No pasó mucho tiempo para que los pusiera en marcha. Con pasos firmes entró al casino, concentrada, repitiendo en su mente el número al que le iba a apostar. Cuando pasó por la primera mesa lo escuchó, pero continuó caminando, decidida a apostar en la última. Ni siquiera se detuvo a comprar fichas. No había tiempo para nimiedades. Llegó a la mesa situada al final del salón. Puso el dinero en el número que quería. La ruleta giró y el croupier cantó el número que ella había jugado. Juntó sus fichas, y las canjeó en la boletería. Salió victoriosa del casino, y esta vez, mi vieja pudo costear una llamada de larga distancia, para avisarle a mi viejo que lo había logrado y que estaba de regreso a casa.
Ruleta
No pasó mucho tiempo para que los pusiera en marcha. Con pasos firmes entró al casino, concentrada, repitiendo en su mente el número al que le iba a apostar. Cuando pasó por la primera mesa lo escuchó, pero continuó caminando, decidida a apostar en la última. Ni siquiera se detuvo a comprar fichas. No había tiempo para nimiedades. Llegó a la mesa situada al final del salón. Puso el dinero en el número que quería. La ruleta giró y el croupier cantó el número que ella había jugado. Juntó sus fichas, y las canjeó en la boletería. Salió victoriosa del casino, y esta vez, mi vieja pudo costear una llamada de larga distancia, para avisarle a mi viejo que lo había logrado y que estaba de regreso a casa.
La historia que aun no conté
Sin embargo, no mucho tiempo después me di con que la inocencia la tenía yo: si me podía pasar y me pasó, aunque muy lejos de las hadas, los sapos y los príncipes, para mi suerte. Quizás la historia que nunca escriba sea esta, la más linda, la más romátinca, la más importante, porque no tiene fiascos, ni furcios, ni metidas de pata, salvo en los comienzos cuando le mandé un mensaje diciéndole que iba a salir con un tipo, y el tipo era él. Es una historia que no es graciosa, pero que tiene muchas risas, las nuestras, las que compartimos. Es una historia que estamos viviendo, que empezó con soledades y continúa con compañía, con ilusiones, con proyectos.
El fin de año nos sorprendió en una casa, la nuestra, la que estamos refaccionando, aquerenciando, disfrutando. No creí que me podía pasar y cuando pasó, por primera vez me dejé llevar. Y qué bueno que fue así.
Una llamada inesperada [Reloaded]
Martín y yo nos divertíamos, fuera y dentro de la cama. El sexo era muy bueno. Pero yo no quería nada más. Y Martín tampoco.
Cuando volví a mi ciudad, de vez en cuando, nos comunicábamos por mensajes al celular o por el chat.
Cierta noche, pasando la medianoche, me encontraba tirada en la cama, aburrida de hacer zapping, cuando suena el teléfono de mi departamento. Un teléfono obsoleto, barato, de timbre chillón, esos que se fijan a la pared, digno de llamarse teléfono "fijo". Érase un teléfono a la pared pegado. Por la hora pensé que quien llamaba era mi vieja, para anunciarme alguna catástrofe o para consultarme si quería comer arroz con pollo el domingo. Las urgencias de mi madre son únicas. Agitada llegué hasta el teléfono después de una carrera de obstáculos por el comedor.
- ¿Hola? pregunté casi sin aliento.
- ¿Julia? Soy Martín. ¿Te desperté?
La historia con Martín era muy reciente y él me encantaba. Me emocionó su llamada, y empezamos a conversar de cosas insignificantes, como el trabajo por ejemplo. Y de pronto me dijo algo, no se qué exactamente, pero no fue la palabra lo que me movilizó, si fue la forma y el tono que usó. Tuvo la habilidad de excitarme, hablando, solamente hablando. Inevitablemente, me calenté. Y le seguí el juego, hasta que él también entró en calor. Las palabras comenzaron a ser imperativas, ordenadoras, prescriptivas, y nuestras manos, en nuestros respectivos cuerpos, siguieron minuciosa y meticulosamente las órdenes recibidas. De la silla pasé al suelo frío y duro. Enredada con el cable del teléfono y la ropa que pretendía despojarse del cuerpo seguí adelante. Fue así que se desarrolló mi primera masturbación asistida. A pesar de la incomodidad del suelo y de que el cable no me daba demasiada libertad, no tuve impedimentos para llegar a mi primer orgasmo de sexo telefónico. Martín también tuvo el suyo. Y al terminar ambos, del mismo modo, terminó la "conversación".
Al día siguiente, a la salida del trabajo, me fui de compras. Allá iba yo, orgullosa, caminando hacia mi casa, sujetando una bolsa que acusaba una compra recién hecha en su contenido. Entré al departamento, y como niño con juguete nuevo, impaciente saqué la caja que estaba en el interior de la bolsa, la abrí ansiosamente, y contemplé con cara de alegría la nueva adquisición: Allí estaba, reluciente, impecable, ¡mi nuevo teléfono inalámbrico!
Leandro, el candidato [segunda parte]
- Tenés los pies fríos – dijo.
- Si, siempre – respondí, y frotó sus pies con los míos para darme calor. Se hizo un silencio. Ahí estábamos, enfrentados, tomados de la mano a la altura de la almohada, sin decirnos nada, al menos por un rato. Mi cabeza no paraba un segundo, pensaba qué decir, qué hacer. La situación era muy rara. A pesar de que había fantaseado con estar en su cama, no dejaba de estar nerviosa e insegura. No me animaba a subir más la apuesta porque no quería otro fiasco, y menos con él. No era un casiconocido al que después no iba a ver más. Me aterraba la idea de avanzar más y obtener por respuesta un rechazo. Parecía que se había dormido, pero al rato empezó a reírse:
- Qué jodón el tuyo, en la cama con un tipo que no da más del pedo, y encima no te sacás el jean para hacer cucharita.
Mis intenciones eran claras y no consideraba que necesitara ponerle más énfasis como sacarme el pantalón.
- Sacámelo vos – pensé, pero no se lo dije. Esperando el beso que nunca llegó, me dormí. Al otro día desayunamos y me fui a mi casa. Mientras caminaba las 8 cuadras hice un repaso mental de las últimas horas y tenía ganas de tirarme en la primera alcantarilla que viera. Quería que me tragase la tierra.
A los días hablamos por teléfono:
- Tenemos que hablar sobre la otra noche – me dijo. Quedamos en que nos pondríamos de acuerdo para juntarnos a charlar, pero la conversación se postergó por un acontecimiento no previsto que sucedió poco después: conocí a alguien y me puse de novia. Leandro seguía siendo mi amigo y sobre esa noche no dijo nada.
Mi hermano pasó a buscarme una tarde, antes de la charla telefónica con Leandro y saqué el tema:
- ¿Viste que en cumple de Leandro me quedé?
- Si – respondió – pero me dijo Leandro que te fuiste al rato.
- ¿Ah, si? No, me quedé a dormir, pero no pasó nada.
- Yo pensé que habían cogido – dijo para mi asombro.
- No, no me tocó un pelo. Quizás porque soy tu hermana, o porque soy la amiga.
