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La historia que aun no conté

Para que la inocencia les valga, aquél día del inocente se me ocurrió bromear con la idea de que alguien había llegado a mi vida, dentro del marco de las historias que se contaban por acá. Visto de ese ángulo, un acontecimiento semejante era algo que rozaba lo increíble, no porque no fuera capáz de estar bien con un hombre, sino porque no me lo creía, no lo veía factible, lo negaba. Podría haber elegido otro tópico para hacerles caer en la duda, pero elegí el que menos veía posible, con el aditivo de que la escena imaginada parecía salido de una película cursi.
Sin embargo, no mucho tiempo después me di con que la inocencia la tenía yo: si me podía pasar y me pasó, aunque muy lejos de las hadas, los sapos y los príncipes, para mi suerte. Quizás la historia que nunca escriba sea esta, la más linda, la más romátinca, la más importante, porque no tiene fiascos, ni furcios, ni metidas de pata, salvo en los comienzos cuando le mandé un mensaje diciéndole que iba a salir con un tipo, y el tipo era él. Es una historia que no es graciosa, pero que tiene muchas risas, las nuestras, las que compartimos. Es una historia que estamos viviendo, que empezó con soledades y continúa con compañía, con ilusiones, con proyectos.
El fin de año nos sorprendió en una casa, la nuestra, la que estamos refaccionando, aquerenciando, disfrutando. No creí que me podía pasar y cuando pasó, por primera vez me dejé llevar. Y qué bueno que fue así.

Se me lengua la traba


Algunos giros lingüísticos de mi familia materna se trasmiten por generaciones. Tal vez un gen, confundidor el muy maldito, hizo que mi abuela mezclara refranes, mi madre confundiera apellidos y nombres, convirtiéndolos en mixturas impronunciables y que mi primita cometa verdaderos estragos idiomáticos, desarrollando asociaciones disléxicas en su cabeza virtiéndolas sin escrúpulos en la comunicación.
Fue así como una discusión familiar culminó inesperadamente, cuando mi abuela, defendiendo sus intereses o convicciones, haciendo hincapié en un rotundo "yo puedo", quiso rematar sus argumentos con un refrán y dejó a todos atónitos en el momento previo a la explosión de carcajadas. Parada con una mano en alto gritó:
- ¡Porque yo sola me lamo un buey!
"El buey solo bien se lame", reza el dicho y esta confusión refranera ni a Chespirito se le hubiera ocurrido.
Caso adorable es el de mi prima, porque despierta una suerte de ternura. Nunca se sabe con certeza si lo de ella es despiste o inocencia.
- Pasame el bicarbonato - pedía desesperada a su hermano, mientras atendía por teléfono un pedido, lapicera en mano.
- Dale, pasame el bicarbonato.
- ¿Bicarbonato? - preguntó desorientado mi primo.
- Si, dale, que tengo que hacer una factura.
- El carbónico, nena, el papel carbónico.
Muy similar pero más preocupante, fue la vez que preguntó, esta vez a su hermana:
- ¿Como se llama el lesbiano de la otra cuadra?
- ¿Lesbiano? No se dice así, decile gay en todo caso, pero lesbiano...
- No, no, el lesbiano, como el de la película que vimos.
- ¿Cómo lesbiano? Decile puto si querés, ¡pero no lesbiano!
- No, no me entendés - dijo convencida de que no era ella la que estaba equivocada - ese que tiene todo el pelo blanco, las cejas blancas, las pestañas blancas.
- ¡Albino!
Desafortunadamente no puedo escapar del maldito gen confundidor. Desde sus primeras apariciones lo combato fervientemente, sin que nadie lo note. Sin embargo hubo dos situaciones que marcaron mi historial para siempre y la memoria colectiva de mis amistades que me acompañan desde entonces, allá por mis joviales e inocentes 14 añitos. Todos los años, al menos una vez, me somenten a la tortura de sus gastadas recordando a viva voz y en público mis torpezas idiomáticas.
La primera fue en un asado de fin de año multidinario con amigos míos y de mi hermano. Precisaba para condimentar una ensalada aquello que veía al medio de la mesa. El barullo se hizo silencio por un instante, justo cuando me inclinaba sobre la mesa para alcanzar lo que quería, y al no llegar pedí en voz alta:
- Pasame la botella de vinagre.
En realidad, eso fue lo que yo creía haber dicho, porque el gen confundidor suprimió de mi verbalización: "botella de" y me hizo decir: "la vinagre". Hasta el día de hoy, es algo imperdonable y motivo de burla.
Un tiempo después, sin haberme sobrepuesto al suceso bochornante, en otra reunión multitudinaria, comenté el parte médico sobre un esguince de mi tobillo, y muy segura trasmití la tranquilidad de la doctora, porque no me había salido un hematoma. Claro está que yo no había escuchado nunca la palabra hematoma, y que no sabía que esa palabrota y moretón eran lo mismo. Y por supuesto que la palabra que usé  fue "hemotema", lo más parecido que me sonó a "hemoderivados".




Tipo como que metiste la pata, gooor

Mi viejo no tiene mejor idea que pedirme un favor una hora antes de que estoy por salir a un cita. Obviamente mi padre no conoce los detalles y no tengo intención de que lo haga, para evitar cualquier interrogatorio. Ante su pregunta de "¿podés?" le sigue mi respuesta de "No, tengo planes". Pero la respuesta no le conforma, porque  mi viejo quiere acomodar mis planes a los suyos, y para saber cómo, necesita saber qué voy a hacer. Insiste. Respondo que tengo planes, que no puedo, que si me decía con tiempo quizás me acomodaba. No satisfecho, insiste: ¿Pero adonde vas a ir, qué tenés que hacer? El argumento de "tengo planes" le resulta insuficiente. Le suena a excusa. A ver, que yo no te diga cuales son mis planes no significa que los planes no existen, le digo. Pero no hay caso. Vuelve a preguntar. Me ofusco. Agregar "no te interesa, no te importa" no ayuda. Mi viejo está convencido que el problema es que no quiero, y no que no puedo, porque no le explico. Le digo que voy al cine. Se queda tranquilo un rato pero yo estoy molesta.
En el medio me llama mi hermano. El favor le tocó a él en suerte. Me pregunta qué tengo que hacer. Sin necesidad de responderle mal, lo hago, porque estoy caliente: "¡Otro! ¡Qué te importa lo que tengo que hacer!"
- Bueno, che, no me importa, preguntaba nomás, después te quejás de que no me intereso por tu vida, de que no hablamos.
Finalizada la comunicación, entre resoplidos furiosos, tomo el celular y  le escribo a mi hermano un mensaje de texto:
"Voy a salir con un tipo"

Y después de enviarlo, veo, no sin asombro y con mucha vergüenza, que el mensaje se lo había mandado a mi cita en cuestión.

