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La historia que aun no conté

Para que la inocencia les valga, aquél día del inocente se me ocurrió bromear con la idea de que alguien había llegado a mi vida, dentro del marco de las historias que se contaban por acá. Visto de ese ángulo, un acontecimiento semejante era algo que rozaba lo increíble, no porque no fuera capáz de estar bien con un hombre, sino porque no me lo creía, no lo veía factible, lo negaba. Podría haber elegido otro tópico para hacerles caer en la duda, pero elegí el que menos veía posible, con el aditivo de que la escena imaginada parecía salido de una película cursi.
Sin embargo, no mucho tiempo después me di con que la inocencia la tenía yo: si me podía pasar y me pasó, aunque muy lejos de las hadas, los sapos y los príncipes, para mi suerte. Quizás la historia que nunca escriba sea esta, la más linda, la más romátinca, la más importante, porque no tiene fiascos, ni furcios, ni metidas de pata, salvo en los comienzos cuando le mandé un mensaje diciéndole que iba a salir con un tipo, y el tipo era él. Es una historia que no es graciosa, pero que tiene muchas risas, las nuestras, las que compartimos. Es una historia que estamos viviendo, que empezó con soledades y continúa con compañía, con ilusiones, con proyectos.
El fin de año nos sorprendió en una casa, la nuestra, la que estamos refaccionando, aquerenciando, disfrutando. No creí que me podía pasar y cuando pasó, por primera vez me dejé llevar. Y qué bueno que fue así.

Con tonada cordooobesa [Reloaded]

Los nero [(Sust.)Persona, varón, elemento, sujeto, vago, tipo, individuo u hombre nacido o por opción en la provincia de Córdoba. Apodo o nombre "por defeto" asignado a cualquier sujeto del sexo masculino sospechado de el. (Ej. Que hací Varón! - Hola Nero como'andai...). Plural de Nero: "Los nero", conjunto de vagos cordobese en actitud de grupo (ej.: "Los nero rechupadazo saltaban en la tribuna cuando Taiere hizo el gol del empate")] de mi ciudad, involuntaramiente o no, me hacen reír muchísimo. No sólo por sus ocurrencias, si no por la forma de hablar: el cordobés básico utilizado en su máxima expresión.
La clave de la tonada cordobesa es estirar la sílaba anterior a la acentuada. Esto requiere práctica y son pocos los imitadores que la consiguen. Para que sea auténtico es necesario utilizar el léxico autóctono y olvidarse de muchas consonantes. Es indispensable, además, reemplazar el "voy a" por "via" o su variable afrancesada "vua".
Cuando hago uso de algunos de sus términos con gente foránea debo recurrir a la explicación. Muchos se quedan afuera si progongo que "piquemos el champión" [léase: vamos]. Si digo "guaso" para referirme a alguien, alguno piensa que lo traté de ordinario, cuando su significado es parangonable a "nero".
No tengo intenciones de dictarles un curso ya que muchos se tomaron el trabajo de hacerlo, pero si quería ilustrarles con algunos ejemplos cotidianos, a saber:

1. En zona de Piratas [Barrio Alberdi] minutos antes de un partido de fútbol, me encontraba en una esquina detenida por el semáforo. Hacía 40 grados de calor a la sombra [un caloooorón] y tenía ambas ventanillas delanteras bajas. A cada lado había un auto, repletos, ambos, de hinchas de Belgrano, que decidieron hablar entré si, aprovechando la ausencia de barrera de sonido de mi vehículo. Después de escuchar saludos tales a "que hacei titán pantera", "que contai nero culiau", y viendo que el semáforo volvía a rojo, tomé un mechón de pelo y me lo ensortijé en un dedo, a modo de distracción. El sujeto que estaba a mi izquierda notó esto.
- No te hagai lo rrrrshulo - me dijo - te queda lindo asé.
Traté de ignorarlo y continué con lo mío.
- Deeenserio te digo - insistió - te quedan rrrrhse lindo lo rrshulo asé.
- Gracias - le respondí, e impacientándome porque el maldito semáforo no cambiaba, tomé mi celular para mirar la hora y hacerme la distraída, de paso. Pero no pude contener la risa cuando dijo:
- ¡Qué! ¿Vai a agendá mi número?.

2. En un noticiero local, un notero entrevista a una mujer en la puerta de su casa, quien muy indignada, espeta barbaridades sobre un vecino, acusándolo de violador y ladrón, entre otras cosas. El periodista le cede el micrófono a otra vecina que se suma a la escena. Aparentemente la segunda no cuenta con un rosario de puteadas tan amplio como su vecina. Entre los insultos que le propinó al supuesto delincuente se escuchó: "pero q'esperá, si e' un hincha 'e taiere, pecho frío".

3. Amenaza cordobesa: "te vua meté un trompaaadón que te vai'aburrí de caminá paaa'trás".

4. Primer año en la escuela secundaria. Entre los elementos de ese colegio [el año siguiente me cambié] tenía un compañero, "el mono", al que el mote de "cordobesazo" le quedaría chico. Clase de inglés. Enseñarle inglés a un nero de pura cepa es misión imposible, como lo es permanecer serio al presenciar tal esfuerzo.
La teacher tuvo la idea de hacernos representar algunos de los diálogos que venían en el manual. Y me tocó en suerte actuar junto al mono. La escena transcurría en un aeropuerto. El estaba sentado y yo me acercaba para preguntar si el asiento de al lado estaba ocupado. El me decía que si, luego me cedía el suyo y venían las presentaciones, hasta que me ofrecía un cigarrillo.
La primer línea era la siguiente:
- Is this seat taken?
- Yes, it is.
El mono no estaba sentado, estaba echadazo en un pupitre, al lado del pizarrón.
- Is dis sit taiquen? - le pregunté.
- iieeee iiiití - respondió.
Repetimos esa parte mil veces, y la risa no nos permitió continuar. Ieee iiiití. Inolvidable.




Con la cabeza en el mundial (?)

De una conversación telefónica de la que no participo suelo imaginar de qué va la charla,  al no poder escuchar al otro interlocutor, aunque muchas veces no acierto en lo más mínimo, como me sucedió hace un par de horas. Una compañera de trabajo conversaba vía telefónica con otra. A mis oídos llega sólo una parte:
- blablabla
- Y sí. Uno a la mañana está permitido.
- blablabla
- No, nosotros ya no.
- blablaba
- Claro, ustedes están bien.