- Eso es una boludez. Somos grandes.
- Capaz que no le gusto.
- No creo, es cagón nomás.
- ¿No será gay?
- Nooo, nada que ver. Es cagón – concluyó mi hermano.
Tiempo después, tomando una cerveza con el Vasco, le conté lo sucedido aquella noche.
- Bueno, Julia, no te quejés, Leandro te respetó.
- ¿Me respetó? Para mi es una falta de respeto que no me falte el respeto cuando yo quiero que me lo falten.
- Boluda, te digo en serio.
- Entonces no le gusto.
- Te dije una vez que conversando con él, me dijo que vos tenés todo lo que le gusta de una mujer.
- Claaaaaaro, y por eso me respetó.
- Si, Julia, te respetó, porque sos la amiga – Protesté resoplando y propuse un brindis por los desencuentros.
Un par de años después, cuando la soledad era mi compañía otra vez, volvía a resurgir entre mis amigas celestinas, las miradas con renovadas esperanzas hacia ‘Leandro, el candidato’, en cuanto avistaban en mí el más mínimo interés. Y los jueguitos de doble sentido renacían, como siempre, cada tanto.
Me había mudado más cerca de su casa, y empezamos a ir a correr al parque colindante a nuestra calle. Él me pasaba a buscar, y yo, que tengo menos estado que Israel, trataba de seguirle el ritmo, pero esa actividad compartida no duró mucho tiempo. Mis rodillas se inflamaron y no podía siquiera subir las escaleras de mi trabajo. Aquellas tardes en las que pasamos tiempo juntos y solos, ninguno habló sobre nosotros, si es que había un ‘nosotros’ pendiente.
De vez en cuando nos mandábamos sms, el escribía algo sugerente, yo retrucaba, pero todo se había convertido en mera diversión. Resignada y quizás desinteresada, me divertía con cada una de sus ocurrencias y cada respuesta mía. Y así continuó el histeriqueo crónico, la falta de definición, las teorías de mis amistades, mis análisis, pero ya sin esperar nada más. Siempre más de lo mismo, hasta que todo cambió. Poco más de cuatro años después de aquel cumpleaños, me desperté una mañana con un terrible dolor de cabeza, una resaca espantosa y una sensación que no podía precisar. Mientras trataba de incorporarme, recibí un sms de Leandro:
Nunca nos vimos, jajaja"
Leandro, el candidato
¿Por qué no te gusta? ¡Qué incógnita! ¿Existen explicaciones lógicas para responder esa pregunta? Creo que no. Cuestión de piel o de química que no se puede traducir en palabras. Como la pregunta contraria ¿qué le vió? Tampoco tiene respuesta. Y ni hablar del interrogante ¿Es un hdp, por qué te gusta?
Es así que durante un tiempo mis amigas insistían con Leandro, el candidato perfecto. Al decir de las viejas, Leandro siempre fue un buen partido: es lindo, vive solo, trabaja y es muy divertido. Lo que me divierto con él no tiene nombre. Me hace reír muchísimo. ¿Por qué no Leandro? Preguntaban. Mi respuesta era simple: porque no me da bola. Y ahí aparecían todo tipo de teorías y especulaciones, porque descifrar a Leandro no era tarea sencilla. Y esa manía de buscar palabras encriptadas, de leer entrelíneas, hacía las cosas más confusas. Pero esto no surgía por agarrarnos del aire y fantasear cuentos de hadas. Leandro fomentaba la falta de claridad. Como un maestro del doble sentido, hacía juegos de palabras, insinuaba. Y cuando todo parecía indicar que sí había algo entre nosotros, él se alejaba, o se hacía el desentendido, y un silencioso y no pronunciado ‘No’ me cacheteaba la realidad en la cara y todo se diluía en segundos. Leandro me gustaba, más cuando estaba sola, hasta que me cansaba de tanta indecisión y mi mirada buscaba otros horizontes. Me olvidaba de él cuando estaba interesada en otro.
Sin embargo ‘Leandro, el candidato’ era el tópico preferido de conversación, sobre todo después de alguna juntada donde habíamos estado riéndonos, toda la noche, juntos. Y volvía la pregunta ¿Y qué onda?
- Quizás no le gusto. Repito, no tengo por qué gustarle.
- Mmmm, para mí no, ¿por qué hace lo que hace y dice lo que dice entonces? – insiste María
- Para mí, Julia, es por tu hermano. Son amigos de toda la vida y te ve como la hermanita del amigo – opina Sofía
- No, no creo. Mi hermano no es cuida.
- Capaz que no te ve como la hermanita del amigo, pero si le pesa el hecho de que sos la hermana del amigo – aporta Emilia
- ¿Pero por qué? ¿Acaso los hombres no siempre quieren que los amigos le presenten a la hermana y a las amigas de la hermana?
- A lo mejor siente que si tiene algo con vos, se tiene que poner las pilas en una relación estable, porque no le da para un polvo con la hermana del amigo – agrega Emilia.
- Pero la puta madre – protesto - soy una mujer, antes que la hermana del amigo. Y yo no se si quiero una relación estable. Me gusta, pero no se qué onda. Si pasa algo a lo mejor, ninguno de los dos quiere más. Qué se yo. Eso no se puede saber. Y somos grandes como para manejarlo, me parece.
Y el tema ‘Leandro, el candidato’ se enriquecía con nuevos análisis, más conclusiones, revisiones de escenas anteriores entrelazados con los avances del próximo capítulo.
Cansada de tanta especulación y ansiosa por una definición, decidí que iba a tener que dar el primer paso, si es que no quería quedarme con la duda. Y odio quedarme con la duda.
Llegó el día de su cumpleaños y festejaba en su departamento. La noche se desenvolvía como de costumbre: comer, tomar, hablar tonteras y reír a carcajadas. Estuve evaluando cada gesto para tomar coraje. Los invitados se fueron yendo.
- Julia, ¿te llevo? – preguntó mi hermano. Él y unas amigas eran los últimos.
- No, no – dije para el asombro de Leandro y el resto – Me quedo, estoy escuchando U2 – Qué excusa más idiota, pensé.
Leandro los acompañó hasta el ascensor y volvió. Yo estaba sentada a la mesa. Se sentó al lado. Dijo que estaba muy borracho y me empezó a contarme sus aventuras amorosas con una salteña que conoció por Internet.
- “Y a mí qué carajo me importa” – pensé – o quiere demostrar que no es un nono, como yo le digo, porque siempre se va a dormir temprano y nunca mostró una novia, o es su forma sutil de decirme que no le gusto nada.
- ¿Y por qué no la invitaste a tu cumple? – pregunté después de escuchar el relato de la supuesta vida de casado que hizo por unas semanas.
- No, porque no daba.
- ¿Por qué no? – insistí – y esta escena se repitió unas cuatro veces.
- Porque es un bagarto – concluyó.
- Mirá si sos hijo de puta, ¿y qué tiene?
Y me cambió de conversación, retomando a su estado de embriaguez:
- Tengo un pedo.
- Bueno, me voy – dije y me levanté.
- Te acompaño a tu casa.