Taxi driver

Quizás sea por la monotonía de transitar las mismas calles una y otra vez,  que quieran iniciar una conversación con desconocidos. Quizás estén convencidos de que los extraños puedan brindarle conocimientos sobre la vida actual y hagan profundos análisis de la sociedad que los rodea. Quizás sólo sea para matar el tiempo y el aburrimiento. Quizás piensen que es parte del trabajo, gajes del oficio. Quizás tengan necesidad de comunicación, por más básica, insípida, insignificante y superficial que sea. Quizás sea todo eso o no sea nada irrelevante. Pero no he sido pasajera de un sólo taxista que no haya buscado charla.
La mayoría de la interacciones con los taxistas han sido inofensivas o por demás comunes. Sin embargo algunos personajes se destacan.
Recuerdo que un 24 de marzo, después de un acto en comemoración al golpe del 76, discutí visceral y fervientemente, a riesgo de que me dejara a pie en el medio de la nada, con un taxista fascista que comenzó el diálogo con un "no entiendo a estos hippies" y concluyó con el nefasto "con los militares estábamos mejor". Me bajé indignada y le tiré la plata por la ventanilla.
Estando en Buenos Aires, cierta noche tomo un taxi desde la casa de Cecil hasta la casa de la amiga que me alojaba. Faltaban algunos minutos para las 12 de la noche.
- Este es el último viaje y me voy a casa - comenta el taxista.
- Ajá - le respondo.
- Y si, a la noche yo no trabajo - afirma el taxista, quien tiene ganas, efectivamente, de entablar un diálogo, o simplemente de hablar.
- Ah, no trabaja a la noche.
- No, no, viste, la inseguridad.
Y así empieza todo su discurso prearmado sobre la policía, el gobierno, la delincuencia, y que él no va a exponer su vida por unos pesos, pero no termina de quedarme claro por qué lo expone al chofer que hace el horario nocturno. El tipo sigue con su diálogo devenido a monólogo mientras yo me duermo.
Al día siguiente, en otro taxi, una mujer taxista me conduce hasta La Rural, donde me esperaban Gaby y Cecil, para asistir a la Feria del libro. La taxista hace algún comentario que no recuerdo y otra vez acaece una conversación, primero del clima, luego del tránsito, una mención breve de los baches, y llegamos al tópico que había surgido la noche anterior. Esta vez, la torpeza la cometí yo:
- ¿Usted trabaja a la noche?
- Si.
- ¿Y no le da miedo? - pregunto, recordando el monólogo de la inseguridad.
- No, ¿por qué me va a dar miedo? ¿Vos no salís de noche de tu casa?
- Si, salgo.
- ¿Y salís en taxi?
- No, salgo en auto.
- ¿Y te da miedo?
- No, pero yo no levanto a extraños.
- Yo tampoco levanto a extraños - responde. ¿Cómo que no levanta a extraños?, pienso. Pero no puedo preguntarle porque interrumpe mi intento de hablar - Mirá, cuando las mujeres cambien de forma de pensar, de que pueden hacer lo mismo que los hombres, las cosas van a ser distintas - ¿Qué? ¿Yo escuché mal o esta mujer me está tratando de machista? Entré a la Dimensión Desconocida y nadie me avisó.
- Pero no es una cuestión de género. Hay hombres que tienen miedo porque les roban y por unos pesos le meten un balazo.
- ¿Y de dónde sacás eso, vos? Eso es mentira. Es una mentira de los mismos taxistas que se gastan la guita que juntaron en joda y alcohol, y después dicen que les robaron, cuando se la pasaron de juerga toda la noche.
- ¿Ah, si? ¿Y cuando esos taxistas aparecen heridos de bala? ¿No tiene nada que ver la delicuencia?
- ¿Heridos? Pero no, si alguno aparece herido se lo deben hacer ellos mismos. ¿Vos conocés a alguno que le hayan metido un tiro por robarles? Es todo mentira eso.
- De hecho si, conozco uno. Al padre de una amiga, que es taxista, hace muchos años atrás lo balearon para robarle.
- Bueno, eso habrá dicho él, pero seguro que andaba en otra cosa el padre de tu amiga.
Estuve a punto de mandarla a freír churros cuando diviso La Rural.
- Pero no se qué hacemos hablando de estas cosas feas, cuando hay tantas cosas lindas para hablar. Estas cosas feas se hablan porque se deja entrar al diablo, hay que hablar de lo lindo que es Dios, o del hermoso día que hace afuera.
- Si, muy lindo el día. Déjeme acá.
Desde ese viaje, cada vez que subo a un taxi, tomo mi celular y llamo a alguien por teléfono.




Para mim'arte'

Alguna vez conté que mi vieja es Licenciada en Artes Plásticas, y durante mucho años se especializó en grabado. Durante un tiempo tuvo un taller en mi casa, con una prensa que me resultaba enorme y pesada para manipular. Mientras ella hacía sus obras de artes, yo hacía mamarrachos en un papel. Nunca heredé su talento para las artes plásticas, aunque siempre me tildaron de artista en mi familia, pero sospecho que se refieren a otra cosa.
Sin embargo mi vieja insiste en afirmar que yo dibujaba muy bien desde temprana edad, y  fue por tal motivo que cuando tenía 4 años, como ella no quería que ingresase a la escuela con los 6 años ya cumplidos, porque mi cumpleaños cae en julio, convenció a la maestra de Jardín de infantes de que tenía que hacerme algún test  para comprobar que yo estaba madura para ingresar antes a su salita. La prueba irrefutable para mi madre era que dibujaba como si tuviera más edad.
Una tarde calurosa de diciembre mi vieja me llevó a la salita, cuando en mi mente estaban los planes de ir a la pileta. La maestra me dio crayones. Rebelde como pocas, dibujé un cuadrado celeste. ¿Habrá sido una indirecta? Dibujé muchos cuadrados celestes. Armé cuadrados con maderitas. La tarde de pileta estaba perdida y no hice más que piletas en la salita con todo lo que me dieron a mano. Mi vieja quería que la tragase la tierra. Lógicamente no entré y comencé mi ciclo lectivo como la ley mandaba.
La obra de mi vieja me encanta. Hay cuadros de ellas en todas las casas de nuestros parientes y de muchos amigos.
Aquí les dejo uno de ellos . Es un grabado con técnicas mixtas sobre metal, inspirado en el poema de Federico García Lorca “Romance de la luna, luna”, que representa un niño llevando de la mano a la luna en la parte superior de la obra y en la parte inferior puede verse un pajarraco, como dice la autora. Elegí este porque viene acompañado de un poema que a mi vieja le gusta y este post es para ella.




Romance de la luna, luna 

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.





