad pública, y la zampa en plena cara de Gladis. Todo esto toma apenas más tiempo del que tarda Lucas en reconocer la textura del adoquinado de la calle, envuelto en tal lluvia de patadas que reíte del diluvio.
La desmemoria 4
Chicago está lleno de fábricas. Hay fábricas hasta en pleno centro de la ciudad en torno al edificio más alto del mundo. Chicago está llena de fábricas. Chicago está llena de obreros.
Al llegar al barrio de Hermarket, pido a mis amigos que me muestren el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada primero de mayo.
- Ha de ser por aquí - me dicen. Pero nadie sabe.
Ninguna estatua se ha erigido en nombre de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada.
El primero de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera, el único día donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los Estados Unidos el primero de mayo es un día cualquiera. Ese día, la gente trabaja normalmente, y nadie, o casi nadie, recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo.
Tras la inútil exploración de Heymarket, mis amigos me llevan a conocer la mejor librería de la ciudad. Y allí, por pura curiosidad, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock.
El cartel reproduce un proverbio del África: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador.
Lucas, sus pudores
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo más bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
La continuidad de los parques
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
La lluvia y los hongos
Un cuento de Mario Benedetti del libro Esta mañana
¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era éste nuestro convenio de hace cuatro horas. ¿Recordás lo que dijimos? No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconocé que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero, vos y yo mirándonos, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba entre ambos la corriente milagrosa, vos y yo inscribiéndonos tácitamente en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación tan sórdida como ésta, para repetir, como siempre con fundadas esperanzas, la búsqueda del amor.
Después de todo, ¿qué crees que es la sinceridad? ¿Que yo te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiamos un poco. Ahora me da lástima verte así, tan indefensa, tan iluminada. ¿Querés apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos. Además, ya no llueve. A lo mejor, tenés razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Querés que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es más bien tediosa. ¿O querés que empiece por la zona de amistad? Ya sé, estarás pensando: cuántas ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decís a menudo diosmío), no cultivan la virginidad ni tienen los pies fríos ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a qué atenemos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separamos con la misma sorna, con la misma envidia contenida. Sí, estarás pensando eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mí no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Sólo tres. El primero se quedó con un sobre que contenía mi sueldo y nunca más supe de él. Con el segundo me tomé a golpes, y las cicatrices respectivas (ésta del pómulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quitó una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, cómo explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto todo cuanto hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia más dificil: la de las actitudes. Frente al problema más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resultó intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un día no pude más y la golpeé. Tuve que hacerlo. La golpeé, la humillé, la obligué a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenía que verla alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya sé que es difícil de comprender, no preciso que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te digo que la obligué? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado. Pero al día siguiente ella adoptó de nuevo la única actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia de la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió el gas. La maté, claro. ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único, ¿te das cuenta? Y ahora, por favor, hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
El sexo de los ángeles
Un cuento de Mario Benedetti del libro Despistes y Franquezas
Una de las más lamentables carencia de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón que carecen de los mismos) lo celebran, en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Angel y Angela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas,que, por supuesto, son angelicales.
Y si Angel para abrir el fuego dice: "Semilla", Angela, para atizarlo responde: "Surco". El dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".
Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Angel dice: "Madero" . Y Angela: "Caverna".
Aletean por ahí un Angel de la Guarda misógino y silente, y un Angel de la Muerte viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe. Sigue silabeando su amor.
El dice: "Manantial" y ella: " Cuenca".
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire y su expectativa.
Angel dice: "Estoque", y Angela, radiante: "Herida", el dice: "Tañido" y ella: "Rebato".
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.