- Dejate de joder, decís que te caes del pedo, vivo a 8 cuadras, me voy caminando.
- No, no te vas a ir sola, te acompaño.
- Me tomo un taxi.
- Son 8 cuadras, te acompaño.
- Estás borracho, me voy a pata – y la escenita se repitió hasta el hartazgo. - Bueno, como no me dejás ir sola y yo no quiero que me acompañes, me quedo a dormir y listo – subí la apuesta y Leandro tardó en reaccionar:
- ¿Y vos te vas a animar a dormir como amiguitos conmigo?
- Por supuesto, si estás tan en pedo no se te debe ni parar – y nos reímos.
Alcen las barreras para que pase Florencia [Reloaded]
Flor es una mujer divertida, linda y muy ocurrente. Y a veces es desopilante. Nos encontramos una tarde en un bar después de no vernos por unas semanas.
- Conocí un chico. Me gusta – me dice Flor entusiasmada, y luego me da el detalle de cómo lo conoció, nombre, apellido y árbol genealógico, todo lo que hablaron, desde su currículum vitae, pasando por una síntesis de su historia de vida, hasta su signo zodiacal.
- ¿Y en que quedaron? – pregunto intrigada.
- Salimos el sábado pasado a un pub. Nos dimos unos besos.
- ¡Que bueno! ¿Y qué tal estuvo?
- La pasé re lindo. Además besa bien. Hoy me llamó de nuevo y quedamos que mañana salimos a cenar.
- ¡Excelente Flor! Buenísimo que bese bien. ¿Y sólo hubo besos?
- Si,… bueno, besos y un poco más. Nos re calentamos. Pero, ¿sabés qué pasa, Julia? Es que me gusta mucho. No me daba para tener relaciones. Mirá si después no me llama de nuevo.
- ¿Y mañana? ¿Qué onda si se calientan de nuevo?
- ¡Ay, Flor! Esas cosas no se planean, se dan o no se dan. A mi no me gusta calentar a un tipo y dejarlo con las ganas. Como tampoco me gusta calentarme y quedarme con las ganas. Hacé lo que sientas. No te enrosques tanto en el qué dirá o qué pensará. Tal vez no es el hombre de tu vida.
Para la segunda cita que tenía con Matías, Flor fue a casa de Sofía para producirse. Después de probarse distintas opciones de ropa y de vestirse con la definitiva, Florencia entró al baño para maquillarse. La puerta del baño estaba entreabierta, y Sofía, que se dirigía a su habitación, al pasar delante de la abertura, distingue la silueta de Florencia que bajaba y subía. Intrigada vuelve hasta el baño, mira hacia adentro y ve que Flor, tomada del lavamos, estaba haciendo una suerte de sentadillas.
- ¿Qué estás haciendo Flor? – pregunta Sofía con las cejas fruncidas.
- Gimnasia, para levantar la cola – contesta con seriedad Florencia.
- Ah, ¿y haces todos los días? – trata de entender Sofía.
- No, sólo cuando voy a salir con un chico – Florencia se incorpora, y luciendo su perfil, agrega – ¿Viste que se nota? La tengo más parada – asegura convencida. Sofía larga una carcajada.
- ¡Estas loca nena!
- En serio, mirá – insiste Flor - Lo que si, te digo que no pienso hacer nada con Mati, me gusta en serio, y no voy a tener sexo. Además, no estoy depilada.
Sofía entiende, como yo, que la frase “además no estoy depilada” es la clave de que no está muy segura de que “no va a tener sexo”, y que su falta de depilación es sólo una barrera.
- ¿Y si te depilás por las dudas?
- No, ¿para qué?... ya te dije, no pienso tener sexo – Sofía mira el cielo raso, como esperando una señal divina de la mancha de humedad del techo del baño.
Florencia está lista para salir, lleva prestado las sandalias y la cartera de Sofía. Matías es puntual en el momento del encuentro, y van rumbo a un resto-bar para cenar. Cenan. Conversan. Se gustan. Se besan. Siguen conversando. Siguen gustándose y degustándose mientras se besan. Y la noche continúa en el departamento de Matías. Los besos se intensifican, y comienzan las caricias fogosas por encima y por debajo de la ropa. Matías intenta desabrochar el pantalón de Florencia, y ella recuerda que no está depilada. Tiene vergüenza que la toque en la zona donde justamente no está depilada. Sutilmente toma la mano de Matías tratando de que acaricie hacia otros rumbos. Pero la mano de Matías insiste. Florencia está en una situación que no puede controlar, porque está deseando lo mismo que Matías y no sabe que hacer.
- ¿Sabes qué? – le susurra Flor al oído – A mi me gusta más tocarte a vos – dice mientras introduce la mano en su bragueta.
La insólita excusa de Flor para no ser tocada, y su mano, avivaron más el fuego de Matías, y el juego sexual llegó a su punto máximo. Florencia se levantó súbitamente.
- Voy al baño –dijo y tomó su cartera.
Una vez encerrada allí, buscó dentro de la cartera, y sacó una maquinita de afeitar. Comenzó a depilar su entrepierna. Los vellos púbicos cayeron al piso. Los juntó y los arrojó al inodoro. Tiró la cadena. Y los vellos continuaban allí, flotando. Tiró la cadena nuevamente, y repitió la operación unas diez veces, hasta que finalmente los vellos desaparecieron. Cuando miró nuevamente hacia el piso se encontró con que algunos rebeldes estaban aun allí. Tomó un poco de papel higiénico para recogerlos, y como la incomodaba tirar una vez más la cadena, los envolvió en el papel y los guardó en la cartera. Salió del baño, con la frente alta, como si nada hubiese pasado. Se sentó al lado de Matías. Tanto demoró que él estaba frío como un témpano. Cuando volvieron las caricias, el calor de los cuerpos se hizo presente, y pudieron concretar el tan ansiado y obstaculizado encuentro sexual.
Matías nunca se enteró que estuvo haciendo Florencia tanto tiempo en el baño. Tal vez pensó que estaba descompuesta, sobre todo al escuchar tantas veces caer el agua del baño. El bochorno fue peor que la barrera. Y la barrera no fue contundente para el deseo.
A los pocos días nos encontramos para almorzar Sofía, Florencia y yo. Después del relato de Florencia sobre lo acontecido, mi panza me dolía de la risa, y llegué a llorar riendo imaginando la situación.
- Si no querías tener sexo, ¿para que fuiste a su departamento? ¡No te hubieses expuesto Flor! Las barreras no existen – le dije mientras me secaba las lágrimas de los ojos.
- ¡Te hubieras depilado en casa! – exclamó Sofía. El tipo debe haber pensando que te fuiste por el inodoro - Estallamos en risa una vez más.
- Bueno, yo no pensé que íbamos a llegar a ese punto. No quería que me tome por fácil – se atajó Florencia.
- Claro, y por eso te llevaste la maquinita de afeitar en la cartera – le digo entre risas.
- En mí cartera – reclama Sofía – ¡y me la llenaste de pelos!