Leandro, el candidato [tercera parte]


Quería seguir durmiendo pero no podía conciliar mis pensamientos con mi cansancio. Simultáneamente sentía tristeza y alegría. Tenía tantas emociones encontradas que no podía diferenciar donde terminaba una y donde empezaba la otra. En las sensaciones que me invadían predominaba la angustia, y había desatado un llanto que no podía contener ¿Por qué lloraba desconsoladamente si la noche anterior había festejado? Lo sucedido se mezclaba con un sueño que apenas recordaba. Pero si me acordaba con exactitud todo lo que había pasado, como se habían acomodado las cosas para que la casualidad me juntara con Leandro la noche anterior.
Me había encontrado un día antes con Fer, un amigo que hacía mucho tiempo no veía. Me invitó a una fiesta de la primavera porque tenía a su cargo una parte de la organización, y como hacía tanto que no nos juntábamos, acepté. La fiesta era en un famoso boliche que no conocía y que me daba curiosidad conocer, y allá fuimos, Valentina, Sofía y yo. No soy fan de la música electrónica, del punchi punchi, ni de los desfiles primaverales, pero nos estábamos divirtiendo, mirando el espectáculo y brindado por el reencuentro. En un momento me pareció ver que Leandro caminaba entre la multitud, a un par de metros de donde estaba. ¿Leandro acá?, no puede ser, pensé. No sale nunca, y menos acá, seguía diciéndome. Traté de afinar la vista, y efectivamente era él. La miré a Valentina, le dije “Leandro” y salí detrás de él. Me escurrí entre la gente y a una velocidad increíble llegué a alcanzarlo y le toqué el hombro.
Stop. Falta un detalle. Recapitulemos. No estaba en un boliche cualquiera, estaba en la maricoteca más emblemática de la ciudad de Córdoba, y el desfile era para elegir al “chico primavera”. Estábamos rodeadas de gays, incluyendo a mi amigo Fer, quien era el asesor de imagen de algunos de los que desfilaban. Valentina puteaba porque los hombres no le miraban ni una teta ¡No hay un solo hetero!, reclamaba a vaya saber quien. Sofía me preguntaba si parecía mujer o un travesti y Valentina decía sentir lo mismo. Los tipos desfilaban en ropa interior y los hombres gritaban más que las mujeres. La noche se estaba convirtiendo en algo demasiado bizarro.
Ahora sí. Le toqué el hombro, Leandro se dio vuelta, y las palabras salieron sin control:
- Leandro, ¡sos puto y no me dijiste nada! – le grité.
- Nunca pude – me dijo y se rió. La música se transformó en un ruido sin sentido, que parecía sonar muy lejos. Leandro me preguntaba con quién estaba y adonde. Dijo algo de comprar cerveza y de volver después. Yo respondía por inercia y volví con las chicas, caminando sin sentir mis piernas. “Nunca pude”, resonaba en mi mente. ¿Nunca pude contarte, nunca pude ser puto, nunca pude qué? ¿Era una joda? ¿O al fin todo cerraba?
- Es puto, Julia – decía Valentina
- No te puedo creer – protestaba Sofía.
Leandro volvió, como había prometido.
- Vengo a confirmar lo que me preguntaste antes – dijo y se reía.
- Me estás jodiendo, boludo – negaba neciamente, esperando que la risa sea joda y no producto de los nervios.
- En serio, no me lo hagas más difícil. Soy gay.
- La puta que te parió, me quedé a dormir con vos y no me dijiste nada – le reprochaba a la vez que me reía mientras negaba con la cabeza. Quería abrazarlo, quería llorar, quería reír, quería celebrar. Me sentía patética por haber perdido aceite tantos años, pero a la vez me sentía feliz por conocer la verdad, por saber que Leandro tenía una vida que ya no me iba a ocultar, que a pesar de haberlo visto ahí podría haberlo negado, pero se había decidido a confesarme lo que muchas veces sospeché, y pregunté hasta el hartazgo, para que todos me dijeran “nada que ver”. También lo hacía responsable de su parte, de haberme tenido de pantalla, quizás inconscientemente, para que todos piensen que tenía onda conmigo y nadie cuestione lo contrario. Pero eso ya no importaba, lo comprendía y lo aceptaba. Finalmente entendí muchas cosas mientras él más me contaba. La salteña que no quería presentar porque era un bagarto, era en realidad un salteño. Cuando no salía con nosotros, o se escapaba temprano de un asado no se iba a dormir, al menos no solo, y tenía más joda que todos los que lo creíamos un nono. Me enteré de todas las veces que me quiso contar cuando salíamos juntos a correr y ahí comprendí que los silencios se debían a que no se animaba. Entendí que no debe haber sido fácil para él y que nunca quiso lastimarme. Cuando me dijo años atrás “tenemos que hablar”, después de la noche que me quedé en su cama, era sobre esto.
- Sos mi única amiga, Julia, sabés las veces que te lo quise decir – dijo emocionado y me conmovió. Lo abracé fuerte. Y agradecí a la parte más recatada de mi ser que hizo que aquella noche no me hubiera sacado el pantalón.




Alcen las barreras para que pase Florencia [Reloaded]