El diálogo real que mantuvieron se desarrolló así:
- Ya salió el jefe para allá, ahora vamos a poder desayunar tranquilas, tomar café toda la mañana.
- Y sí. Uno a la mañana está permitido.
- Uh, y ahora cuando llegue el jefe ustedes ya no van a estar muy tranquilos.
- No, nosotros ya no.
- Acá por suerte nos dejan solas.
- Claro, ustedes están bien.

La conversación que pasó por mi mente fue la siguiente:
- Nada como un mañanero antes de trabajar, pero tampoco da cansarse mucho.
- Y sí. Uno a la mañana está permitido
- Claro, uno está bien si no se hace tarde. Estamos a full.
- No, nosotros ya no.
- Ustedes hace mucho que están juntos, nosotros estamos de luna de miel.
- Claro, ustedes están bien

Quizás por esto del mundial esté con la idea FIFA.

Una llamada inesperada [Reloaded]

Por motivos laborales estuve una estadía considerable en Buenos Aires. Fue entonces que conocí a Martín. Compañero ocasional de trabajo y compañero ocasional de mi habitación de hotel.
Martín y yo nos divertíamos, fuera y dentro de la cama. El sexo era muy bueno. Pero yo no quería nada más. Y Martín tampoco.
Cuando volví a mi ciudad, de vez en cuando, nos comunicábamos por mensajes al celular o por el chat.
Cierta noche, pasando la medianoche, me encontraba tirada en la cama, aburrida de hacer zapping, cuando suena el teléfono de mi departamento. Un teléfono obsoleto, barato, de timbre chillón, esos que se fijan a la pared, digno de llamarse teléfono "fijo". Érase un teléfono a la pared pegado. Por la hora pensé que quien llamaba era mi vieja, para anunciarme alguna catástrofe o para consultarme si quería comer arroz con pollo el domingo. Las urgencias de mi madre son únicas. Agitada llegué hasta el teléfono después de una carrera de obstáculos por el comedor.
- ¿Hola? pregunté casi sin aliento.
- ¿Julia? Soy Martín. ¿Te desperté?
La historia con Martín era muy reciente y él me encantaba. Me emocionó su llamada, y empezamos a conversar de cosas insignificantes, como el trabajo por ejemplo. Y de pronto me dijo algo, no se qué exactamente, pero no fue la palabra lo que me movilizó, si fue la forma y el tono que usó. Tuvo la habilidad de excitarme, hablando, solamente hablando. Inevitablemente, me calenté. Y le seguí el juego, hasta que él también entró en calor. Las palabras comenzaron a ser imperativas, ordenadoras, prescriptivas, y nuestras manos, en nuestros respectivos cuerpos, siguieron minuciosa y meticulosamente las órdenes recibidas. De la silla pasé al suelo frío y duro. Enredada con el cable del teléfono y la ropa que pretendía despojarse del cuerpo seguí adelante. Fue así que se desarrolló mi primera masturbación asistida. A pesar de la incomodidad del suelo y de que el cable no me daba demasiada libertad, no tuve impedimentos para llegar a mi primer orgasmo de sexo telefónico. Martín también tuvo el suyo. Y al terminar ambos, del mismo modo, terminó la "conversación".
Al día siguiente, a la salida del trabajo, me fui de compras. Allá iba yo, orgullosa, caminando hacia mi casa, sujetando una bolsa que acusaba una compra recién hecha en su contenido. Entré al departamento, y como niño con juguete nuevo, impaciente saqué la caja que estaba en el interior de la bolsa, la abrí ansiosamente, y contemplé con cara de alegría la nueva adquisición: Allí estaba, reluciente, impecable, ¡mi nuevo teléfono inalámbrico!



Tipo como que metiste la pata, gooor

Mi viejo no tiene mejor idea que pedirme un favor una hora antes de que estoy por salir a un cita. Obviamente mi padre no conoce los detalles y no tengo intención de que lo haga, para evitar cualquier interrogatorio. Ante su pregunta de "¿podés?" le sigue mi respuesta de "No, tengo planes". Pero la respuesta no le conforma, porque  mi viejo quiere acomodar mis planes a los suyos, y para saber cómo, necesita saber qué voy a hacer. Insiste. Respondo que tengo planes, que no puedo, que si me decía con tiempo quizás me acomodaba. No satisfecho, insiste: ¿Pero adonde vas a ir, qué tenés que hacer? El argumento de "tengo planes" le resulta insuficiente. Le suena a excusa. A ver, que yo no te diga cuales son mis planes no significa que los planes no existen, le digo. Pero no hay caso. Vuelve a preguntar. Me ofusco. Agregar "no te interesa, no te importa" no ayuda. Mi viejo está convencido que el problema es que no quiero, y no que no puedo, porque no le explico. Le digo que voy al cine. Se queda tranquilo un rato pero yo estoy molesta.
En el medio me llama mi hermano. El favor le tocó a él en suerte. Me pregunta qué tengo que hacer. Sin necesidad de responderle mal, lo hago, porque estoy caliente: "¡Otro! ¡Qué te importa lo que tengo que hacer!"
- Bueno, che, no me importa, preguntaba nomás, después te quejás de que no me intereso por tu vida, de que no hablamos.
Finalizada la comunicación, entre resoplidos furiosos, tomo el celular y  le escribo a mi hermano un mensaje de texto:
"Voy a salir con un tipo"

Y después de enviarlo, veo, no sin asombro y con mucha vergüenza, que el mensaje se lo había mandado a mi cita en cuestión.