Matías y Florencia continuaron saliendo. Eso de tomar a Florencia por fácil no estaba dentro de la mentalidad de Matías. Lo que no intuimos fue que Matías tendría una de esas barreras masculinas, que cuando las citas se prolongan en el tiempo, el temor al compromiso aparece, y como sintiéndose acorralados cuando no existen planteos al respecto, anticipando cualquier pregunta, la anotició de que no estaba preparado para una relación formal. Y así, Matías desapareció.
¿Serio? ¿En serio?
Siempre me llamó la atención en las relaciones de a dos, el tópico de tomar en serio, o ser tomada en serio, y las diferentes actitudes que hay que tener para dichos fines.
Para mi modo de ver, quizás errado, pero mío, no tener intenciones de establecer una relación formal con alguien no significa lo mismo. Es simplemente no querer, pero no va de la mano de no tomar en serio al otro. ¿Por qué vamos a dejar de respetar a alguien por no quererlo para avanzar en una relación? Acaso, las relaciones efímeras, fugaces, ¿están basadas en la falta de respeto? Acaso una relación que nos sirva sólo para divertirnos, sanamente, sin lastimar al otro, por más que no querramos involucrarnos demasiado, ni rendir cuentas, ni dar explicaciones personales, ¿implica tomar al otro para la chacota? Dejando de lado los ejemplos de los desubicados sociales que suelen cagarse soberanamente en la humanidad que los rodea, me parece que el tema de que para ser “tomada/o en serio” hay que mostrar una seriedad inusitada, raya el prejuicio y atenta contra la espontaneidad.
El problema, claro está, es que el resto no piensa lo mismo. Y ahí comienzan los desencuentros. Y le siguen los enojos, y los reclamos, las indiferencias y los bloqueos en el msn. “Pero si las cosas estaban claras”. Por supuesto que estaban claras, pero la parte de “no te voy a tener el más mínimo respeto, ni la más mínima consideración”, no están dentro de “no busco otra cosa o no quiero nada serio con vos”. Y otra vez la palabra “serio” se hace presente. ¿Desde cuando querer descartar la seriedad, nos lleva necesariamente a maltratar a las personas?
Pareciera que las veces que enuncié que no buscaba nada “serio”, le abrí la puerta a la necedad y de su picaporte se agarraron los egoísmos más lastimeros y lastimosos para justificar situaciones incómodas o desplantes innecesarios.
Y me pregunto: ¿para qué mencionarlo? ¿Hace falta poner el freno de mano, de entrada, cuando las cosas van a decantar solas? ¿Sabemos con tanta claridad lo que queremos cuando recién conocemos a alguien? Y si queremos algo serio ¿tenemos la seguridad de que la relación con el otro va a prosperar hasta ese punto de encuentro?
Y divagando entre tantos cuestionamientos, sonrío a la nada, al recordar el comienzo de un noviazgo:
Nos conocimos en ocasión de un festival de rock. Hacía un par de días que compartíamos música, risas y anécdotas. Todo indicaba que nuestro encuentro no sería más que un lindo recuerdo y que difícil sería cruzarse otra vez en la vida, como pasa con la gente que se conoce en los viajes, en los veranos. Pero él adelantó su confesión, que tenía planeada para la despedida, y dijo: No quisiera irme sin antes decirte que me gustas. Y le siguió una declaración que no esperaba. A mi me pasaba lo mismo que a él. La impaciencia atolondrada hizo que brevemente le diera a conocer mis sentimientos. Y le siguió un silencio que no resistí. Él sostenía su mirada en la mía. Yo, ansiosa, poco seria, no pude quedarme callada:
- y bueno, expuesto lo tuyo y seguido lo mío… digo ¿y si nos damos unos besos?
Volver a pasar por el corazón
Este espacio está repleto de anécdotas que he compartido con mis amigos [amigas principalmente]. Amigas que hacen reír con sus papelones, amigas que están hasta en el más mínimo detalle, amigas a las que les perdonas cualquier cosa, amigas que te confían su más preciado tesoro, amigas que te alientan a empezar y también a seguir, amigas con quienes desbarrancás, amigas con quienes compartís viajes inolvidables, amigas a quienes siempre les hacés la gamba, amigas que se extrañan con el alma y que no vuelven, amigos que encontrás en el lugar menos pensado, amigos que te gastan en cada ocasión, amigos que ríen con vos en las buenas y comparten el dolor en las malas, amigos que pasan poco tiempo por tu vida, pero que dejan sus marcas.
No me gustan las fechas comerciales y pensaba obviar este post, sin embargo, en el fondo disfruto que tengamos un día para recordar [del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón*] y para que nos recuerden nuestras amistades [sobre todo a aquellas que por cuestiones de distancia o de la vida misma, no vemos a diario pero los sentimos cerca y sabemos que lo están], y para que aprovechemos la oportunidad para manifestar lo que no nos decimos cotidianamente.
Deducciones
Dos amigas tomando unos tragos en un bar. Una pareja que estaba en un rincón decide cambiarse de ubicación para tener mejor vista del la banda que tocaba. El mozo pasa delante de las amigas llevando una botella de vino y dos copas ya empezadas. La pareja lo sigue hasta la nueva mesa. Ella lleva una rosa en una mano y una sonrisa en su rostro. Ambos se sientan, el uno al lado de la otra.
Las amigas cómplicemente cruzan miradas al ver la flor:
Amiga 1: ¿Primera cita?.
Amiga 2: Si, o segunda. Como sea, todavía no la puso.
Amiga 1: Claro, para ponerla tiene que ponerse.
Risas.
Confesiones enredadas
- Conversación virtual Nº 1:
[en pleno debate sobre las relaciones con el sexo opuesto]
Julia
Soy un desastre para recibir piropos. No se qué decir. Siempre contesto con sarcasmo, o estallo en risas, o digo alguna ironía.
Emma
Aaaay, somos dos. Decime por qué no nos callamos.
Julia
¡No se! Cuando un tipo me dice "que piel suave" o algo por el estilo, en vez de sonreír y callarme la boca, viene a mi mente que no es la primera vez que me lo dicen, y quiero preguntar: ¿las demás mujeres tienen papel de lija en lugar de piel?. Y como no lo pregunto digo alguna estupidez semejante.
Emma
Noooo. Yo también he pensado eso cuando me piropean la piel. ¿Será que tienen papel de lija?
Julia
Que mal que estamos. Será.
- Conversación virtual Nº 2:
[luego del interrogatorio queesdetuvidaquehacemuchoquenosenadadevos]
Martín
Así que andas acompañada!
Julia
Algo así
Martín
Que bueno por vos pero que envidia por el afortunado.
Siempre me acuerdo de lo bien que la pasaba con vos
Julia
Fue una linda historia
Martín
Si.
Me gustaba besar tu espalda
Julia
Ah, bueno.
Martín
Mejor no sigo.
Julia
A mi no me molesta, ja, ja.
- Conversación virtual Nº 3:
[Combinando para vernos]
Daniel
Julia, un pregunta... ¿vos te tocas?
Julia
Si
Daniel
¿Y alguna vez te tocaste pensando en nosotros?
Julia
Puede ser... alguna vez.