Florencia, me demostró una vez más, que las barreras son frágiles.
Flor es una mujer divertida, linda y muy ocurrente. Y a veces es desopilante. Nos encontramos una tarde en un bar después de no vernos por unas semanas.
- Conocí un chico. Me gusta – me dice Flor entusiasmada, y luego me da el detalle de cómo lo conoció, nombre, apellido y árbol genealógico, todo lo que hablaron, desde su currículum vitae, pasando por una síntesis de su historia de vida, hasta su signo zodiacal.
- ¿Y en que quedaron? – pregunto intrigada.
- Salimos el sábado pasado a un pub. Nos dimos unos besos.
- ¡Que bueno! ¿Y qué tal estuvo?
- La pasé re lindo. Además besa bien. Hoy me llamó de nuevo y quedamos que mañana salimos a cenar.
- ¡Excelente Flor! Buenísimo que bese bien. ¿Y sólo hubo besos?
- Si,… bueno, besos y un poco más. Nos re calentamos. Pero, ¿sabés qué pasa, Julia? Es que me gusta mucho. No me daba para tener relaciones. Mirá si después no me llama de nuevo.
- ¿Y mañana? ¿Qué onda si se calientan de nuevo?
- Y no, mañana tampoco.
- ¡Ay, Flor! Esas cosas no se planean, se dan o no se dan. A mi no me gusta calentar a un tipo y dejarlo con las ganas. Como tampoco me gusta calentarme y quedarme con las ganas. Hacé lo que sientas. No te enrosques tanto en el qué dirá o qué pensará. Tal vez no es el hombre de tu vida.
Para la segunda cita que tenía con Matías, Flor fue a casa de Sofía para producirse.  Después de probarse distintas opciones de ropa y  de vestirse con la definitiva, Florencia entró al baño para maquillarse. La puerta del baño estaba entreabierta, y Sofía, que se dirigía a su habitación, al pasar delante de la abertura, distingue la silueta de Florencia que bajaba y subía. Intrigada vuelve hasta el baño, mira hacia adentro y ve que Flor, tomada del lavamos, estaba haciendo una suerte de sentadillas.
- ¿Qué estás haciendo Flor? – pregunta Sofía con las cejas fruncidas.
- Gimnasia, para levantar la cola – contesta con seriedad Florencia.
- Ah, ¿y haces todos los días? – trata de entender Sofía.
- No, sólo cuando voy a salir con un chico – Florencia se incorpora, y luciendo su perfil, agrega – ¿Viste que se nota? La tengo más parada – asegura convencida. Sofía larga una carcajada.
- ¡Estas loca nena!
- En serio, mirá – insiste Flor - Lo que si, te digo que no pienso hacer nada con Mati, me gusta en serio, y no voy a tener sexo. Además, no estoy depilada.
Sofía entiende, como yo, que la frase “además no estoy depilada” es la clave de que no está muy segura de que “no va a tener sexo”, y que su falta de depilación es sólo una barrera.
- ¿Y si te depilás por las dudas?
- No, ¿para qué?... ya te dije, no pienso tener sexo – Sofía mira el cielo raso, como esperando una señal divina de la mancha de humedad del techo del baño.
Florencia está lista para salir, lleva prestado las sandalias y la cartera de Sofía. Matías es puntual en el momento del encuentro, y van rumbo a un resto-bar para cenar. Cenan. Conversan. Se gustan. Se besan. Siguen conversando. Siguen gustándose y degustándose mientras se besan. Y la noche continúa en el departamento de Matías. Los besos se intensifican, y comienzan las caricias fogosas por encima y por debajo de la ropa. Matías intenta desabrochar el pantalón de Florencia, y ella recuerda que no está depilada. Tiene vergüenza que la toque en la zona donde justamente no está depilada. Sutilmente toma la mano de Matías tratando de que acaricie hacia otros rumbos. Pero la mano de Matías insiste. Florencia está en una situación que no puede controlar, porque está deseando lo mismo que Matías y no sabe que hacer.
- ¿Sabes qué? – le susurra Flor al oído – A mi me gusta más tocarte a vos – dice mientras introduce la mano en su bragueta.
La insólita excusa de Flor para no ser tocada, y su mano, avivaron más el fuego de Matías, y el juego sexual llegó a su punto máximo. Florencia se levantó súbitamente.
- Voy al baño –dijo y tomó su cartera.
Una vez encerrada allí, buscó dentro de la cartera, y sacó una maquinita de afeitar. Comenzó a depilar su entrepierna. Los vellos púbicos cayeron al piso. Los juntó y los arrojó al inodoro. Tiró la cadena. Y los vellos continuaban allí, flotando. Tiró la cadena nuevamente, y repitió la operación unas diez veces, hasta que finalmente los vellos desaparecieron. Cuando miró nuevamente hacia el piso se encontró con que algunos rebeldes estaban aun allí. Tomó un poco de papel higiénico para recogerlos, y como la incomodaba tirar una vez más la cadena, los envolvió en el papel y los guardó en la cartera. Salió del baño, con la frente alta, como si nada hubiese pasado. Se sentó al lado de Matías. Tanto demoró que él estaba frío como un témpano. Cuando volvieron las caricias, el calor de los cuerpos se hizo presente, y pudieron concretar el tan ansiado y obstaculizado encuentro sexual.
Matías nunca se enteró que estuvo haciendo Florencia tanto tiempo en el baño. Tal vez pensó que estaba descompuesta, sobre todo al escuchar tantas veces caer el agua del baño. El bochorno fue peor que la barrera. Y la barrera no fue contundente para el deseo.
A los pocos días nos encontramos para almorzar Sofía, Florencia y yo. Después del relato de Florencia sobre lo acontecido, mi panza me dolía de la risa, y llegué a llorar riendo imaginando la situación.
- Si no querías tener sexo, ¿para que fuiste a su departamento? ¡No te hubieses expuesto Flor! Las barreras no existen – le dije mientras me secaba las lágrimas de los ojos.
- ¡Te hubieras depilado en casa! – exclamó Sofía. El tipo debe haber pensando que te fuiste por el inodoro - Estallamos en risa una vez más.
- Bueno, yo no pensé que íbamos a llegar a ese punto. No quería que me tome por fácil – se atajó Florencia.
- Claro, y por eso te llevaste la maquinita de afeitar en la cartera – le digo entre risas.
- En mí cartera – reclama Sofía – ¡y me la llenaste de pelos!
Matías y Florencia continuaron saliendo. Eso de tomar a Florencia por fácil no estaba dentro de la mentalidad de Matías. Lo que no intuimos fue que Matías tendría una de esas barreras masculinas, que cuando las citas se prolongan en el tiempo, el temor al compromiso aparece, y como sintiéndose acorralados cuando no existen planteos al respecto, anticipando cualquier pregunta, la anotició de que no estaba preparado para una relación formal. Y así, Matías desapareció.