Leandro, el candidato [tercera parte]


Quería seguir durmiendo pero no podía conciliar mis pensamientos con mi cansancio. Simultáneamente sentía tristeza y alegría. Tenía tantas emociones encontradas que no podía diferenciar donde terminaba una y donde empezaba la otra. En las sensaciones que me invadían predominaba la angustia, y había desatado un llanto que no podía contener ¿Por qué lloraba desconsoladamente si la noche anterior había festejado? Lo sucedido se mezclaba con un sueño que apenas recordaba. Pero si me acordaba con exactitud todo lo que había pasado, como se habían acomodado las cosas para que la casualidad me juntara con Leandro la noche anterior.
Me había encontrado un día antes con Fer, un amigo que hacía mucho tiempo no veía. Me invitó a una fiesta de la primavera porque tenía a su cargo una parte de la organización, y como hacía tanto que no nos juntábamos, acepté. La fiesta era en un famoso boliche que no conocía y que me daba curiosidad conocer, y allá fuimos, Valentina, Sofía y yo. No soy fan de la música electrónica, del punchi punchi, ni de los desfiles primaverales, pero nos estábamos divirtiendo, mirando el espectáculo y brindado por el reencuentro. En un momento me pareció ver que Leandro caminaba entre la multitud, a un par de metros de donde estaba. ¿Leandro acá?, no puede ser, pensé. No sale nunca, y menos acá, seguía diciéndome. Traté de afinar la vista, y efectivamente era él. La miré a Valentina, le dije “Leandro” y salí detrás de él. Me escurrí entre la gente y a una velocidad increíble llegué a alcanzarlo y le toqué el hombro.
Stop. Falta un detalle. Recapitulemos. No estaba en un boliche cualquiera, estaba en la maricoteca más emblemática de la ciudad de Córdoba, y el desfile era para elegir al “chico primavera”. Estábamos rodeadas de gays, incluyendo a mi amigo Fer, quien era el asesor de imagen de algunos de los que desfilaban. Valentina puteaba porque los hombres no le miraban ni una teta ¡No hay un solo hetero!, reclamaba a vaya saber quien. Sofía me preguntaba si parecía mujer o un travesti y Valentina decía sentir lo mismo. Los tipos desfilaban en ropa interior y los hombres gritaban más que las mujeres. La noche se estaba convirtiendo en algo demasiado bizarro.
Ahora sí. Le toqué el hombro, Leandro se dio vuelta, y las palabras salieron sin control:
- Leandro, ¡sos puto y no me dijiste nada! – le grité.
- Nunca pude – me dijo y se rió. La música se transformó en un ruido sin sentido, que parecía sonar muy lejos. Leandro me preguntaba con quién estaba y adonde. Dijo algo de comprar cerveza y de volver después. Yo respondía por inercia y volví con las chicas, caminando sin sentir mis piernas. “Nunca pude”, resonaba en mi mente. ¿Nunca pude contarte, nunca pude ser puto, nunca pude qué? ¿Era una joda? ¿O al fin todo cerraba?
- Es puto, Julia – decía Valentina
- No te puedo creer – protestaba Sofía.
Leandro volvió, como había prometido.
- Vengo a confirmar lo que me preguntaste antes – dijo y se reía.
- Me estás jodiendo, boludo – negaba neciamente, esperando que la risa sea joda y no producto de los nervios.
- En serio, no me lo hagas más difícil. Soy gay.
- La puta que te parió, me quedé a dormir con vos y no me dijiste nada – le reprochaba a la vez que me reía mientras negaba con la cabeza. Quería abrazarlo, quería llorar, quería reír, quería celebrar. Me sentía patética por haber perdido aceite tantos años, pero a la vez me sentía feliz por conocer la verdad, por saber que Leandro tenía una vida que ya no me iba a ocultar, que a pesar de haberlo visto ahí podría haberlo negado, pero se había decidido a confesarme lo que muchas veces sospeché, y pregunté hasta el hartazgo, para que todos me dijeran “nada que ver”. También lo hacía responsable de su parte, de haberme tenido de pantalla, quizás inconscientemente, para que todos piensen que tenía onda conmigo y nadie cuestione lo contrario. Pero eso ya no importaba, lo comprendía y lo aceptaba. Finalmente entendí muchas cosas mientras él más me contaba. La salteña que no quería presentar porque era un bagarto, era en realidad un salteño. Cuando no salía con nosotros, o se escapaba temprano de un asado no se iba a dormir, al menos no solo, y tenía más joda que todos los que lo creíamos un nono. Me enteré de todas las veces que me quiso contar cuando salíamos juntos a correr y ahí comprendí que los silencios se debían a que no se animaba. Entendí que no debe haber sido fácil para él y que nunca quiso lastimarme. Cuando me dijo años atrás “tenemos que hablar”, después de la noche que me quedé en su cama, era sobre esto.
- Sos mi única amiga, Julia, sabés las veces que te lo quise decir – dijo emocionado y me conmovió. Lo abracé fuerte. Y agradecí a la parte más recatada de mi ser que hizo que aquella noche no me hubiera sacado el pantalón.




Leandro, el candidato [segunda parte]