Daniel
yo algunaS veces
y anoche fue una
Julia
ahá
Daniel
Te tengo muchas ganas negra
Julia
Ya veo
Daniel
Si? qué ves?
Julia
Veo que el ratón más chico está escribiendo por vos ja, ja.
Daniel
Ja, ja. ¿y tus ratones?
Julia
El más grande me está cebando mates.
Si te he visto, no me acuerdo
- A ese pelado lo vi en algún lado - le susurré a Sole - Creo que toca la guitarra - continué.
- Está bueno - dijo Sole - y el amigo también.
No era más que una conversación de sábado a la noche, pub mediante. Trataba de recordar de donde conocía al supuesto guitarrista cuando éste se acercó a nuestra mesa y comenzó a hablarle a Sole. Lo secundó el amigo y le siguieron las presentaciones. El pelado y su amigo tenían por nombres Gabriel y Esteban respectivamente.
- No, yo no toco la guitarra - aseguró Gabriel - y la charla tomó otro camino.
Sole y Gabriel se entendieron de la misma forma que Esteban y yo. La madrugada trajo consigo mimos y besos. Y el amanecer fue testigo del intercambio de teléfonos y promesas de vernos a la noche siguiente. La cita era doble. Nos encontramos en un bar, tomamos cerveza, nos divertimos pero en algún punto de la noche nos separamos. Sole se fue con Gabriel y Esteban y yo nos fuimos a su casa.
- Te voy a hacer ver las estrellas - prometió Esteban mientras me llevaba de la mano hacia la habitación. Traté de contener la risa por lo cursi de la frase pero estallé en una carcajada cuando miré hacia el cielorraso y descubrí que estaba repleto de estrellas fluorescentes que brillaban en la oscuridad. Minutos más tarde estallé, pero no en carcajadas.
A los días salimos los cuatro de nuevo.
- Julia, ¿te conozco de algún lado? - me dijo Gabriel.
- No creo. Mirá que yo tengo memoria fotográfica y además tu nombre no me suena - contesté y agregué - Una vez conocí un pelado que hacía parapente, ¿vos me dijiste que haces aladeltismo?
- Si, yo vuelo en ala delta - respondió.
- Ah, parecido pero nada que ver - concluí.
Cierta tarde estábamos tomando mate Esteban, Sole, Gabriel y yo. Grabiel hablaba de sus vuelos y "ala delta" retumbó en mi mente. Sole se levantó hacia la cocina y de ahí lo llamó: "Gabriel" y su nombre también resonó. Esteban bromeaba con algo y pronunció "pelado" y dio vuelta por mi cabeza la expresión "rulos". Gabriel contó algo de su facultad y la carrera "cine" me hizo click. Sole había ido hasta el baño, me levanté sin decir nada, y le golpeé la puerta insistentemente para que me abriera.
- ¿Qué pasa Julia? - inquirió Sole. Entré al baño y cerré la puerta.
- ¿Te acordás la noche que conociste a tu ex novio?
- Si, hace casi 2 años.
- ¿Te acordás que yo conocí a un chico y estuve a los besos?
- Si, si.
- ¿Te acordás como era?
- No, creo que no lo vi... ¿por qué?, ¿qué pasa?
- Bueno, era pelado y hacía aladeltismo.
- Nooooooooo, ¿y recién te das cuenta? - dijo riendo
- Si Sole, estaba muy borracha - y reí también.
Salimos del baño tratando de no perder la compostura, cosa que no logramos. Nuestra seriedad se esfumó ante las miradas de Gabriel y Esteban, y empezamos a reír otra vez. Desconcertados preguntaban cual era el motivo de nuestras risas.
- Gabriel, viste que te dije que conocí un pelado que hacía parapente.
- Si - respondió.
- Bueno, sos vos.
Y las risas continuaron. No me había sonado el nombre Gabriel por la común sustitución de llamar "pelado" a quien luce su calvicie natural o provocada. Y recordé que él tampoco me llamaba Julia. Ante mi agitador mote él retrucaba un "rulos". Y por la desmemoria y confusión de deportes aéreos sólo puedo pensar que la culpa fue de la cerveza.
Obligada, obrigada
Julia, estoy viajando a Cba. Necesito joda, cerveza y sexo.
Cecilia
Joda vemos, cerveza seguro y sexo no, paso, me gustan los hombres ja, ja.
Julia
Pero mirá Julia que vengo mal, si no consigo algo, cuidate, ja, ja.
Cecilia
Así comenzó el diálogo con el que anunciaba su llegada Cecilia. Su necesidad tiene su explicación. Ella se casó muy joven, a los 21 y actualmente está divorciada. A veces quiere hacer lo que no hizo a sus 20. Y me busca de cómplice cuando yo tampoco tengo 20. Sin embargo la acompaño en sus andanzas por mi ciudad.
Esa noche pasé a buscarla y me interrogó acerca del itinerario que tenía previsto.
- Ceci, no tengo ni idea adonde podemos ir. No salgo nunca.
Aceptando que no tenía ningún plan, salimos en busca de algún lugar malo conocido. Intuía que la noche iba a ser larga, porque hasta que Cecilia no consiguiera lo que estaba buscando no iba a parar. Entramos a un pub y pedí un fernet enorme para poder soportar la música que estaba sonando. Después de conversar un buen rato, sentadas, salimos a circular dentro del boliche. Cuando ya creía que no había nada potable para saciar la sed de mi amiga, apareció un brasilero, un bomboncinho, que se puso a hablar con Cecilia. Segundos después apareció el amigo que, como no podía ser de otra manera, era inversamente proporcional al brasilero: feo y petiso.
- Ceci, si no te comés este bombón te mato. Yo me aguanto el amigo - le dije tomando coraje bebible con sabor a fernet.
Mi amiga bailaba con bomboncinho, el brasilero, y yo con Valentino, el argentino.
- La noche va a ser larga - pensé.
Valentino me hacía todas las preguntas de rigor: nombre, edad, estudiás, trabajas, venís siempre acá, etc. Le puse toda la buena onda que podía con tal que mi amiga se vaya con el brasuca. Y cuando miro, bomboncinho no estaba. Le pregunto a Ceci, y me dice que se fue a buscar algo para tomar. Empezó a tocar una banda en vivo y la gente comenzó a amontonarse justo donde yo me encontraba, alejándome de Cecilia. La perdí vista. Sólo deseaba encontrarla, verificar que se quedaba con el brasilero e irme a dormir.
- Me voy a buscar a mi amiga - le dije a Valentino.
- Pero tu amiga es grande, quedate acá, yo te cuido.
¿Yo te cuido? - repetí en mi mente y lo miré de muy mala gana. No quiso acompañarme y me zambullí en la multitud para buscar a Ceci. Unos metros más allá lo vi a bomboncinho y me acerqué. Le pregunté por Cecilia, empezó a hablarme en portugués, negando conocer el paradero de mi amiga y de repente se interrumpió:
- A vos no te puedo mentir. Vos eras compañera mía en la facultad - me dijo. ¿Cómo es posible que un tipo que está tan bueno se haga pasar por extranjero para ganar minas? - pensé - Es un boludo - me respondí. Y otra duda cruzó mi mente: ¿Cómo es posible que no haya notado semejante bombón para mirar en la facultad?. Soy muy autista, me dije. Inmediatamente di media vuelta y continué con mi búsqueda. Y allí estaba. Cecilia venía tomando agua mineral de una botella y la secundaba un morocho. La pongo al tanto del falso brasilero y ella me cuenta que pasó:
- Me cansé de esperarlo y me fui a buscarlo a la barra. Y le pregunté a él: ¿vos sos el brasilero?, y me dijo que no, que lo único que tiene de brasilero son las ojotas.