Algo personal, claro

¿A quién no le molesta tener que lidiar con los impenetrables menúes de un 0800  o símil, para llegar a ser atendidos por una persona que pueda resolvernos un problema? ¿A quién no le frusta que, una vez superada la odisea de lograr ser atendido, la persona que está del otro lado del teléfono no tenga cómo brindar una solución y nos transfiera sin dar explicaciones? El sistema es perverso. Pero quienes, con una supuesta sonrisa, nos saludan y nos preguntan en que pueden ayudarnos, en la mayoría de los casos, no tienen la culpa. Y lo digo con conocimiento de causa. Hace muchos años atrás, antes que los call center fueran el boom de la oferta laboral flexible y precaria, yo ingresé a trabajar en uno de ellos. Recuerdo que después  de 5 años [de los 7 que estuve] de estar trabajando a consciencia, una supervisora me dijo “a vos no se te paga para pensar, solamente tenés que saber leer”. En esos días sólo importaba aumentar la cantidad de clientes, a costa de bajar la calidad del servicio de atención, que años antes se habían esforzado por alcanzar y mantener. Cuando ingresé a esta empresa de telefonía celular, antes de que sea una  poderosa multinacional, cuando recién estaba ingresando al mercado de Buenos Aires, era una empresa relativamente chica, con pocos clientes, y como todavía no podían competir con la cobertura, porque estaban instalando antenas, lo único que podía hacer la diferencia era con el servicio, sobre todo con el de atención al cliente, entonces hicieron ahínco en el trato hacia el cliente, y en prepararnos para certificar cuanta norma de calidad había dando vueltas. Todo ese “buen trato” que nos enseñaron, lo borraron de un plumazo años después, cuando ya no interesaba competir por el servicio de atención, porque estaban posicionados en el mercado, y ahora el objetivo era vender, vender y vender. Y atender al cliente se fue transformando en lo que es hoy: un repetir incesante y sistemático de una serie de speech nefastos que ayudan a despachar al cliente lo más rápido posible. Tal como mi supervisora me había dicho, ya no valía pensar, ni intentar entender el problema para encontrar la mejor solución. Y yo venía de otra escuela, de otra área, donde solucionar el problema era mi trabajo, y no podía creer las palabras que escuchaba. Había estado muchos años fuera de la atención directa, en segunda línea, hasta que, gracias a la tercerización de todo el servicio, volví  a estar bajo el mando de esta señora infame, para retornar a primera línea, pero esta vez atendiendo a las empresas. Pretendían la alienación total, que me transforme en un ente no pensante, en un número, incapaz de cuestionar.
Es lógico que estos pibes, los que ahora atienden, que no pueden ni deben pensar, no sepan qué hacer, y que tampoco les importe, porque si se involucrarse demasiado,  puede repercutir en su sueldo. Y como el nivel de rotación es tan grande, nunca terminan de aprender todo lo que deberían saber. Y así el sistema es espantoso. No los pibes, que no pueden hacer más que cumplir objetivos irrisorios y viles, por un salario miserable.
Además de la necesidad económica, creo que aguanté tanto tiempo gracias a mis compañeros, algunos de los cuales al día de hoy son mis amigos. Hay muchas anécdotas y experiencias compartidas, dentro y fuera de la empresa [he contando varias en el blog sin hacer mención de esto] y otras historias que involucran a los clientes. A veces nos burlábamos de los reclamos absurdos, porque no siempre el cliente tiene la razón. Otras nos reíamos de los nombres. No todos los días te enterás de que alguien se llama “Virgencita Santa” o “Presentación”. O la carcajada salía, previo apretar el botón “mute”, por ejemplo, cuando una cliente me vociferó “esto es una estufa”, en lugar de “estafa”, y compartías la risa, además del mate, con quién tenías al lado.
Pero una vez, al poco tiempo de haber ingresado, un cliente se pasó de la línea tolerable del maltrato y queja para con una empresa de telefonía, porque hizo de su reclamo, algo personal. Se la agarró, lisa y llanamente, conmigo. Me cuestionó hasta mi moral por estar laburando ahí. Lejos de explicarme el problema y dejarme buscar una solución, me insultó a mí y a toda mi ascendencia. Me hizo enojar al punto que, para mí también, la cosa pasó a ser personal. ¿Quién era éste tipo para cuestionarme y hacer juicios de valor sobre mi persona? Nunca me habían basureado tanto y encima por un celular de mierda. Estaba indignada. Sí señor, la empresa es una mierda, el servicio también, pero yo no, y si no me decís tu problema no te puedo ayudar, idiota. Tenía mucha bronca. Tanta, que después de cortar, me largué a llorar de la impotencia, por no poder devolverle las puteadas a tremendo infeliz, por no haber podido manejar la llamada y llevarlo para el lado que yo quería. Anoté en un papel su número y su nombre completo. Me compuse y seguí trabajando. Mis compañeros me decían que no le diera bola, que era un idiota, y me mostraban el historial de reclamos que había en la cuenta y como todos  los que lo habían atendido se quejaban de que el cliente no escuchaba y no hacía más que putear. Pero para mí esta vez no había vuelta atrás.
Cuando finalizó mi horario, salí y entré a la primera cabina de teléfono público que encontré. Llamé al 0800. Dije el número de teléfono y los datos del cliente. Fingí ser su esposa. Dije el primer nombre que se me cruzó por la mente: Paula Albarracín. Quizás estaba esperando que quien me atendió se diera cuenta de que era mentira, pero aparentemente mi colega no conocía el nombre de la madre de Sarmiento. Denuncié su teléfono por pérdida, para que le suspendieran la línea. Era un viernes. Hasta el lunes siguiente estuvo incomunicado, porque sin el código de suspensión, que me dieron, no podía reactivar la línea, y el fin de semana no había ningún lugar abierto para que reclamara personalmente.
Cuando miré su línea me reía, disfrutando de mi venganza, mientras leía los reclamos de mi “esposo”: “El cliente dice que no perdió el teléfono y que no está casado”.
Nunca hagas de un reclamo de servicio una causa personal con quien te atiende. Agarrátela con la empresa. Yo se por qué te lo digo. Y mi marido, también.



Fallido

Sentada sobre su cama estaba Analía, estupefacta, mirando la pantalla de su teléfono celular, como si de un fantasma se tratara. Su hermana, al verla, pensó que había recibido malas noticias.
- ¿Pasó algo? – preguntó Julieta.
Analía no contestó inmediatamente. Parecía que quería emitir un sonido pero algo la frenaba. Quería contar algo que no podía enunciar. Respondió con otra pregunta:
- ¿Te acordás que me iba a encontrar con Lucas?
- Si. ¿Qué hizo ahora? – respondió Julieta asumiendo que Lucas se había mandado alguna de las suyas.
- Esta vez nada. Me mandó un mensaje ayer para que nos veamos hoy, y no le respondí. Ahora le mandé un mensaje yo.
- ¿Y? – preguntó Julieta que no entendía aun la fatalidad.
- Le dije algunas cosas subidas de tono.
- ¿Y qué tiene de malo? No es para tanto. ¿O te zarpaste?
- No, no, el problema no es el contenido del mensaje.
- ¿Y entonces? ¿Cuál es?
- Que se lo mandé a la persona equivocada.
- Uuuuh, ¡qué mocazo! ¿A quién? – Analía no respondía. – ¡A tu ex! – arriesgó Julieta.
- No, ojalá.
- ¿Peor?  Mmm. Al chico que conociste en el bar.
- No, boluda. Me estaría riendo por zarpada. Pero me quiero morir, no me da risa.
- ¿Pero a quién puede ser tan grave? Decime. ¿A tu jefa?
- Boluda, me hacés reír. No, eso quisiera.
- ¿Entonces? Dale, largá.
Analía respiró profundo y largó un suspiro que sonó a protesta.
- Al viejo.
- ¿A papá? – Analía asintió avergonzada.
- ¡Ah, nooooooo! Nena, ¡qué fallido! Eso está para el diván.


Concedido

Un cumpleaños. Una fiesta de disfraces. La Mujer Maravilla era la agasajada. Neo estaba cumpliendo su fantasía de ver a su novia con ese disfraz.
Bin Laden cortejaba a una colegiala de uniforme. El Subcomandante Marcos preparaba el fernet. Otros personajes famosos aparecían en escena. La cerveza también.
El Hada Madrina, concedía deseos con su varita mágica a quien se cruzara por su camino. Revoloteaba por todo el salón buscando a quien molestar, interrumpiendo conversaciones, otorgando el supuesto deseo de quien recibía el toque de la varita.
Un par de horas antes del amanecer, Neo tomó de la cintura a la Mujer Maravilla y la acercó a su cuerpo. Le susurró algo al oído y sintió un golpecito en su frente:
- ¡Concedido! - gritó el Hada Madrina.
Neo le sonrió satisfecho a la Mujer Maravilla mientras ella fulminaba con la mirada al Hada. La tomó del brazó y se alejaron.
- Emilia, dejá de joder con esa varita, te voy a matar - dijo la Mujer Maravilla sin poder contener la risa. El Hada Madrina rió.
- ¿Por qué? ¿Qué te estaba diciendo?
- Que esta noche no zafaba. Que hoy me rompe el culo.