Nos preparamos para dormir. Leandro salió del baño en boxer y se acostó en la cama. Yo me había sacado las sandalias, el cinto, el corpiño, pero seguía vestida. Me acosté junto a él. Estábamos enfrentados. Puse mi mano sobre la almohada y me la tomó. Me preguntó si no me iba a sacar el jean. Le dije que no. Pensaba que ya había hecho mi movida y que ahora era su turno. Rozó mi pie con el suyo:
- Tenés los pies fríos – dijo.
- Si, siempre – respondí, y frotó sus pies con los míos para darme calor. Se hizo un silencio. Ahí estábamos, enfrentados, tomados de la mano a la altura de la almohada, sin decirnos nada, al menos por un rato. Mi cabeza no paraba un segundo, pensaba qué decir, qué hacer. La situación era muy rara. A pesar de que había fantaseado con estar en su cama, no dejaba de estar nerviosa e insegura. No me animaba a subir más la apuesta porque no quería otro fiasco, y menos con él. No era un casiconocido al que después no iba a ver más. Me aterraba la idea de avanzar más y obtener por respuesta un rechazo. Parecía que se había dormido, pero al rato empezó a reírse:
- Qué jodón el tuyo, en la cama con un tipo que no da más del pedo, y encima no te sacás el jean para hacer cucharita.
Mis intenciones eran claras y no consideraba que necesitara ponerle más énfasis como sacarme el pantalón.
- Sacámelo vos – pensé, pero no se lo dije. Esperando el beso que nunca llegó, me dormí. Al otro día desayunamos y me fui a mi casa. Mientras caminaba las 8 cuadras hice un repaso mental de las últimas horas y tenía ganas de tirarme en la primera alcantarilla que viera. Quería que me tragase la tierra.
A los días hablamos por teléfono:
- Tenemos que hablar sobre la otra noche – me dijo. Quedamos en que nos pondríamos de acuerdo para juntarnos a charlar, pero la conversación se postergó por un acontecimiento no previsto que sucedió poco después: conocí a alguien y me puse de novia. Leandro seguía siendo mi amigo y sobre esa noche no dijo nada.
Mi hermano pasó a buscarme una tarde, antes de la charla telefónica con Leandro y saqué el tema:
- ¿Viste que en cumple de Leandro me quedé?
- Si – respondió – pero me dijo Leandro que te fuiste al rato.
- ¿Ah, si? No, me quedé a dormir, pero no pasó nada.
- Yo pensé que habían cogido – dijo para mi asombro.
- No, no me tocó un pelo. Quizás porque soy tu hermana, o porque soy la amiga.
- Eso es una boludez. Somos grandes.
- Capaz que no le gusto.
- No creo, es cagón nomás.
- ¿No será gay?
- Nooo, nada que ver. Es cagón – concluyó mi hermano.
Tiempo después, tomando una cerveza con el Vasco, le conté lo sucedido aquella noche.
- Bueno, Julia, no te quejés, Leandro te respetó.
- ¿Me respetó? Para mi es una falta de respeto que no me falte el respeto cuando yo quiero que me lo falten.
- Boluda, te digo en serio.
- Entonces no le gusto.
- Te dije una vez que conversando con él, me dijo que vos tenés todo lo que le gusta de una mujer.
- Claaaaaaro, y por eso me respetó.
- Si, Julia, te respetó, porque sos la amiga – Protesté resoplando y propuse un brindis por los desencuentros.
Un par de años después, cuando la soledad era mi compañía otra vez, volvía a resurgir entre mis amigas celestinas, las miradas con renovadas esperanzas hacia ‘Leandro, el candidato’, en cuanto avistaban en mí el más mínimo interés. Y los jueguitos de doble sentido renacían, como siempre, cada tanto.
Me había mudado más cerca de su casa, y empezamos a ir a correr al parque colindante a nuestra calle. Él me pasaba a buscar, y yo, que tengo menos estado que Israel, trataba de seguirle el ritmo, pero esa actividad compartida no duró mucho tiempo. Mis rodillas se inflamaron y no podía siquiera subir las escaleras de mi trabajo. Aquellas tardes en las que pasamos tiempo juntos y solos, ninguno habló sobre nosotros, si es que había un ‘nosotros’ pendiente.
De vez en cuando nos mandábamos sms, el escribía algo sugerente, yo retrucaba, pero todo se había convertido en mera diversión. Resignada y quizás desinteresada, me divertía con cada una de sus ocurrencias y cada respuesta mía. Y así continuó el histeriqueo crónico, la falta de definición, las teorías de mis amistades, mis análisis, pero ya sin esperar nada más. Siempre más de lo mismo, hasta que todo cambió. Poco más de cuatro años después de aquel cumpleaños, me desperté una mañana con un terrible dolor de cabeza, una resaca espantosa y una sensación que no podía precisar. Mientras trataba de incorporarme, recibí un sms de Leandro:

"Todo lo que creés que pasó anoche fue producto de tu imaginación por el alcohol.
Nunca nos vimos, jajaja"
Y empecé a llorar.



Leandro, el candidato

Hay mujeres que son celestinas por naturaleza, algunas hasta la obsesión, y siempre están buscando la forma para despertar el interés de alguna que esté sola, y son capaces de venderle ‘como bueno’ al primer zombie que no tenga anillo en la mano izquierda, aunque tenga aspecto de asesino serial. Pero si es bueno, ¿por qué no te gusta? Porque parece Anibal, el namber uan. Ay, no seas mala, no seas prejuiciosa.
¿Por qué no te gusta? ¡Qué incógnita! ¿Existen explicaciones lógicas para responder esa pregunta? Creo que no. Cuestión de piel o de química que no se puede traducir en palabras. Como la pregunta contraria ¿qué le vió? Tampoco tiene respuesta. Y ni hablar del interrogante ¿Es un hdp, por qué te gusta?
Es así que durante un tiempo mis amigas insistían con Leandro, el candidato perfecto. Al decir de las viejas, Leandro siempre fue un buen partido: es lindo, vive solo, trabaja y es muy divertido. Lo que me divierto con él no tiene nombre. Me hace reír muchísimo. ¿Por qué no Leandro? Preguntaban. Mi respuesta era simple: porque no me da bola. Y ahí aparecían todo tipo de teorías y especulaciones, porque descifrar a Leandro no era tarea sencilla. Y esa manía de buscar palabras encriptadas, de leer entrelíneas, hacía las cosas más confusas. Pero esto no surgía por agarrarnos del aire y fantasear cuentos de hadas. Leandro fomentaba la falta de claridad. Como un maestro del doble sentido, hacía juegos de palabras, insinuaba. Y cuando todo parecía indicar que sí había algo entre nosotros, él se alejaba, o se hacía el desentendido, y un silencioso y no pronunciado No’ me cacheteaba la realidad en la cara y todo se diluía en segundos. Leandro me gustaba, más cuando estaba sola, hasta que me cansaba de tanta indecisión y mi mirada buscaba otros horizontes. Me olvidaba de él cuando estaba interesada en otro.
Sin embargo ‘Leandro, el candidato’ era el tópico preferido de conversación, sobre todo después de alguna juntada donde habíamos estado riéndonos, toda la noche, juntos. Y volvía la pregunta ¿Y qué onda?
- Quizás no le gusto. Repito, no tengo por qué gustarle.
- Mmmm, para mí no, ¿por qué hace lo que hace y dice lo que dice entonces? – insiste María
- Para mí, Julia, es por tu hermano. Son amigos de toda la vida y te ve como la hermanita del amigo – opina Sofía
- No, no creo. Mi hermano no es cuida.
- Capaz que no te ve como la hermanita del amigo, pero si le pesa el hecho de que sos la hermana del amigo – aporta Emilia
- ¿Pero por qué? ¿Acaso los hombres no siempre quieren que los amigos le presenten a la hermana y a las amigas de la hermana?
- A lo mejor siente que si tiene algo con vos, se tiene que poner las pilas en una relación estable, porque no le da para un polvo con la hermana del amigo – agrega Emilia.
- Pero la puta madre – protesto - soy una mujer, antes que la hermana del amigo. Y yo no se si quiero una relación estable. Me gusta, pero no se qué onda. Si pasa algo a lo mejor, ninguno de los dos quiere más. Qué se yo. Eso no se puede saber. Y somos grandes como para manejarlo, me parece.
Y el tema ‘Leandro, el candidato’ se enriquecía con nuevos análisis, más conclusiones, revisiones de escenas anteriores entrelazados con los avances del próximo capítulo.
Cansada de tanta especulación y ansiosa por una definición, decidí que iba a tener que dar el primer paso,  si es que no quería quedarme con la duda. Y odio quedarme con la duda.
Llegó el día de su cumpleaños y festejaba en su departamento. La noche se desenvolvía como de costumbre: comer, tomar, hablar tonteras y reír a carcajadas. Estuve evaluando cada gesto para tomar coraje. Los invitados se fueron yendo.
- Julia, ¿te llevo? – preguntó mi hermano. Él y unas amigas eran los últimos.
- No, no – dije para el asombro de Leandro y el resto – Me quedo, estoy escuchando U2 – Qué excusa más idiota, pensé.
Leandro los acompañó hasta el ascensor y volvió. Yo estaba sentada a la mesa. Se sentó al lado. Dijo que estaba muy borracho y me empezó a contarme sus aventuras amorosas con una salteña que conoció por Internet.
- “Y a mí qué carajo me importa” – pensé – o quiere demostrar que no es un nono, como yo le digo, porque siempre se va a dormir temprano y nunca mostró una novia, o es su forma sutil de decirme que no le gusto nada.
- ¿Y por qué no la invitaste a tu cumple? – pregunté después de escuchar el relato de la supuesta vida de casado que hizo por unas semanas.
- No, porque no daba.
- ¿Por qué no? – insistí – y esta escena se repitió unas cuatro veces.
- Porque es un bagarto – concluyó.
- Mirá si sos hijo de puta, ¿y qué tiene?
Y me cambió de conversación, retomando a su estado de embriaguez:
- Tengo un pedo.
- Bueno, me voy – dije y me levanté.
- Te acompaño a tu casa.
- Dejate de joder, decís que te caes del pedo, vivo a 8 cuadras, me voy caminando.
- No, no te vas a ir sola, te acompaño.
- Me tomo un taxi.
- Son 8 cuadras, te acompaño.
- Estás borracho, me voy a pata – y la escenita se repitió hasta el hartazgo. - Bueno, como no me dejás ir sola y yo no quiero que me acompañes, me quedo a dormir y listo – subí la apuesta y Leandro tardó en reaccionar:
- ¿Y vos te vas a animar a dormir como amiguitos conmigo?
- Por supuesto, si estás tan en pedo no se te debe ni parar – y nos reímos.