Me aseguré de que Cecilia se quedaba con el clon de bomboncinho y me fui a casa.
Al día siguiente me despertó un mensaje de Ceci:
Estás despierta? Muero por contarte todo. Lo agendé como Miguel el pijudo.
Respondí que estaba despierta y sonó mi celular.
El Señor de los anillos
Como en un cuento de hadas, encontré a un sapo que se convirtió en príncipe.
¡Me propusieron matrimonio!
La logia del Pato
Abrí el blog, sin demasiadas expectativas, para que leyeran mis amigas. Empecé a recorrer otros blogs y quedándome con algunos para visitar frecuentemente. De a poco fui comentando, y para mi sorpresa, fui recibiendo visitas de gente a quienes leía. Al principio era un poco reacia a la idea de conocer gente fuera de lo que uno puede intuir de como es el otro a través de sus escritos y de los comentarios intercambiados. Yo no esperaba hacerme de amigos. Y mucho menos esperaba que me quisieran conocer.
Pero Caro tomó la iniciativa. En un post dejó dos palabras que me hicieron pensar que estaba completamente loca: Encuentro blogger.
¿De qué me está hablando?, me dije. Y no le respondí. La idea de juntarme con extraños no me atraía y desconocía si ella tenía un grupo blogger. Además la palabra blogger me generaba cierto rechazo.
Inmediatamente aparece otro comentario, de Luna, repitiendo las mismas palabras "Encuentro blogger". Caramba. Apareció su secuaz. ¿Y ahora?.
Luna y Caro me caían muy bien. Sentía afinidad. Sus blogs son excelentes y me había halagado mucho que ellas me leyeran. Ellas me decían grossa a mí [¿a mí?] y yo no entendía nada.
Seguí obviando las dos palabritas reiteradas, hasta que me di cuenta que no podía zafar. Caro dejó un comentario avisando que me pasó su mail para que la agregue en el MSN.
Accedí. Me agregó. No alcanzamos a presentarnos que dijo: esperá que Luna te quiere conocer. Estaban hablando de mí [me sacaban el cuero] Y la invitó a la conversación sin mediar consulta. Así se convirtieron en mis primeras amigas virtuales.
Casi en simultáneo Caro había abierto Porca Miseria con Cecil. A ella no la conocía. Pasé por su blog. ¿Por qué escribe todo en minúscula?. ¿Quién es la gorda ninguneadora?. No entendía mucho. Empecé a leerla en el blog que compartía con Caro, pero luego volví, entendí, me reí y me quedé.
Y en una madrugada mis amigas del chat me presentaron a Cecil. Además de la locura, todas teníamos en común que estábamos en pantuflas, y comenzó a gestarse la logia de la pantufla.
Las sesiones pantufleras se fueron haciendo más cotidianas y más reveladoras. No estábamos conociendo, dejando ver lo esencial de cada una. A través del monitor y un teclado, compartimos risas, llantos y delirios.
Paseando por uno de mis blogs preferidos, rememorando a nuestra [sí, nuestra] adorada Juana Molina un visitante nuevo, Pandemia, preguntó como dejar enlaces en los comentarios y de puro metida le enseñé. Así empecé a leer su blog y según él ya leía el mío pero no comentaba. Y de no comentar pasó a ser el comentador estrella, liderando el podio unos meses. Empezó a chatear con MIS amigas y me mandó un mail intimidatorio, titulado Todo Mal: Si... si, te escribo solamente para que agregues al msn a tu comentador estrella, si querés después bloqueame.... es mucho pedir?. Y se despedía diciendo que iba a sentenciarse fracasado si no lo conseguía. No podía cargar con la culpa de un fracaso, entonces le di mi mail [previa consulta a las chicas si era inofensivo y si no era un denso].
Un tiempo después, ya que teníamos cierta confianza por las peleas, complots, y demás locuras compartidas en todos los blogs mencionados, también comencé a chatear con Hernán. Y cuando los 6 nos tuvimos en nuestros contactos, después de muchas charlas grupales, se empezó a pergeñar el encuentro. Teníamos que conocernos. Queríamos conocernos. Había soñado con todos ellos [Caro seguramente era la dueña del loquero]. Era evidente que ya formaban parte de mi vida y que les tenía mucho afecto. Hasta el momento sólo conocía personalmente a Pandemia, y a Caro la ví unos días antes de juntarnos todos.
Elegimos fechas que tuvimos que postergar por diversas razones. Y como consecuencia del último y definitivo cambio de fecha, un juego que estaba previsto para después de nuestro encuentro, se produjo antes. Quien comentaba éste post primero se ganaba un patito de hule. Gané yo. Y como la cumbre estaba programada, sabía que iba a recibir el patito en mis manos de la propia dueña del concurso.
Y finalmente llegó el día. Un colectivo juntó a Cecil, Luna y Hernán, que los traía de Buenos Aires y Rosario respectivamente, con destino a la cuidad de Córdoba. Parada en la plataforma 22 (el loco) un día 13 de noviembre, me preguntaba si los iba a reconocer fácilmente. Y apenas los ví no tuve duda. Eran ellos. Y pude asociar sus voces a sus caras.
No se que explicación habrá para entender por qué me sentí tan cómoda, como si los conociera de hace años y que hubiera pasado un tiempo largo sin vernos. Pandemia llegó unos minutos más tarde. Y a la noche se selló el encuentro con Caro. Contamos con la actuación estelar de Max que se unió después.
Los viajeros se alojaron en mi casa, y al día siguiente nos fuimos a pasar el fin de semana a Carlos Paz, en patota [cuek].
Lo bien que la pasé y lo mucho que los quiero ya lo saben. No podía dejar de homenajear a mis amigos, que de virtuales pasaron a reales en muy poco tiempo.
Colorín colorado, este encuentro recién ha comenzado.
1 + 1 = 3
Miranda, a sus 27 años, como muchas, fantasea con que algún hombre la tome en serio. No tenía compromiso con nadie, y en una noche de alcohol conoce a Claudio, un chico menor que ella, muy enérgico. Miranda accede a ocupar el “mientras tanto” con él, y comienzan una relación light, del tipo: nos vemos cuando queremos.
Sus encuentros se producían cuando el “peor es nada”, como a ella le gustaba decirle, llamaba del restaurante donde cocinaba, avisando que pasaba a la salida.
Una tarde Miranda se encontraba esperando el colectivo, y conoce a Walter, con quien siente afinidad instantáneamente. En una ocasión Walter le propone a Miranda dormir juntos, sabiendo que ella se veía de vez en cuando con Claudio.