Triciclos por los aires

Cecil me cuenta del recurso literario de la perversidad de los niños, o simplemente de la maldad sin filtro y quizás inocente, de la infancia. Cuando somos niños experimentamos la maldad hasta sentir la censura y el reproche por parte de los mayores, la castración de que eso no se hace, de que esto está mal. Pero en nuestros primeros pasos sentimos el egoísmo y el primer atisbo de la propiedad del “esto es mío” y no queremos compartir los juguetes ni con nuestros hermanos. Tenemos competencias descarnadas porque a otro le sirvieron más coca-cola en su vaso que en el nuestro o le dieron una porción mayor de papas fritas. Competimos por todo. Nos burlamos de otros niños. Y también sufrimos la burla en carne propia. Y la dimensión de la tragedia y de lo terrible llega a escalas insospechadas, porque nuestro mundo es pequeño, y los problemas son gigantes.
Desde muy temprana edad fui víctima de la burla de mi hermano y sus amigos. Ellos me llevaban un promedio de 2 años, pero en nuestro contexto era un abismo. No había lugar para mí en sus juegos, ni en sus travesuras. No habían llegado aun los tiempos de las grandes escondidas y del posterior fraternal compañerismo. También sufría el ninguneo de mi hermano cuando se juntaba con mis primos varones de su misma edad. Pero yo tenía mi revancha. Con mis primas podíamos hacer uso de ese mismo poder discriminador con nuestros primos más chiquitos. Podíamos cerrarle la puerta en la cara con total impunidad sin importarnos que se vayan llorando a acusarnos con mamá, porque mamá le diría que somos más grandes y queremos hacer cosas de nenas grandes y que ellos son chiquitos, las mismas odiadas respuestas, que no nos convencían en lo absoluto cuando las recibíamos para justificar las acciones de nuestros hermanos mayores.
Y en el barrio, con mi gran amiga y vecina, Silvina, compañera de todas las aventuras y travesuras, teníamos a nuestro blanco perfecto: la odiada Eugenia. Ella no nos había hecho nada, pero su presencia nos molestaba. Era hija única, era una nena fea y sus padres no estaban agraciados con ningún atributo estético. Le decíamos “los cucos”. Eugenia no tenía amigos en la cuadra y a veces la invitábamos a jugar, cuando necesitábamos a alguien para que hiciera el trabajo sucio. Éramos malas con ella y lo vivíamos con placer. El trato hacia Eugenia era nuestro secreto.
Con Silvina pasábamos horas trepadas a los árboles y a los techos. El de mi casa, particularmente, era genial. Para poder subir primero teníamos que trepar a la casilla de gas. En mi barrio, apenas nos mudamos, no había gas natural, por lo que teníamos una casilla alta donde entraban dos tubos de 45 kilos cada uno. Una vez subidas ahí, el paso siguiente era treparse a la parte más baja del techo del comedor, que era de un agua. Superada la primera etapa había que subir por las tejas, con mucho cuidado de no romper ninguna y de no patinarse, hasta llegar al borde. El paso siguiente era optativo: trepar por una pared, haciendo fuerza con los brazos y usando el ladrillo visto como escalera para subir al techo de la segunda planta, donde estaba el tanque de agua, o saltar más de un metro abajo, donde estaba el techo recto de la planta baja del garage, y llegar al techo de la segunda planta por otro lado, primero pasando por el otro techo de tejas que pertenecía a la escalera y era también de un agua. A este techo salían, un poco más abajo, los ventiluces de los dos baños de mi casa, formando un hueco, que era nuestro escondite. De ahí podíamos espiar a la casa de Eugenia. También teníamos algo de vista a la cuadra. El otro escondite era bajo el tanque de agua, en el techo más alto. Y otro refugio era la terraza que daba a la parte de atrás de mi casa.
Escondidas pergeñábamos nuestros planes, confesábamos nuestros secretos. Todo era un juego. El daño no era palpable como algo malo, sino como risa. Estando cerca del tanque de agua, en el techo más alto, quizás buscando alguna travesura por hacer, vimos que en el techo de la casa de Eugenia, estaba su viejo triciclo, aquel de su más tierna infancia, guardado o tirado, debajo del tanque de agua. Se nos hizo agua la boca. Una mirada cómplice y un plan por hacer. Bajamos al techo de mi garage, y nos cruzamos al techo de Eugenia. Con pisadas sigilosas procurando no ser escuchadas, tomamos el triciclo y lo llevamos hasta mi techo. Del otro lado de mi casa vivía Doña Gertrudis, nuestra enemiga acérrima adulta número uno y víctima de todos nuestros ring-rajes. La casa siguiente era la de Silvina. La casa de Doña Gertrudis era de una sola planta, y todo su techo era una enorme terraza. Ella vivía con su marido. Sus hijos estaban casados y el del medio, quizás separado, quizás viudo, estaba viviendo temporalmente con ellos junto a sus dos hijitos. Los nietos de doña Gertrudis tenían la edad suficiente para andar en triciclo. Y en una suerte de convertirnos en reyes magos, nosotras depositamos el preciado juguete en la terraza de Doña Gertrudis.
Al otro día subimos ansiosas para conocer la suerte del triciclo y vimos con alegría renovada que los pequeños le estaban dando uso. Era la hora de llamar a Eugenia.
Tocamos el timbre de su casa, la invitamos a jugar y con alguna excusa la convencimos de subir al techo de mi casa. Fingiendo inocencia alguna de nosotras exclamó:
- ¡Eugenia! ¿ese no es tu triciclo?
Estupefacta, Eugenia contemplaba su triciclo naranja, viejo y herrumbrado, lejos de la jurisdicción de su hogar. No comprendía qué hacía su triciclo en casa de  Doña Gertrudis y cómo había llegado allí. Quizás en su fantasía más profunda cavilaba si el destino de su triciclo fue decisión de sus padres, que habrían tenido el tupé de regalar su juguete a los nietos de la vecina, sin siquiera consultarle. Pero nosotras llenábamos sus pensamientos con afirmaciones calumniadoras: seguro que el hijo de doña Gertrudis te lo robó para dárselo a los sus niños. Eugenia, al borde del llanto, queriendo reivindicar su propiedad, no podía reaccionar. La animábamos a que recupere lo que es suyo, instándola a que se cruce de techo y que se lleve por mano propia y absoluta clandestinidad lo que le pertenecía. Estimo que nosotras sabíamos que Eugenia no era capaz de tamaña osadía, y tal vez ese era nuestro objetivo. Llevarla hasta ese punto de inacción donde su cobardía quedara plasmada. No tengo certezas sobre el fin que perseguíamos, pero la situación nos deleitaba y nos reíamos por dentro de la pobre Eugenia. Hasta que llegó lo impensado. Quizás nosotras teníamos planeado recuperar el triciclo después de evidenciar la falta de coraje de nuestra vecina. Pero ella optó por buscar un mediador:
- Le voy a decir a mi papá – espetó Eugenia y salió disparada para bajar del techo.
Asustadas, con Silvina nos miramos y salimos tras de ella al grito de “no, esperá”. Pero Eugenia no se dejaba persuadir y ofuscada seguía descendiendo por el techo de tejas. El castigo se nos representó: nuestras madres retándonos hasta quedarse sin voz por el hurto cometido seguido del engaño de la pobre nena, menor que nosotras. Lo peor se vislumbraba: no te juntás más con Silvina y viceversa. Estábamos en problemas. Sólo nos quedaba una carta por jugar: confesarle a Eugenia la verdad, pero disfrazándola de inocencia:
- Eugenia, era una broma.
Pero esta vez habíamos llegado muy lejos. Eugenia siguió con su propósito de buchonear lo sucedido, mientras nosotras corríamos entre los techos para devolver el triciclo a su lugar.
Esa fue nuestra última maldad a Eugenia. La verdad salió a la luz. El papá de Eugenia habló con nuestras madres. Llegó el reto y la penitencia. Más tarde el pedido de disculpas y el perdón de Eugenia. Con el paso del tiempo tuvimos buena relación con ella, pero nunca pudimos superar lo del triciclo naranja.