Brechas pintadas con brochas

Emma: A veces hace cada comentario que me hace pensar: ¿esta mujer piensa que soy virgen? Otras veces me hace comentarios re de “superada”...
Emma: Mi vieja es bipolar
Julia: Claro, por ahí mi vieja se la tira de liberal; si me voy de vacaciones, por ej. me dice todas sus recomendaciones, y agrega: “si vas a coger usá forro”
Emma: Jajajajaja
Julia: Y mi viejo la fulmina con la mirada, imaginate.
Emma: Jajajajajajajaja
Julia: Pero si yo salgo con un tipo (que son escasas las veces que se entera) camina por los techos y empieza con todas sus preocupaciones sobre el sida, y me pide que me cuide...
Emma: Oh, también es bipolar
Julia: Oh, si, si, lo es. Entre un novio a otro novio hubo un lapso considerable, y una vez que me salió con esas recomendaciones, me cansó y le dije: mamá, ¿vos pensás que yo en todo este tiempo no tuve sexo? Me se cuidar.
Julia: Y ahí se calló... jaja, pobre.
Emma: Jajajajajaja y si...
Julia: Nunca sabrá cuantos, ni cuando, pero que se de cuenta que la nena coge cuando quiere o cuando la dejan :P
Emma: Jajajaja es que es lo más normal.
Julia: Hace unos días mis viejos me miraron con los ojos bien grandes.
Julia: Resulta que no se que programa estábamos viendo y sale el tema de las “mujeres rápidas”, “locas”, “trolas”, saraza, y ellos estaban muy moralistas, opinando. Entonces yo dije: a ver, tomemos el caso de una joven de 20 años, que tuvo su primera vez con un novio. Se separa, al año, tuvo otro novio. Ya se acostó con dos, no le fue bien. El otro año, conoce uno, para conocerse hay que intimar, tiene sexo. Salen seis meses, después conoce otro, están juntos 3 meses. Ya van 4 tipos, en 3 años, tiene 23. Si seguimos así, desde ahí la mina estuvo con 1 hombre por año, promedio, llega a los 35 y se garchó a 16. ¿Es una loca?. Supongamos que en vez de 1 fueron 2 novios (o festejante, amigarche, sujeto con título habilitante al toqueteo, lo que fuere) por año. Se garchó a 26. ¿Es un loca?. ¿Y si fueran 3 por año? Que en 10 años una mujer adulta haya estado con 30 tipos (3 por año), no la califica de loca. ¿Y si fueran 4 por año? Uno cada 3 meses. El número crece. Muditos se quedaron jajaja. Soy muy bestia.
Emma: ¿Y tus viejos se arrancaban los pelos y gritaban horrorizados?
Julia: No, no, se quedaron pensando que su realidad es y fue muy distinta a la de ahora y después me daban la razón: no, en ese caso no. Y yo posesionada en mi discurso, ya me había parado y daba vueltas por el living, exponiendo: "tener sexo en forma sana, responsable, y adulta no es promiscuidad, tener parejas sexuales estables, menos tiempo de lo uno quisiera no es para juzgar a nadie, bla, bla, bla"
Emma: Daba cátedra despertadora de padres, pobrecita.
Julia: Si, jeje. Y yo creo que en el fondo pensaban cuantos me podría haber garchado yo. Me callé cuando pensé que la cara de mi viejo, que es bueno para los números, podría deberse a que estaba restando los años que estuve de novia con los años de soltería, más o menos cuando se enteró que ya no era virgen, y calculando por mis ejemplos, si la nena es buena, 1 por año, total nunca más le conocí un novio.
Emma: Jajajaja más vale que pensaban en eso.
Julia: Claro...
Emma: Igual, seguro calcularon el doble o el triple de exagerados nomás.
Julia: Hay brechas generacionales insalvables. Lo entienden si lo razonan, pero el prejuicio siempre les gana.
Emma: Siiiiiiiiiii
Emma: Fueron criados así, mi vieja es igual, es como si se activara automáticamente
Julia: Por ej., la idea de mi viejo de que "el tipo te coge" no se la sacas de la cabeza.
Emma: Tal cual
Julia: Una mina no puede tener sexo por placer, si tenés sexo es porque te cogieron y sos una boluda que te dejaste.
Emma: “Te usa”... como si una no quisiera, no tuviera voluntad
Julia: “Te usa”, eso me dijo mi viejo cuando se enteró que yo no era virgen. Y el que me “usaba” era mi novio.
Emma: Digo yo, además de contar historias, podrías escribir sobre estas cosas, ¿no?
Julia: Posteo la charla, ¿querés? :P
Emma: Ooobvio
Julia: ¿Vos viste cómo llegamos acá? estábamos hablando de las yeguas mal paridas que se casan, y terminamos hablando de el sexo y las brechas generacionales.
Emma: Es que todo tiene que ver con todo. Y siempre terminamos [cuack] hablando de sexo :P