- ¿Y aceptaste? – pregunta una amiga de Miranda, a lo que ella responde sonriendo y asintiendo con la cabeza.
- Ah bueno, así que ahora con el enfermero. ¿Y el cocinero? – dice otra
- Y el cocinero aparece cuando quiere – responde Miranda
- Ay Miranda, ¿y si se te junta el ganado? – inquiere otra amiga.
Un viernes a la noche Miranda y Walter estaban en el departamento de ella, en su habitación, en la etapa previa de su encuentro sexual, sin percatarse de que en el contestador había un mensaje de Claudio anunciando su visita. Sus besos y caricias se vieron interrumpidos por el estridente ring del timbre.
- ¿Quién será? – preguntó molesto Walter.
- Ehm, debe ser el cocinero – dijo Miranda.
- Uy… ¿Qué hago?.
- Metete bajo la cama.
- Ah noooooo, que se meta él – protestó Walter.
Miranda, conteniendo su risa le avisó a Claudio, por el portero eléctrico que no podía atenderlo.
- Aaaah… te agarré en una – contestó él riendo. Y se fue.
Podría culparse al poder de las palabras de la bruja de la amiga que le advirtió sobre el asunto, o a las probabilidades de ser descubierto cuando uno hace trampa.
Sin embargo Claudio siguió visitándola, ya que escapaba al compromiso de las relaciones serias. A Walter, nunca más lo vio.
Todo por un polvo
María caminaba junto a Jimena una soleada tarde por el parque, mientras ella le contaba que la noche anterior había conocido a Lucas, y que estaba esperando noticias de él.
- Quedamos que esta noche nos vemos - Me iba a mandar un mensaje - dijo Jimena mientras sacaba su celular del bolsillo para verificar si había novedades.
En ese preciso instante, un muchacho adolescente que venía en dirección contraria le arrebató el teléfono de la mano y echó a correr.
Ante la eventualidad de perder el contacto con Lucas, Jimena empezó a correr detrás del pequeño delincuente, al grito de "me robaron" y María, atónita, la siguió. Algunos transeúntes se sumaron a la persecución. El amigo de lo ajeno era muy rápido, no solo en las artes del hurto, si no también en la velocidad que había alcanzado.
Las corridas tomaron tal entidad que unos muchachos que pasaban en auto, se unieron en el intento de atrapar al malhechor. Un sonido en progresivo aumento de volumen anunciaba un helicóptero que surcaba el cielo. No, eso lo ví en una película. No llegó un helicóptero pero increíblemente se apersonaron al parque un cabo y un oficial después de la llamada que realizó María al comando radioeléctrico, cuando el ladrón había logrado escapar. Jimena había ido hasta la comisaría mientras María esperaba a la policía. Todavía resonaban en su mente los lamentos de Jimena:
- Lo perdí, María, lo perdí!
- Ya lo vas a recuperar!
- Me refiero al número de Lucas, no al celular!
El oficial se acerca a María para que le relate lo sucedido. Empieza a exponer los hechos y el policía la interrumpe:
- Ah, pero ia lo agarrsharon al chico - le informa en perfecto lenguaje técnico.
María fue hasta la comisaría, donde aun estaba Jimena. Les anunciaron que podrían retirar el celular más tarde. Pero en carácter de (necesidad) y urgencia, Jimena solicitó que le dejen revisar el teléfono, y cuando se lo dieron justo ingresó el tan ansiado mensaje de Lucas. Jimena anotó el número y salieron aliviadas del precinto policial.
Cosas como éstas son las que ignoran los hombres. No sólo ellos hacen todo por un polvo.
Delivery
El calor, la ropa liviana, el tiempo libre propio de la vacaciones, predisponen a relajarse, sin pensar demasiado. Hacía unos días que estábamos turisteando Sofía, María y yo por el norte del país. En uno de los pueblitos de la hermosa Quebrada de Humahuaca nos encontramos contemplando, además del paisaje, la fauna autóctona.
- Apa, mirá quien está allá, el bombonazo que vimos anoche en el pub - dice Sofía.
Hasta ese momento ese hombre se llevaba todos los aplausos. La noche anterior habíamos recreado la vista mirándolo, ante el lamentable panorama que había en ese lugar.
Sentadas en la plaza principal ocupamos parte del ocio de esa tarde tomando unos mates, sacando fotos, y mirando a este muchacho. Y después de mucho observar recién notamos a su grupo de amigos.
- El de remera roja está muy bueno - dije entusiasmada.
- Si, está lindo - dijo María - y el que está sentado también.
La noche siguiente, en otro pueblito, en una peña, caminando velozmente con una botella de cerveza en la mano, y tres vasos de plástico apilados en la otra, me dirigía hacia la mesa donde María y Sofía me esperaban.
- El de remera roja está por allá, con otro remera.
Disimuladamente hicimos una inspección ocular del lugar. El bombón número 1 no estaba, pero si sus amigos. Llevábamos un par de horas allí, y demasiadas cervezas. La estrategia de pedir fuego funcionó a la perfección. Minutos más tarde los 3 amigos estaban acomodados en nuestra mesa. Y el de remera roja, Esteban, hablaba conmigo. María parecía muy entretenida en su conversación con Fede, y Sofía charlaba con Guille.
En algún punto de la noche siempre llega el momento de partir. Y de la peña salían 3 parejas con intenciones de que la noche no termine aun. Ninguna de nosotras podía ir a nuestra habitación porque parábamos en un hostel compartido. Y ellos estaban en auto, cada uno, se habían encontrado ahí, pero vivían en la ciudad. Esteban recordó un hotel al que podríamos ir, y en el camino pasamos por el kiosco de la única estación de servicios para comprar preservativos. Increíblemente no había. Tarde me acordé que como esa noche no llevé cartera, había puesto mi dinero y mis preservativos en la cartera de María.
Luego de un largo rato, estacionados en un lugar alejado, besándonos, sonó el celular de Esteban. Sorpresa fue saber que la llamada era de María. Salí del auto para hablar.
- ¿Cómo va todo? - pregunta María
- No va nada, no tenemos forros, ¿vos?
- Yo todo, en el auto. ¿Dónde están? ¿Querés que te lleve?
Con una sonrisa que iluminaba su cara, bajó María del auto de Fede y con un movimiento de sus manos y de las mías, casi como un mago que hace un truco de magia los forros llegaron a mi bolsillo.
Horas más tarde llegué al hostel después de haber disfrutado mucho con Esteban. Sofía y María se despertaron. María había sido la primera en llegar. Sofía nos contó la parte de su aventura que concluyó en un hotel alejado en la ruta, y nosotras le narramos entre risas, casi a dúo el delivery de preservativos.
Que todas las noches sean noches de bodas
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de boda,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de bodas,
que todas las lunas sean lunas de miel"
Recién llegada a Tucumán, buscando apoyo, le contó su decisión a su hermano.
- ¿Vos te volviste loca Paula? ¡¿Cómo te vas a ir a Córdoba a vivir con un tipo que no conoces?! ¡Se arma el gran quilombo familiar si haces eso!
Paula, afligida, le escribió a Germán diciéndole que no iba a poder irse con la familia en contra. Germán la llamó por teléfono:
- Entonces nos casamos - propuso. Paula aceptó.