Libros, mentiras y películas


Para la materia Lengua y Literatura, en tercer año, nos encargaron dos trabajos. Uno consistía en escribir una obra de teatro y el otro en un libro.
Para el trabajo de la obra de teatro no estaba muy motivada. No recuerdo con detalles las consignas. Había un mínimo de actos y un mínimo de palabras para presentarla. El plazo de entrega se iba acortando y yo seguía sin inspiración. La profesora iba a seleccionar las 5 mejores obras para que sean representadas, y sus respectivos autores serían los directores de las mismas.
Días antes de que tuviera que entregar mi trabajo, vi una divertida película de los hermanos Coen que me fascinó y decidí recurrir al viejo truco del plagio. No había ánimo de lucro y en realidad hice una magnífica adaptación de Educando a Arizona a un guión de obra teatral. Estaba convencida de que ni mis compañeros ni mi profesora verían esa película [aunque me asusté cuando me enteré que la estaban dando por el cable el domingo anterior a la entrega]. Nunca me descubrieron y mi obra, cuyo título no recuerdo, fue seleccionada.

Para el segundo trabajo, el libro, no sólo había que elaborar su contenido, sino también armarlo: cortar las hojas, escribirlas en doble faz, numerarlas, diseñar la tapa y encuadernarlo. La temática era a elección. Podía ser un libro de cuentos, de dibujos, para colorear, de historietas, poemas, o ficción. Luego serían exhibidos en una especie de feria del libro casera, junto con las obras literarias del otro curso de tercero. Y entre nosotros se realizaría una votación de los mejores. Creo que obtuve una mención. Y con satisfacción conservo mi primer y único, hasta ahora, patético intento de novela policial que mutó en un culebrón venezolano de muy bajo presupuesto. Me causa mucha risa descubrir lo mal que está escrito. Al principio tenía una idea para desarrollar un triángulo amoroso que involucraría a mi inocente protagonista en un crimen que no cometió. El móvil era una herencia. El título, Testamento. Mi madre, que oficiaba de editora, a medida que iba leyendo hacía sus observaciones sobre la trama:
- Julia, no la hagas quedar mal a Angélica. Está mal visto que sea la amante.
Los prejuicios de mi madre sobre la moral de Angélica y lo que pensarían los demás personajes de ella, y mi profesora, me hizo cambiar el rumbo a la mitad de la historia, transformando la lujuria en abnegada amistad y sentimientos platónicos. Y como apremiaba la fecha de presentación, precipité el desenlace. El resultado fue calamitoso y eso es lo que lo convierte en cómico.
He aquí las primeras líneas de Testamento:

Angélica se encontraba sentada en el suelo con las rodillas junto a su cuerpo sujetándolas con los brazos en un rincón de la sala principal de la casa del señor Rimondi. Su cara estaba completamente pálida, sus ojos llorosos y en ella había una expresión de tristeza a la vez.
Ella era muy linda, una persona realmente hermosa, pero la expresión que llevaba consigo no hacía notar su belleza.
Unos cuantos policías entraban y salían de la habitación junto a un inspector de la policía.
Angélica estaba en un estado de shok, no reaccionaba, pero en su mente resonaban una y otra vez las palabras que había recibido por parte del señor Alfredo Rimondi: "asesina" "por qué tuviste que hacerlo" "te odio" "te odio", "¿por qué mataste a mi esposa?" "¿por qué?"

Nótese el tono melodrámatico y la repetición innecesaria del "te odio". Advierta lector, mi insistencia para decir que Angélica estaba re buena. Obsérvese que la primera oración no tiene ni una coma. Fíjese que shock está mal escrito. Recuerde que sólo tenía 15 años.
Si así lo desearean, postearé el resto de la novela [que grande que le queda el término] en sucesivos capítulos. No tienen más que comunicarmelo.


Si te he visto, no me acuerdo

- A ese pelado lo vi en algún lado - le susurré a Sole - Creo que toca la guitarra - continué.
- Está bueno - dijo Sole - y el amigo también.
No era más que una conversación de sábado a la noche, pub mediante. Trataba de recordar de donde conocía al supuesto guitarrista cuando éste se acercó a nuestra mesa y comenzó a hablarle a Sole. Lo secundó el amigo y le siguieron las presentaciones. El pelado y su amigo tenían por nombres Gabriel y Esteban respectivamente.
- No, yo no toco la guitarra - aseguró Gabriel - y la charla tomó otro camino.

Sole y Gabriel se entendieron de la misma forma que Esteban y yo. La madrugada trajo consigo mimos y besos. Y el amanecer fue testigo del intercambio de teléfonos y promesas de vernos a la noche siguiente. La cita era doble. Nos encontramos en un bar, tomamos cerveza, nos divertimos pero en algún punto de la noche nos separamos. Sole se fue con Gabriel y Esteban y yo nos fuimos a su casa.
- Te voy a hacer ver las estrellas - prometió Esteban mientras me llevaba de la mano hacia la habitación. Traté de contener la risa por lo cursi de la frase pero estallé en una carcajada cuando miré hacia el cielorraso y descubrí que estaba repleto de estrellas fluorescentes que brillaban en la oscuridad. Minutos más tarde estallé, pero no en carcajadas.

A los días salimos los cuatro de nuevo.
- Julia, ¿te conozco de algún lado? - me dijo Gabriel.
- No creo. Mirá que yo tengo memoria fotográfica y además tu nombre no me suena - contesté y agregué - Una vez conocí un pelado que hacía parapente, ¿vos me dijiste que haces aladeltismo?
- Si, yo vuelo en ala delta - respondió.
- Ah, parecido pero nada que ver - concluí.

Cierta tarde estábamos tomando mate Esteban, Sole, Gabriel y yo. Grabiel hablaba de sus vuelos y "ala delta" retumbó en mi mente. Sole se levantó hacia la cocina y de ahí lo llamó: "Gabriel" y su nombre también resonó. Esteban bromeaba con algo y pronunció "pelado" y dio vuelta por mi cabeza la expresión "rulos". Gabriel contó algo de su facultad y la carrera "cine" me hizo click. Sole había ido hasta el baño, me levanté sin decir nada, y le golpeé la puerta insistentemente para que me abriera.
- ¿Qué pasa Julia? - inquirió Sole. Entré al baño y cerré la puerta.
- ¿Te acordás la noche que conociste a tu ex novio?
- Si, hace casi 2 años.
- ¿Te acordás que yo conocí a un chico y estuve a los besos?
- Si, si.
- ¿Te acordás como era?
- No, creo que no lo vi... ¿por qué?, ¿qué pasa?
- Bueno, era pelado y hacía aladeltismo.
- Nooooooooo, ¿y recién te das cuenta? - dijo riendo
- Si Sole, estaba muy borracha - y reí también.