Confesiones enredadas II


Julia
¿El Rafa ya se mudó?
Leandro
Si, no sabes qué cebado, la casa es enorme.
Julia
Me imagino. ¿Y qué hizo con las plantitas de cannabis que tenía en el patio? ¿Las pasó a maceta y las mudó también?
Leandro
No, esas sirvieron para una sola cosecha.
Julia
Ah, no sabía. Todavía tengo un frasquito lleno de esa cosecha, pero soy un queso para armarlos.
Leandro
Si, yo también.
Julia
¿También tenés o sos un queso?
Leandro
Las dos cosas jajaja.
Julia
Habrá que invertir en una maquinola.
Leandro
El Rafa me pasó una que tenía en desuso pero todavía no probé.
Julia
Jajajaja. ¿En desuso? ¡Cómo puede tener una en desuso!
Leandro
Jajajaja siii, el muy cebado se compró una nueva, cara por supuesto, que mientras le pica la maconia y le arma el faso, le hace un pete jajaja.
Julia
Jajajajaja que hdp… hasta para drogarse es aburguesado.


[más de una hora después]

Leandro
Si, exagerado para todo, ya lo conocés.
Julia
¿De qué me hablás? Ah, si… del Rafa.
Leandro
Perdón, es que me ausenté un rato.
Julia
Si ya veo.
Leandro
Estaba teniendo sexo.
Julia
Jajajaja que hijo de puta.
Leandro
[muchos emoticones de festejo]
Julia
Dejá de enrostrarme tus garches… mirá que posteo la charla, así como viene.
Leandro
Dale, al fin vas a hablar de mí en el blog.
Julia
¿Ah, si? Jajaja. Ok, vos lo pediste. Y ya voy a contar sobre vos. A no quejarse después.



Chocolate [S]hot


Hacía muchísimo frío. Con María habíamos quedado en encontrarnos en el municipal para ver un ciclo de cine español. Esa noche daban Lucía y el sexo. Antes de ingresar a la sala, fuimos a comprar algo dulce para comer. Nos decidimos por un chocolate enorme. El frío era la excusa perfecta.
Estábamos al tanto de que la historia en pantalla tenía que ver con el amor y con el sexo. Pero no esperábamos que el último fuese tan explícito. Lejos de escandalizarnos por las escenas donde los amantes manifestaban sus gustos y placeres sexuales, y mostraban sin tapujos su desnudez, el efecto de las imágenes, sonidos y los sentimientos y emociones transmitidas por el relato, hicieron que anheláramos, cada una con su historia de vida, una experiencia semejante.
- Abro ya el chocolate, te aviso – le susurré a María.
- Si, por favor.
- No se puede venir, con esta soledad, a ver esta película.
- Ni con esta abstinencia.
- Ay, que lindo eso… la puta madre. Yo quiero que me hagan eso. Qué ganas.
- Ssiii, yo también.
- Si esto sigue así. ¿Qué hacemos a la salida?
- Vamos a buscar un par de chongos.
- O a emborracharnos si no hay. Porque para ducha fría, hace mucho frío.
- No, ninguna ducha fría. Prefiero emborracharme.
- Ya no queda chocolate, tomá el último pedacito.
- Oh, cómo no compramos más.
Mientras devoramos el chocolate a puro lamento nostálgico, la historia avanzaba, hasta que la protagonista realiza una viaje que cambia totalmente la trama. La película toma un rumbo que sorprende como la literatura de un buen libro, y que para nuestro alivio calma las ansias que nos había generado.
- Menos mal que ahora estamos en otra cosa, porque si la película terminaba con la calentura de hace un rato, antes de ir a emborracharnos, saqueaba el kiosco de la esquina y no había chocolate que se salve. Mucho pene erecto.
María río y afirmó.
- Por suerte se puso trágica, aunque lo nuestro es trágico.
- Si, es lamentable. Vamos por cerveza.



Este relato responde al desafío que me dejó Marian, del blog Contando Caramelos que consiste en escribir un cuento, o lo que quisiera, siempre que incluyera las siguientes palabras: VIDA, AMOR, LITERATURA, SEXO, VIAJE, CINE. Quienes quieran seguirlo, tómenlo.


Con tonada cordoooobesa


Los nero [(Sust.)Persona, varón, elemento, sujeto, vago, tipo, individuo u hombre nacido o por opción en la provincia de Córdoba. Apodo o nombre "por defeto" asignado a cualquier sujeto del sexo masculino sospechado de el. (Ej. Que hací Varón! - Hola Nero como'andai...). Plural de Nero: "Los nero", conjunto de vagos cordobese en actitud de grupo (ej.: "Los nero rechupadazo saltaban en la tribuna cuando Taiere hizo el gol del empate")] de mi ciudad, involuntaramiente o no, me hacen reír muchísimo. No sólo por sus ocurrencias, si no por la forma de hablar: el cordobés básico utilizado en su máxima expresión.
La clave de la tonada cordobesa es estirar la sílaba anterior a la acentuada. Esto requiere práctica y son pocos los imitadores que la consiguen. Para que sea auténtico es necesario utilizar el léxico autóctono y olvidarse de muchas consonantes. Es indispensable, además, reemplazar el "voy a" por "via" o su variable afrancesada "vua".
Cuando hago uso de algunos de sus términos con gente foránea debo recurrir a la explicación. Muchos se quedan afuera si progongo que "piquemos el champión" [léase: vamos]. Si digo "guaso" para referirme a alguien, alguno piensa que lo traté de ordinario, cuando su significado es parangonable a "nero".
No tengo intenciones de dictarles un curso ya que muchos se tomaron el trabajo de hacerlo, pero si quería ilustrarles con algunos ejemplos cotidianos, a saber:

1. En zona de Piratas [Barrio Alberdi] minutos antes de un partido de fútbol, me encontraba en una esquina detenida por el semáforo. Hacía 40 grados de calor a la sombra [un caloooorón] y tenía ambas ventanillas delanteras bajas. A cada lado había un auto, repletos, ambos, de hinchas de Belgrano, que decidieron hablar entré si, aprovechando la ausencia de barrera de sonido de mi vehículo. Después de escuchar saludos tales a "que hacei titán pantera", "que contai nero culiau", y viendo que el semáforo volvía a rojo, tomé un mechón de pelo y me lo ensortijé en un dedo, a modo de distracción. El sujeto que estaba a mi izquierda notó esto.
- No te hagai lo rrrrshulo - me dijo - te queda lindo asé.
Traté de ignorarlo y continué con lo mío.
- Deeenserio te digo - insistió - te quedan rrrrhse lindo lo rrshulo asé.
- Gracias - le respondí, e impacientándome porque el maldito semáforo no cambiaba, tomé mi celular para mirar la hora y hacerme la distraída, de paso. Pero no pude contener la risa cuando dijo:
- ¡Qué! ¿Vai a agendá mi número?.

2. En un noticiero local, un notero entrevista a una mujer en la puerta de su casa, quien muy indignada, espeta barbaridades sobre un vecino, acusándolo de violador y ladrón, entre otras cosas. El periodista le cede el micrófono a otra vecina que se suma a la escena. Aparentemente la segunda no cuenta con un rosario de puteadas tan amplio como su vecina. Entre los insultos que le propinó al supuesto delincuente se escuchó: "pero q'esperá, si e' un hincha 'e taiere, pecho frío".

3. Amenaza cordobesa: "te vua meté un trompaaadón que te vai'aburrí de caminá paaa'trás".

4. Primer año en la escuela secundaria. Entre los elementos de ese colegio [el año siguiente me cambié] tenía un compañero, "el mono", al que el mote de "cordobesazo" le quedaría chico. Clase de inglés. Enseñarle inglés a un nero de pura cepa es misión imposible, como lo es permanecer serio al presenciar tal esfuerzo.
La teacher tuvo la idea de hacernos representar algunos de los diálogos que venían en el manual. Y me tocó en suerte actuar junto al mono. La escena transcurría en un aeropuerto. El estaba sentado y yo me acercaba para preguntar si el asiento de al lado estaba ocupado. El me decía que si, luego me cedía el suyo y venían las presentaciones, hasta que me ofrecía un cigarrillo.
La primer línea era la siguiente:
- Is this seat taken?
- Yes, it is.
El mono no estaba sentado, estaba echadazo en un pupitre, al lado del pizarrón.
- Is dis sit taiquen? - le pregunté.
- iieeee iiiití - respondió.
Repetimos esa parte mil veces, y la risa no nos permitió continuar. Ieee iiiití. Inolvidable.



Noticias de ayer



Después de leer ésta nota, me pregunto:

¿Qué demonios hago trabajando con mujeres?

Recórcholis


Confesiones enredadas

- Conversación virtual Nº 1:
[en pleno debate sobre las relaciones con el sexo opuesto]
Julia
Soy un desastre para recibir piropos. No se qué decir. Siempre contesto con sarcasmo, o estallo en risas, o digo alguna ironía.
Emma
Aaaay, somos dos. Decime por qué no nos callamos.
Julia
¡No se! Cuando un tipo me dice "que piel suave" o algo por el estilo, en vez de sonreír y callarme la boca, viene a mi mente que no es la primera vez que me lo dicen, y quiero preguntar: ¿las demás mujeres tienen papel de lija en lugar de piel?. Y como no lo pregunto digo alguna estupidez semejante.
Emma
Noooo. Yo también he pensado eso cuando me piropean la piel. ¿Será que tienen papel de lija?
Julia
Que mal que estamos. Será.

- Conversación virtual Nº 2:
[luego del interrogatorio queesdetuvidaquehacemuchoquenosenadadevos]
Martín
Así que andas acompañada!
Julia
Algo así
Martín
Que bueno por vos pero que envidia por el afortunado.
Siempre me acuerdo de lo bien que la pasaba con vos
Julia
Fue una linda historia
Martín
Si.
Me gustaba besar tu espalda
Julia
Ah, bueno.
Martín
Mejor no sigo.
Julia
A mi no me molesta, ja, ja.


- Conversación virtual Nº 3:
[Combinando para vernos]
Daniel
Julia, un pregunta... ¿vos te tocas?
Julia
Si
Daniel
¿Y alguna vez te tocaste pensando en nosotros?
Julia
Puede ser... alguna vez.
Daniel
yo algunaS veces
y anoche fue una
Julia
ahá
Daniel
Te tengo muchas ganas negra
Julia
Ya veo
Daniel
Si? qué ves?
Julia
Veo que el ratón más chico está escribiendo por vos ja, ja.
Daniel
Ja, ja. ¿y tus ratones?
Julia
El más grande me está cebando mates.


Julia ¿vamos a tomar algo?

Decidí hacer mi propio organigrama.

La situación de la izquierda es cuando la propuesta viene de mis amistades. Y el resto pasa por mi mente cuando la proposición viene de algún caballero que me gusta. Por razones de extrema inutilidad y falta de paciencia no pude agregar el dilema de "me depilo con cera o me paso la epilady". Pero la idea no se aleja demasiado del siguiente gráfico.


Click en la imagen para ampliar


Update: Para los que tienen duda sobre qué es el círculo vean aquí.


Lo que pasa por tu mente cuando alguien dice "vamos a tomar algo"

Las imágenes a continuación son machistas [pero graciosas]. Sin embargo cuando alguien dice "vamos a tomar algo" sólo pienso en cerveza helada. Caso distinto si se trata de una cita. Pero mi mente no va mucho más lejos que el punto de vista másculino del último gráfico. Y no debo ser la única.