Germán viajó a su pueblo, en Mendoza, para anoticiar personalmente a sus padres de su inminente casamiento y pedir ayuda económica. Germán no tenía un peso. Viajó a Tucumán para presentarse formalmente, ver a Paula, y comunicar a los padres de Paula la decisión de casarse, lo que se conoce como pedir la mano. Acordaron casarse allí. El volvió a Córdoba y, hasta unos días antes del civil, estuvieron sin verse. Se compró un traje para la ocasión y un amigo le prestó una muda de ropa decente para que usara allá.
Se casaron sólo por civil a mediados de abril, a los 2 meses y medio de haberse conocido. La familia de Paula los homenajeó con un asado, para los parientes más cercanos. Algo sencillo.
El primer tiempo de matrimonio fueron realmente pobres. Vivían en una habitación de una pensión. Se bañaban con la asistencia del otro en una palangana. Sus convicciones, su voluntad y su capacidad hicieron que pudieran progresar económica y personalmente. Siempre admiré su fuerza de voluntad y sus grandes corazones, generosos, como ninguno.
Germán se recibió al tiempo, ambos ejercieron sus profesiones y luego llegaron sus dos hijos. Tuvieron dificultades que superar, enfermedades que sanar, asperezas que limar, risas que compartir, momentos de angustia, y momentos de felicidad. Nunca se separaron. Paula y Germán se encontraron y siguieron juntos a pesar de los pesares, de las imperfecciones, y de que la pasión del amor de los primeros tiempos ya no era la misma, sino que fue mutando a un amor de compañía, de compañerismo, de necesitarse mutuamente, de no poder vivir el uno sin el otro.
La primera vez que escuché su historia fue cuando cumplieron 25 años de casados, las bodas de plata, aniversario que convirtieron en la fiesta de casamiento que nunca tuvieron. Yo tenía 11 años. Atónita oía el relato, sin perder detalles, que entusiasmada contaba una tía, invitando a los presentes a brindar por Paula y Germán, mis padres.
Asignatura pendiente
En el colegio secundario nunca pertenecí al grupo de “las lindas”. “Las lindas” eran las otras. Siempre fue así. Pero en el colegio secundario eso pesaba. Yo me caracterizaba por tener perfil bajo. Era muy tímida para generar nuevas amistades, pero con mis amigas era extrovertida y divertida. Mi grupo de amigas también era así. Sin embargo “las lindas” creían que era exclusividad de ellas todo lo que sea diversión. Ellas se juntaban con los chicos más lindos y divertidos, ellas fumaban por que era muy copado, y si te cruzaban en un boliche con un pucho en la mano te preguntaban atónitas, con una mano en el pecho: "Julia, vos fumás?” y de sus ojos vidriosos se alcanzaba a leer la desilusión que les provoca saber que también fuma la gente no linda. Y si te veían con un novio, se juntaban en grupo a reírse, cómplicemente, cuchicheando “tiene novio”, como si tuviesen 5 años y pescaron a la hermana mayor infraganti.
Ellas llamaban siempre la atención. Nosotras nos divertíamos sin necesidad de hacerlo público, y si los problemas que provocábamos quedaban ocultos, más divertido era. El anonimato era nuestra mejor herramienta.
Llegué a ese colegio en segundo año. La mayoría de mis compañeros cursaban allí desde la primaria. No conocía a nadie, y terminé conociendo a poca gente hasta terminar quinto. Recuerdo del año que entré, en un acto unos chicos de quinto año, amigos de “las lindas” de todos los cursos, hicieron un sketch que me quedó grabado en la memoria por lo gracioso y por sus protagonistas: “los lindos”.
Hace un tiempo el colegio cumplió 50 años y festejó con todas las promociones. Con algunas compañeras decidimos ir. Nos encontramos con gente de todos los años, profesores, celadores, directoras. De nuestro curso solo estaba un grupo considerable de “las lindas”, aquellas que años atrás se llevaban el mundo por delante, ahora casadas, amas de casa, con hijos, algunas recibidas pero sin ejercer su profesión. Las preguntas de rigor de ellas hacía mí, después de un mirarme de arriba abajo en mis narices, y decirme que estoy igual, que los años no me pasaron, y otras adulaciones, fueron las siguientes:
- ¿Te casaste? No. ¿Tenés hijos? No. ¿Tenés novio? No.
El concepto de felicidad para las ahora “ex lindas” pasa por ahí. Y la extrañeza de su mirada buscando una respuesta en mis ojos de ¿cómo es posible?, me hacen dudar si lo que sienten es lástima porque estoy sola, o si realmente piensan que no puedo ser feliz, o por lo menos, estar bien. No obstante veo más arrugas detrás del maquillaje que las que hay en mi cara sin maquillar, y pienso que tal vez es envidia. No importaba. Yo me sentía espléndida. Radiante.
La fiesta del colegio está en su mejor momento. Yo estoy con mis amigas bailando con una copa vino tinto en la mano. Estar tomando vino en el patio del colegio al lado del mástil es una experiencia muy extraña, pienso. La fiesta era de reencuentro, por lo que todos nos presentábamos con todos, o nos reconocíamos después de algunos segundos de examinarnos, y bailábamos de a grupo como en el secundario. Distingo en el medio del patio a los chicos de aquel sketch que ví en segundo año. Particularmente había uno que aquel año me gustaba y como egresó mucho antes que yo, no lo había vuelto a ver. Y allí estaba. Con unos años y unos kilos más. A los pocos minutos él y sus amigos pasaron por donde estábamos nosotras, entre bailes, vueltitas y trencitos, cada uno decía su promoción, su nombre y salía a colación alguna anécdota del colegio.
- Vos hiciste con él – le digo a Luciano señalando a su amigo – un sketck donde bailaban con la música de “suena tremendo”.
- Si – responde asombrado- mirá como te acordás.
De este recuerdo traído del pasado, repasamos las coreografías, entre risas, con sus amigos. “Las lindas” miraban espantadas como sus amigos de entonces estaban pasándola bien con nosotras.
-¿Estas segura que venías a este colegio? – me preguntó Luciano.
- Si, como no voy a estar segura – respondo riendo – no me extraña que no me conozcas, porque yo era de las “nerds”. Pero las “nerds” también sabemos divertirnos.
La noche siguió su curso, y Luciano seguía conmigo bailando. Luego siguieron los besos para el asombro de “las lindas”. Luciano insistió con ir a un lugar más tranquilo, después de fallar en todos sus intentos de que entremos en un aula. Pero yo no quise. Le di mi telefóno y le propuse encontrarnos otro día. Estaba cansada y él estaba bastante borracho. Y para la satisfacción de mi ego y alimento de mi autoestima había sido suficiente. El chico más "popular", el que fue el más lindo, aquel que nunca me había registrado, estuvo conmigo esa noche. Busqué a mis amigas antes de partir y me fui con ellas.
Cuando me dieron el analítico en quinto año, omitieron asentar que me había quedado previa la materia de “La vengaza de las nerds”. Aquella noche pasé el examen y con creces.