Salimos del baño tratando de no perder la compostura, cosa que no logramos. Nuestra seriedad se esfumó ante las miradas de Gabriel y Esteban, y empezamos a reír otra vez. Desconcertados preguntaban cual era el motivo de nuestras risas.
- Gabriel, viste que te dije que conocí un pelado que hacía parapente.
- Si - respondió.
- Bueno, sos vos.
Y las risas continuaron. No me había sonado el nombre Gabriel por la común sustitución de llamar "pelado" a quien luce su calvicie natural o provocada. Y recordé que él tampoco me llamaba Julia. Ante mi agitador mote él retrucaba un "rulos". Y por la desmemoria y confusión de deportes aéreos sólo puedo pensar que la culpa fue de la cerveza.

Ven a mí

El colectivo que me llevaba hacia mi casa estaba por llegar a la parada donde debía descender. Me levanté de mi asiento y me preparé para zambullirse en la masa de gente que se interponía entre la puerta de atrás del vehículo y yo. Cargaba mis apuntes de colegio con un brazo y con el otro, al son de "permiso-gracias", iba abriéndome paso, manoteando pasamanos para sujetarme. Le siguió la secuencia del timbre, freno, y descenso de pasajeros. Apenas pisé el suelo respiré una bocanada de arie fresco, aliviada de que la tortura haya finalizado.
Caminé unos pasos y sentía que algo hacía peso en mi pelo. Con una mano inspeccioné mis cabellos y para mi asombro encontré un objeto cilíndrico, alargado, como un pequeño tubo, que colgaba de mis rulos. Así obtuve mi primer lapicera Parker Vector. Yo no quería tomarla. Ella vino a mí.


Julia investiga


Tiempo atrás trabajaba en una empresa de telefonía celular. Una mañana, mientras resolvía problemas técnicos, recibí un mensaje de texto de María que había viajado el día anterior.
"Hola Julia. Haceme un favor. Fijate si Esteban está en Rosario. Nro 341xxxxxx"
Entré en el sistema a la línea de Esteban y busqué la antena que lo estaba tomando. Efectivamente se encontraba en Rosario. Tomé mi celular, y respondí al mensaje de María:
"A por él amiga. Está en Rosario"
Continué con mi trabajo y a los minutos ingresó un nuevo mensaje. El número no lo tenía registrado. Era de Rosario. ¡Qué extraño!, me dije. Leo el mensaje:
"¿quién sos?"

No puede ser, pensé. No pude haberle mandando el mensaje a Esteban. No lo tengo en la agenda y le respondí a María - me decía mientras mis dedos frenéticamente me llevaban al buzón de mensajes enviados. Y ahí estaba el muy maldito. Le había mandado un mensaje a él. Desconcertada volví al buzón de mensajes recibidos, a la vez que maldecía mi suerte. Busqué el mensaje de María. Y entendí. Ella me había escrito desde la página web y en el apuro al responderle no lo noté, y mi celular, traicionero, tomó como número de respuesta el que estaba contenido en el texto. Superado el intríngulis, y agradeciendo no haber escrito ningún nombre, sobrevino la risa, y riendo, llamé a María para decirle que se olvide de buscarlo.
Esas son las consecuencias por hacerme la Sherlock Holmes. Superficial, mi querido Watson.

Si hay vergüenza, que no se note

Con mis dieciséis años a cuesta, y una mochila al hombro, me dirigía a la parada del colectivo con toda la intención de regresar pronto a mi casa. Siempre renegué del transporte público de mi ciudad por tener que esperar más de lo que mi paciencia soportaba. Además los cambios de recorridos y de paradas eran muy frecuentes y nunca sabía que colectivo tomar. Llegué a la parada, y unos segundos después llegó un chico, tal vez un par de años mayor que yo. Mis ojos adolescentes se perdieron en los azules ojos de aquel hermoso niño. Cuando me miró, desvié la vista. Y mi corazón se detuvo cuando él me habló:
- Flaca, ¿no tendrás un cospel para venderme?
- No, no tengo – respondí balbuceando. Julia, ante todo calma, me dije a mis adentros – Pero – agregué tímidamente – tengo la tarjeta red bus con crédito, y puedo pagar por vos, y me das la plata, si querés.
- ¡Ah! ¡Buenísimo! – me dice sonriendo. Bien Julia, me aplaudí internamente por mi estrategia de conquista.
Un instante después, mirando en dirección de donde debía venir el ómnibus, veo a una vecina Laura en otra parada, unos metros más atrás. Me saluda desde lejos con un gesto, y noto que me mira extrañada. Le devuelvo el saludo. Miro hacia mi derecha donde estaba el muchacho, mientras imaginaba la conversación en el colectivo, ya que ninguno de los dos parecía animarse a hablar.
- Flaca, una pregunta – me dice sacándome de mi fantasía – ¿vos tomás el 10 o el 90? Porque yo tomo el 10 – Levanté la vista y vi que arriba del poste de un lado tenía claramente un número 10 - Ay Julia, no podes ser tan tonta, me dije, recordándo que sólo había visto el número 90 del otro lado.
- Ah, no, me tomo el 90 – contesté fingiendo seguridad cuando por dentro me moría de vergüenza – Lástima, no voy a poder prestarte la tarjeta. Perdón – Que venga el 10 rogué en silencio mientras sonreía.
- Todo bien, veo si el chofer me acepta plata – dice él.
Y en ese momento llegó el 90. Me subí con desgano, murmurando un “chau” al bello muchacho de ojos azules que no volvería a ver. Saqué mi boleto, y fui derecho hacia el fondo, pensando en qué parada me convenía bajarme sin ser vista, qué vuelta tendría que dar para llegar a otra parada, y esperar el colectivo que me llevaba a mi casa, el 92. Entendí la cara de Laura. Quería avisarme de alguna manera que me había equivocado de parada, que ya no estaban juntas las paradas del 90 y del 92. Y yo no la miré. Por babosa.

Ni un pelo... de tonta.

Se animó. Tomó coraje, respiró profundo, y soportó con entereza la depilación completa de su pubis. No tomó en cuenta que quince días después, incipientes vellos ansiosos por salir iban a causarle una picazón insoportable, en lugares inoportunos, generando situaciones incómodas al no poder rascarse en público, obligándola a huir a lugares privados para hacerlo. Maldita idea de depilarme, pensó.
En esos días de crecimiento indecoroso e intolerante, Sofía se encontraba paseando por el centro, mirando vidrieras cuando me la encontré. Hacía frío, y como es su costumbre se aferró a mi brazo mientras la acompañaba en el recorrido. La urticaria comenzó justo cuando se detuvo a ver una vidriera y yo me adelanté unos pasos. Sofía luchaba internamente contra el instinto de rascarse, avanzó unos pasos, tomó el brazo para rodear nuevamente con los suyos y olvidar lo que el cuerpo le manifestaba. Julia, ¡no sabés cómo me pica el zorro!, dijo protestando, y buscando mi mirada descubrió que la mujer que sujetaba del brazo no era yo.