Click en las imágenes para ampliar


Más vale maña que plata

Mi fascinación por las muñecas articuladas fue bastante breve. Tenía algunas de muy baja calidad y presupuesto. Ninguna era Barbie. Y mucho menos tenía un Ken.
El primer Ken que ví pertenecía a una compañera de la escuela. Allí me enteré de su existencia. Había una muñeco articulado que no fuera G.I. Joe y que además cumplía con el rol de novio. Fue todo un hallazgo.
Mis pobres muñecas estaban condenadas a la soledad. Y mi juego condenando al aburrimiento.
Tenía que hacer algo. No podía comprar un Ken. Pero podía hacer mi propio Ken.
Sintiendo en mi interior una extraña mezcla de Gepeto y Dr. Frankenstein, improvisé el quirófano de un hospital de muñecos, contando con escaso instrumental quirúrgico: Un cuchillo tramontina, que hacía las veces de bisturí y de sierra, una tijera y algodón. Tomé la muñeca articulada que menos me gustaba [probablemente la más barata] y procedí a la operación. Con un poco de esfuerzo, y mucha maña, amputé los pechos plásticos de la muñeca. Luego rellené con algodón los agujeros que quedaron. Mi obra quedó culminada cuando le corté el cabello [moderno corte porque los pirinchos apuntaban a todas direcciones]. Contemplé en silencio mi creación. Reí malvadamente.
Hice un Ken transexual [tal vez el primero]. Sin embargo mis otras muñecas, que disputaban el amor del nuevo integrante, desconocían su pasado. Mi Ken lucía ropa holgada que disimulaba sus curvas [más cirugías no podía realizarle].
Quizás mi Ken era un muñeco atrapado en el cuerpo de una muñeca y yo hice realidad su sueño de transformarse.
O quizás no. Quizás éramos tan pobres.

Salir a comprar

Existen pocas cosas que me gusten menos que salir al centro, mirar vidrieras y hacer comprar. Hacer trámites e ir al banco son más detestables. Pero eso no le gusta a nadie. En cambio hacer compras le gusta a mucha gente, sobre todo a muchas mujeres. A mí no. Mis compras de ropa suelen dividirse en compras de invierno y compras de verano. Y compro mucho, de una sola vez. No me compro nada por meses hasta que me predispongo a salir de compras. No tengo paciencia para hacer muchas visitas al centro. Me resulta agobiante la multitud de la peatonal. Odio los probadores de ropa, las vendedoras con su falsos "te queda re lindo negri" y la moda. ¿Qué es esta manía de querer volver a los ochenta?.
No voy a negar que una vez que llegué a mi casa siento la satisfacción consumista de haberme comprado cosas que me gustaron, más aun si estaban en precio. Sin embargo todo el proceso para mi es nefasto. Y por falta de tiempo, ganas y dinero, se me acumularon las compras de ropa de verano con las compras navideñas. Salir a comprar a esta altura de diciembre va a ser estresante. Lo único motivante es que entre las cosas que me hacen falta, voy a comprarme una bikini. No me motiva verme en bikini en los probadores, putear porque no me gustan como me quedan, hasta encontrar la que quiero, y que una vendedora milvecesimbécil venga cada dos segundos a preguntarme como me quedó, con actitud vouyerista. Pero si lo hace imaginarme que en 20 días voy a estar en bikini en una playa, sin acordarme de lo poco que me gusta salir a comprar.

Coty nada

Coty era mi vecina y es insoportable. Mis interacciones con ella eran escasas. A veces la cruzaba en el pasillo o en el ascensor y nos saludábamos por cortesía. Pero los golpes que Coty le daba a la pared colindante, cuando en horas permitidas yo escuchaba música, me hacían odiarla. Y aumentar el volumen, por supuesto. El golpeteo me declaraba la guerra y no eran horas de dormir. Lo siento. Si tal vez, amablemente me lo pedía, la historia hubiera sido distinta.
Pero Coty era así. Histericona para todo. A veces la escuchaba, involuntariamente, hablar por teléfono. Sus profundísimas conversaciones oscilaban desde “no quiero salir porque no tengo que ponerme”, a “la pollera nueva que me compré me hace gorda, no me gusta”, combinadas a veces con la dieta de la luna o del yogurt. Y Coty no era gorda. Era estúpida. Probablemente lo sigue siendo [salvo que haya encontrado una cura para la estupidez].
La forma de hablar de Coty era de minita cheta, con un tono nasal fingido, y muchos “tipo nada” y “es como que” usados indiscriminadamente para todo.
Suena el timbre un medio día. Abro la puerta y estaba Coty parada en pose de foto con una lata de atún sin aceite en la mano, cual publicidad berreta:
- Hola ¿tenés para prestarme un abrelatas? porque es como que compré la lata y no tengo como abrir.
- Si – contesto con una sonrisa encantadora (porque la pose era para reírse) y en el camino a la cocina recuerdo que Cecilia, quien vivía conmigo se lo había llevado, porque se había mudado días atrás. Y me había olvidado de comprar uno. Pegué media vuelta y le dije – No, no tengo.
Con cara de “soy testigo de una desgracia” Coty exclamó:
- ¿Y cómo abrís las latas?
Pero que caradura, pensé. Si la que quiere abrir una lata y no puede sos vos, no yo.
- Con un cuchillo, o le pido al vecino – le respondí, mientras la acompañaba hacia la puerta.

No eran pocas las veces que Coty venía a pedir algún favor de buena vecindad. Y pese a eso, su manía de golpear la pared, por más mínimo que estuviera el volumen de la música, incrementaba. Ya me había cansado de aturdirme sólo para molestarla. Ya no le abría la puerta cuando venía a pedir algo. Ya no la saludaba en el ascensor. Hasta me había olvidado de planear alguna insignificante venganza.
Una tarde encontré, en el portero eléctrico del edificio, una notita para Coty y a modo de represalia, la tomé y me la llevé. No pude evitar la tentación de leerla. Y tampoco pude evitar la tentación de risa:

Coty, nada, pasé y no estabas y nada, me fui al shopping. Besos. Ro.

Y si, amiga de Coty tenía que ser, pensé, cuando acabé de reírme. Nunca vi “nada” tan tontamente escrito.

Es entendible...



... con esa cara de "te juro que soy re macho, chuchi", yo tampoco querría.